RECICLAJE SOLIDARIDAD

Bicicletas y banquetas de bar para construir sillas de ruedas en Ruanda

  • Estas sillas de ruedas se hicieron con un 85 % de residuos reciclados.

  • Un 3 % de los habitantes de la República de Ruanda sufre algún tipo de discapacidad física que les impide caminar.

Bicicletas y banquetas de bar para construir sillas de ruedas en Ruanda Un grupo de personas con las sillas reutilizadas en Ruanda. Foto cedida por Clara Romaní.

Efeverde.- Una bicicleta vieja o una silla de plástico de bar pueden ser recicladas de muchas maneras, pero tal vez una de las más originales y solidarias sea la de convertirla en una silla de ruedas para usuarios del Tercer Mundo, como sucede con la iniciativa "Kigali Chair Project" de Clara Romaní y Josep Mora.

Este proyecto surgió en 2012 en su taller de Barcelona, donde ambos trabajan como diseñadores industriales, cuando conocieron a una colega de Ruanda que les explicó la situación de esta república africana -y su necesidad de sillas de ruedas- y les puso en contacto con un centro de ortopedia de referencia local que trabaja en Kigali, su capital, y en el centro de rehabilitación de Gatagara.

En torno a un 3 % de la población de este país -más de 220.000 personas- sufren algún tipo de discapacidad física que le impide caminar por enfermedad, accidente o amputaciones del genocidio de 1994, según datos de su gobierno.

El Banco Mundial cifra en 618 euros el salario medio anual de un ruandés, mientras que el precio de una silla de ruedas “básica” no suele bajar de los 100 euros, por lo que estos instrumentos no son siempre accesibles para la población.

El objetivo del “Kigali Chair Project”, según han explicado Romaní y Mora a Efe era “construir sillas de ruedas a un coste asequible, empleando material autóctono y también reciclado, y, sobre todo, enseñar a los propios ruandeses a hacerlas” desarrollando su creatividad en un proceso fácil y manual.

Enseñar a construir y reparar sillas de ruedas

Romaní ha recordado que Ruanda recibe “muchas sillas donadas por diversas ONG” pero, si se averían, suelen quedar inutilizadas porque no hay personas con conocimiento suficiente para repararlas.

Por esta razón, ambos diseñadores decidieron afrontar el reto de enseñar a los ruandeses a construir y reparar sus propias sillas combinando materiales reutilizados con otros “localmente disponibles” y para ello se financiaron el viaje y la estancia sin ayuda de ninguna organización pública o privada.

Durante este tiempo, fabricaron ocho sillas diferentes con la ayuda de un grupo de ruandeses a los que ofrecían clases teóricas y prácticas en un taller en el que “antes de irnos, repartimos un manual de instrucciones por cada silla que habíamos hecho a las personas que participaron” para que en un futuro pudieran seguir construyéndolas.

Educadores, profesionales de la ortopedia, enfermeros, pacientes necesitados de una silla de ruedas y familiares de los mismos “trabajaron juntos, con buena disposición y en comunidad, volcados por el bien de todos y sin importar la jerarquía social“, recuerda la diseñadora.

Residuos reciclados

Gracias a esta idea encontraron una segunda vida objetos como ruedas viejas de bicicleta, piezas de madera de todo tipo, fragmentos de sillas de ruedas ya inservibles y hasta asientos rotos de plástico, comunes en los bares y “que allí hay por todas partes”.

Una persona durante el proceso de construcción de una silla de ruedas. Imagen cedida por Clara Romaní.

Una persona durante el proceso de construcción de una silla de ruedas. Imagen cedida por Clara Romaní.

Romaní calcula que un 85 % de los elementos empleados eran residuos reciclados, mientras que el porcentaje restante provenía del sector de la madera, “una industria bastante fuerte en Ruanda, gracias a la cual conseguimos distintas piezas”.

Los impulsores de esta empresa se pusieron en contacto con la Universidad de Arquitectura de Ruanda para obtener su colaboración en la continuidad del proyecto pero, al no obtener ayuda económica, “fue imposible regresar para seguir impulsándolo”.

Posteriormente, la idea ganó el Premio Cataluña de Ecodiseño 2015 en la categoría C de Estrategia por “su sensibilización hacia el ecodiseño” reutilizando elementos comunes fácilmente disponibles, así como por “el gran valor social añadido” y su posible aplicación en otros países en desarrollo.

Por ello, los diseñadores no descartan la posibilidad de retomar la actividad en Ruanda o “en cualquier sitio donde se necesite”, siempre que se consiga la inversión necesaria para sostenerlo.

Mientras tanto, continúan volcados en otros trabajos de carácter medioambiental, el más reciente de los cuales es un proceso de reciclaje de plásticos para confeccionar lámparas ecológicas.




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