MÉXICO MEDIO AMBIENTE

La langosta del Caribe, protegida por los pescadores

La langosta del Caribe, protegida por los pescadores

El mar Caribe está un poco más protegido desde este mes, después de la decisión de resguardar 133 kilómetros cuadrados de ecosistemas marinos tras la solicitud de los pescadores de cuatro cooperativas que luchan para que la captura de la langosta sea sostenible.

El 12 de septiembre se publicó en el Diario Oficial mexicano el acuerdo por el que la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) estableció cuatro zonas de refugio pesquero en el sureste de México.

Solicitadas por las Cooperativas de Producción Pesquera Andrés Quintana Roo, Banco Chinchorro, José María Azcorra y Langosteros del Caribe, y las logradas por la Cooperativa Cozumel en noviembre de 2012, el resultado es que cerca de un centenar y medio de km2 de aguas del estado de Quintana Roo están en ese régimen de conservación.

Se conoce como refugio pesquero una zona que los propios pescadores dejan voluntariamente sin pesca para buscar la recuperación natural de la biodiversidad marina, con el objetivo de mantener la productividad a largo plazo.

“Mi hijo tiene once años. Él no vio las cantidades de langosta que yo sí pude ver”, comenta a Efe Gerardo Velázquez, pescador de la cooperativa Vigía Chico, en Punta Allen, un “viejo puerto de mayas” en la costa caribeña.

Las cooperativas integradas por pescadores, investigadores y entidades sociales y apoyadas por su respeto a los ecosistemas por el gobierno federal se benefician de una concesión de veinte años para pescar en un área “si demuestra que ha hecho una pesca sustentable”.

No siempre fue así, admite Gerardo, quien recuerda a su padre, pescador durante cuarenta años, que le inició en “la pasión por el agua” y que vivió tanto la época de abundancia como la actual: “Como pescador de langosta yo fui un depredador. Yo no cuidé ni pensé en el futuro de mis hijos”, le confió un día su progenitor.

La creación de estas cooperativas tiene lugar en el contexto de disminución actual de especies como la palometa o la langosta, principal actividad productiva de estas comunidades en la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an, patrimonio de la Humanidad.

Hace medio siglo el gobernador Javier Rojo Gómez intercedió para que los pescadores pudiesen establecerse en estas tierras, por lo que da nombre oficial a esa colonia.

Los descendientes de aquellos pescadores viven en la ciudad, van a la escuela y quieren ser licenciados.

Eso quiere también para los suyos Marta Góngora, socia de la cooperativa Cozumel, en María Elena y única pescadora en activo de Quintana Roo, el segundo estado productor de langosta en México con un promedio anual en la última década de unas 150-200 toneladas de cola, la mitad que hace veinte años.

Esa disminución también la recuerda Marta, pescadora desde los quince años, a quien le gustó el mar “porque es muy bonito bucear, ver la costa tranquila, te tiras, ves la langosta…”, y donde “se te olvidan tus penas” lejos de una ciudad donde echa en falta la tranquilidad.

Pero donde también están sus dos hijos, a los que apenas ve una semana cada veinte días, y que fueron criados por su abuela debido a la exigencia de un oficio que “no es tan fácil” y que implica surcar el mar con la lancha varias horas por la mañana si el tiempo lo permite y cada día con la misma rutina.

Marta explica a Efe que no le gustaron sus trabajos como enfermera ni secretaría, así que se echó al mar.

“Y ahora es lo que le digo a mis hijos: aprovechen, yo lo desaproveché. A mí no me gustaría que mis hijos fueran pescadores”, reconoce.

Mientras tanto, con su equipo de buceo en superficie y el lazo que se empezó a utilizar en los años 80 por ser menos dañino que el gancho, Darwi muestra la práctica de la pesca de langosta.

Con 19 años, este pescador desde hace uno se sumerge junto a su abuelo hasta llegar a una plataforma de 2 metros de largo por 1,20 ancho y de 12 a 15 cm de abertura, donde se esconden los ejemplares durante el día, y que permiten a la langosta desplazarse y a los pescadores encontrarlas más fácilmente.

La obliga a salir, la captura, y la sube a la lancha, donde se realiza el marcaje para su registro y seguimiento, antes de devolverla al mar.

Si no llega a la talla mínima de 13,5 centímetros de cola no se puede consumir, porque es una de las limitaciones, junto a la prohibición de pescar hembras con huevos y los cuatro meses de veda.

“Es como el petróleo, que todo el mundo se lo pelea. Vivimos de esto”, explica Gerardo. EFE




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