CHILE CABO DE HORNOS

La ruta del Yagán: navegando por los confines del planeta

  • Un barco que pasa entre riscos y glaciares del chileno canal Beagle , en las aguas más limpias del planeta

La ruta del Yagán: navegando por los confines del planeta Canal Beagle, el estrecho marítimo de la isla Grande de Tierra del Fuego. EFE/Gastón Peralta/UMAG

EFEverde.- No hay luna que ilumine las aguas plomizas que rodean los archipiélagos del desconocido confín meridional del planeta, donde solo el guiño de un faro enciende el movedizo horizonte de lomos oscuros que acompaña el lento andar del ferry "Yagán".

Una vez por semana, el transbordador navega más de 30 horas entre Punta Arenas y Puerto Williams, en pleno corazón de la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos, desfilando por unos paisajes que admiraron naturalistas como Charles Darwin o aventureros como Robert Fitz Roy.

El barco pasa entre riscos y glaciares que dominan las orillas del canal Beagle, frontera natural entre la Isla Grande de Tierra del Fuego y las ínsulas pequeñas de más al sur, entre las aguas más limpias del planeta.

Este archipiélago representa uno de “los últimos refugios planetarios resguardados de los efectos de la industrialización”, explica a Efe el biólogo y filósofo chileno Ricardo Rozzi.

Las cuatro estaciones del año

Para el capitán del “Yagán”, José Paracán Melipillán, esta navegación es la única que permite al viajero “transitar por las cuatro estaciones del año” en unas cuantas horas.

Un crucero navega por el Canal de Beagle (Chile).

Un crucero navega por el Canal de Beagle (Chile). EFE/Gastón Peralta/UMAG

“Hay tramos de la ruta en los que brilla un sol veraniego, momentos con lluvias otoñales, otros en que nieva como en invierno y parajes donde las plantas explotan como en primavera”, relata.

“Aquí la naturaleza tiene una mayor amplitud, es aún virgen y salvaje”, destaca la turista alemana Katharina Kieck, para quien estar ahí es un sueño hecho realidad.

“En Alemania la naturaleza tiene escala humana, pero aquí desborda y uno navega por el fin del mundo. ¿Qué ser humano no quisiera vivir una experiencia como esta?”, reflexiona.

El viajero, además, de tanto en tanto ve que de la sabana acuática emergen y desaparecen las toninas, unos delfines que se revuelcan entre las burbujas del oleaje, mientras albatros, petreles o lobos marinos aparecen durante el camino.

El Beagle y Darwin 

Pero esta ruta atrae también al visitante que sigue los pasos de quienes hace casi dos siglos consiguieron inscribir estas tierras en la historia científica universal, cuando habitado por pueblos canoeros como los ona, yaganes, kawésqar y hush, el archipiélago fue el escenario de miles de tragedias y naufragios, pero también de grandes hazañas.

Las expediciones del Beagle, el barco que alrededor de 1830 realizó un estudio hidrográfico de las costas de América meridional, marcaron algunos hitos destacados de la ciencia que hoy perduran en forma de nomenclatura británica, como Isla Gordon, Canal Murray o Península Hardy.

Un glaciar en el Canal Beagle,

Un glaciar en el Canal Beagle, EFE/Gastón Peralta/UMAG

Según Rozzi, fue también al adentrarse en estas tierras cuando el joven Charles Darwin, entonces de 22 años, empezó a conformar su teoría de la evolución observando a los yaganes, que habitaban desnudos las gélidas orillas del canal Beagle.

“Darwin, muerto de frío, observaba atónito cómo los yaganes vivían sin necesidad de ropa y hasta sudaban cuando se sentaban alrededor de la fogata”, relata Rozzi, para quien ese pueblo nómada no solo fue crucial para la teoría de la evolución, sino que también tuvo un papel como proveedor de información.

“Cabe recordar que, en 1832, a bordo del barco había tres nativos que habían sido secuestrados durante la primera expedición del Beagle y paseados por toda Inglaterra”, enfatiza Rozzi, quien sostiene que uno de ellos, bautizado como James Button, fue el mayor informante de Darwin, pues había aprendido inglés.

“Las experiencias que Darwin tuvo en el cabo de Hornos son equiparables a las que vivió en las islas Galápagos; en estas tierras australes pasó más de la mitad de su viaje alrededor del planeta”, subraya.

Casi 200 años después, esta reserva de vida parece detenida en el tiempo, hechizando a los visitantes con sus cumbres abismales y su luz deslumbrante.

La descomunal riqueza antropológica y la sobrecogedora belleza de sus parajes exponen al viajero a una otredad preindustrial, donde parece estar a tiempo de reconciliarse con la naturaleza y la sabiduría ancestral de quienes en otros tiempos habitaron estos confines del planeta. EFEverde




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