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Tasmania, la salvaje isla australiana hogar de canguros y demonios

  • Tasmania ofrece todo un circuito natural desde montañas de rocas volcánicas a costas de arena blanca

Tasmania, la salvaje isla australiana hogar de canguros y demonios Fotografía del bosque del parque nacional de Mt. Field en Tasmania (Australia). EFE/Barbara Walton

Los encuentros inesperados con canguros y otros marsupiales salvajes muestran la riqueza natural de Tasmania, la meridional isla australiana surcada por solitarias carreteras, bosques de eucaliptos y playas remotas.

Por Rocío Otoya

Con casi el 40 por ciento de su territorio protegido, entre reservas, parques y lugares declarados como Patrimonio de la Humanidad, Tasmania ofrece todo un circuito natural desde montañas de rocas volcánicas a costas de arena blanca y furiosas olas de mar cristalino.

Con un total de 68.401 kilómetros cuadrados, este estado insular acoge emblemáticos lugares como el parque nacional Cradle Mountain-Lake Saint Clair y el Franklin-Gordon Wild Rivers, ambos al oeste de la isla y parte del área declarada Patrimonio de la Humanidad, o el parque nacional Monte William, en su extremo nororiental.

 Un macho de demonio de Tasmania llamado Tex sale de su madriguera en el zoo Taronga de Sydney, Australia. EFE/Paul Miller

Un macho de demonio de Tasmania llamado Tex sale de su madriguera en el zoo Taronga de Sydney, Australia. EFE/Paul Miller

El recorrido en coche desde la ciudad de Launceston comienza casi desde el arranque con sus sorpresas: en medio de las solitarias carreteras, a veces de una vía, se alzan bosques de eucaliptos y mimosas amarillentas.

Carteles advierten en las curvas bajar la velocidad al amanecer y al atardecer para no atropellar a algún demonio de Tasmania, una especie en peligro de extinción que debe su nombre a los gritos que emite.

Algunas horas de camino hacia el valle Cradle, matizadas por las paradas obligatorias para admirar los paisajes montañosos o el andar pesado de los wombat, un tipo de marsupial, llevan al histórico lugar Waldheim.

Orígenes

En este lugar, los pioneros Gustav y Kate Weindorfer, una pareja austríaca-australiana, construyeron en 1912 una vivienda rústica y una cabaña para invitados.

Estas cabañas, bautizadas como Waldheim, son ahora la puerta de entrada a empinados bosques con plantas de la era de Gondwana, el súpercontinente que hace entre 510 y 180 millones de años agrupaba a la mayor parte de las tierras en el hemisferio sur.

Paisaje de ensueño

Cortados por riachuelos y con liquen incrustado en las rocas, varios senderos llevan hacia el lago Dove o el lago Crater, de 60 metros de profundidad, y al mirador de Marion que ofrece una espectacular vista de la montaña Cradle (1.545 metros).

Por allí también pasa el emblemático camino Overland, que se adentra a lo largo de sus 65 kilómetros o seis días de caminata en las entrañas del parque nacional Cradle Mountain-Lake Saint Clair, moldeado hace miles de años por las diversas glaciaciones y que se ha ganado la fama de ser uno de los recorridos por bosques más impresionantes del planeta.

Al sur, para llegar al lago Clair hay que bordear el inmenso bosque y atravesar parte del parque Franklin-Gordon Wild Rivers, en el que se topa con la imponente cúpula de cuarcita blanca del Frenchmans Cap (1.446 metros).

Imagen de un canguro.

Imagen de un canguro. EFE/Serengeti Park

El Saint Clair, el lago más profundo de Australia, es el hogar de los tímidos ornitorrincos, esos extraños mamíferos ovíparos y venenosos con hocico de pato y cola de castor, así como de wombats, un marsupial que parece un pequeño oso, y los pequeños  de Bennetts, que son una especie de versión miniatura de los canguros.

Los senderos más fáciles hacia el Saint Clair están marcados por gruesos troncos caídos de casi dos metros de diámetro y otras plantas en los que se posan aves como los currawongs negros o las endémicas aves paseriformes conocidas como “yellow waterbirds”.

Al otro extremo de la isla, tras un recorrido por carreteras sin asfalto y poco transitadas y pueblos poco poblados y con una sola gasolinera está la costa nororiental de Tasmania.

El parque del Monte William, un lugar citado en los catálogos turísticos pero poco conocido por los lugareños del vecino pueblo costero de Saing Helens, cuenta con lugares para acampadas y excursiones breves en armoniosa convivencia con los canguros Forester y una cien especies de aves marinas, como la gaviota y el albatros.

La ausencia de almas humanas invita a bañarse desnudo en el mar frío y revuelto que baña la falda del Monte William en este paraíso perdido cerca de Cobler Rock que, no obstante, es uno más entre las maravillas naturales en Tasmania. EFE




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