La escuela donde las mujeres aprenden a vivir del sol. Por (*) Sally Jabiel

DESARROLLO SOSTENIBLE

La escuela donde las mujeres aprenden a vivir del sol. Por (*) Sally Jabiel

La escuela donde las mujeres aprenden a vivir del sol. Por (*) Sally Jabiel Fotografías de ©MINEM-PNUD GEF

Sally Jabiel .- En Cayachira nunca hubo electricidad. Situada en la altiplánica región de Puno, a unos 1200 kilómetros de Lima, la capital de Perú, aquí cargar un celular era todo un privilegio. Los habitantes de esta comunidad tenían que ir hasta el pueblo más cercano para usar la corriente de alguna tienda, donde además compraban pilas y velas para alumbrarse por la noche.

Esta rutina ha cambiado desde hace unos meses con la instalación de paneles fotovoltaicos. Ahora son las mujeres quienes —como alumnas de eMujer, la primera escuela energética para mujeres en el país— aspiran a llevar esta tecnología a más personas y ser, con el tiempo, lideresas del cambio en su comunidad.

Para quienes viven en las zonas remotas de Perú, como Cayachira, el acceso a la electricidad no siempre es fácil. En este país, donde todavía casi dos millones de personas carecen de energía eléctrica, el Gobierno tiene el reto de instalar 200 mil paneles fotovoltaicos hacia 2019. Esta meta, aunque ambiciosa, responde a los avances globales en electrificación. De acuerdo con el último reporte de progreso en materia de energía (ODS7), el número de personas sin acceso a electricidad en el mundo se redujo de 1.000 millones en 2016 a 840 millones en 2017. Este progreso se está reflejando en las partes rurales de Perú.

“Aquí no teníamos cómo cargar. Antes viajábamos a cada rato a comprar velas y hacer cargar nuestro celular. Ahora estoy viviendo como en un pueblo (urbano) y eso ha mejorado mi vida”, cuenta Lucila Choque, agricultora de Cayachira, en cuya casa se ha instalado uno de los paneles fotovoltaicos del Programa Masivo de Electrificación Rural del Estado peruano.

Sin embargo, asegurar que este acceso a energía brinde beneficios a mujeres como Lucila, requiere mucho más que tan solo proporcionar electricidad. Por eso, la Escuela Energética para Mujeres—un piloto puesto en marcha por el Ministerio de Energía y Minas de Perú en alianza con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y en el marco del Proyecto Acciones Nacionales Apropiadas de Mitigación (NAMA) en los sectores de generación de energía y su uso final— está formando a las mujeres rurales como técnicas y empresarias de tecnologías de energías más limpias, como es el caso de sistemas fotovoltaicos y cocinas mejoradas.

Las capacitaciones de esta innovadora escuela constan de tres módulos, que permitirán a estas mujeres aprender desde las buenas prácticas para el uso de las cocinas mejoradas y los paneles solares, hasta la construcción o instalación de estas tecnologías y el emprendimiento de nuevos negocios.

Para llegar a ellas, esta escuela itinerante se instala en cada zona rural —según las fechas acordadas con sus estudiantes— llevando consigo una traductora de lenguas originarias, como el quechua y el aymara, y algunas actividades para los niños. De esta manera, eMujer propicia un espacio único donde las mujeres se empoderan para ser las principales promotoras del cierre de la brecha de electrificación y de cocción limpia en todo el país.

Conexión solar

Lucila es una de las alumnas del primer módulo de la escuela. “Aquí he aprendido cómo cuidar mi panel, a mantener la batería y también a hacerle limpieza”, explica luego de las capacitaciones en Limón Verde, un pueblo cercano a Cayachira.

En este módulo, ella y otras mujeres han aprendido a emplear de forma más eficiente el sistema fotovoltaico que el Gobierno peruano ha instalado en las viviendas de su comunidad, así como a reconocer la capacidad de carga que este tiene para sus celulares, radios y televisores.

En óptimas condiciones, cada panel fotovoltaico brinda carga suficiente para que las familias de Cayachira tengan unas ocho horas de luz ininterrumpidas, y hasta unas siete horas de televisión o diez horas de radio. Este acceso a energía, por tanto, tiene un impacto positivo en el tiempo de las personas, en particular de las mujeres.

Cuando hay electricidad, las mujeres pueden trabajar de día, dentro o fuera del hogar, y estudiar por las noches, informarse con algún artefacto de comunicación y participar en otras actividades de su comunidad. Por el contrario, cuando carecen de esta, son ellas quienes —debido a sus roles tradicionales en casa— dedican varias horas del día a recoger materiales para utilizar como combustible. Esta pobreza energética, igualmente, es crítica para su salud.

La falta de energía en los centros de salud impide que muchas mujeres embarazadas en todo el mundo reciban atención médica que puede salvar sus vidas: la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada año mueren unas 287.000 mujeres a causa de complicaciones durante el embarazo y el parto, gran parte de ellas en zonas rurales. Dichas muertes podrían evitarse, en su mayoría, con servicios de salud adecuados.

La electrificación rural, entonces, tiene el potencial de liberar la carga sobre el tiempo de las mujeres con más horas de luz; a partir de eso, darles mayor flexibilidad para realizar otras actividades; y, ante todo, garantizar su seguridad. Tal es la importancia del acceso universal a la energía y la igualdad de género; dos de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) están dedicados a estos temas.

Si bien el ODS 7 insta a “garantizar el acceso universal a energía asequible, confiable y moderna”, está profundamente entrelazado con el ODS 5, que apunta a lograr la igualdad de género y el empoderamiento de todas las mujeres. Son ellas quienes dedican más horas a las tareas domésticas, un trabajo no remunerado al cual las mujeres peruanas dedican aproximadamente 23 horas más que los hombres, según un reciente informe del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI). Bajo esta visión, el acceso a energía, cuando es inclusivo, tiene un efecto transformador en ellas.

Alineada con el logro de los ODS, la escuela para mujeres tiene como metodología el “aprender haciendo”. En eMujer, cada estudiante es agente de su propio aprendizaje, que va más allá de los aspectos técnicos en energías sostenibles.

Con el objetivo de que puedan llevar el conocimiento a su vida cotidiana fuera del aula, las capacitaciones pasan, por supuesto, por reflexionar sobre las desigualdades de género y los problemas ambientales. De este modo, las mujeres se empoderan y asumen roles más activos en el camino de sus comunidades hacia el acceso a energías menos contaminantes.

Esto lo sabe Magnelly Paucará, quien ha asistido al segundo módulo de la escuela en Cayachira. “Luego de capacitarnos podemos comprar las cosas, trasladarnos e instalar un sistema fotovoltaico para dar electricidad a las personas que aún no tienen luz en casa”, dice convencida, pero el empoderamiento de mujeres como Magnelly no solo contribuirá a cerrar la brecha energética, sino también la de género.

De hecho, la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés) ha reportado que el sector de energías renovables ya emplea a 11 millones de personas en el mundo, de las cuales el 32% son mujeres, un índice que supera en 10% a la fuerza laboral femenina en combustibles fósiles como el petróleo y el gas. Esto es muy importante si se toma en cuenta que, según esas mismas proyecciones, la cantidad de empleos para este emergente sector podría aumentar de 10,3 millones en 2017 a casi 29 millones en 2050.

“Esperamos que puedan ver las potencialidades que este nuevo sistema (fotovoltaico) tiene para ellas. Vemos que el comercio se está ampliando y empiezan a llegar equipos de 12 voltios a las zonas más alejadas”, sostiene Rommel Cáceres, responsable de relaciones comunitarias de Ergon, empresa a cargo de instalar los sistemas fotovoltaicos del programa de electrificación rural del país.

Que las mujeres rurales emprendan negocios es uno de los objetivos de la escuela. Esa meta tiene una organización hermana en África: Solar Sister, una empresa social que sigue un modelo de ventas con más de 1.000 mujeres viajando de puerta a puerta por sus comunidades para ofrecer artefactos solares. De continuar hasta el último módulo de la escuela eMujer, las graduadas de Cayachira podrían apuntar a modelos de negocios similares que incluyan, también, servicios técnicos de instalación, reparación y mantenimiento.

Cocinar la igualdad

A diferencia de Cayachira, más que emprender, por ahora las mujeres de Quiñota, piensan en cambiar su realidad. Ese cambio empezó con las cocinas mejoradas que diversas entidades instalaron en este distrito rural de Cusco, como parte de la meta nacional del medio millón de cocinas por una cocción más limpia.

Aquí, hasta tres años atrás, Hermelinda Romero era una de las 3.000 millones de personas alrededor del mundo que, según OMS, todavía utilizaba grandes cantidades de combustibles como la leña y el carbón para cocinar, calentarse e iluminar su casa. “Cuando cocinábamos todo era negro en las paredes. Soplábamos y el polvo se levantaba hacia las ollas y ensuciaba el agua. El humo entraba a nuestros pulmones y por su culpa nuestros ojos eran rojos, nos hacía llorar”, recuerda ella.

Hermelinda, como otras mujeres en Quiñota, es responsable de la cocina para su familia, una labor que realizaba en un fogón a leña. Este tipo de cocina en el mundo, según IRENA, pesa sobre las 100 horas que al año una mujer puede pasar recogiendo leña. En Quiñota, un fogón consumía aproximadamente 50% más de leña que una cocina mejorada y, al mismo tiempo, producía humo tóxico al interior de las viviendas.

“Las mujeres respiraban humo, tosían e iban al doctor y preguntaban a qué se debía. El humo es un asesino silencioso”, explica Teresa Aquino, capacitadora de la escuela eMujer en ese distrito donde la contaminación al interior de los hogares ocasionaba graves enfermedades respiratorias y cardíacas como la neumonía, las apoplejías e incluso el cáncer del pulmón.

De acuerdo con cifras de la OMS, esta polución es la causa de unos 3,8 millones de muertes prematuras cada año a nivel mundial, principalmente entre mujeres y niños, quienes están más expuestos al humo que desprenden la leña y el carbón en el hogar. Además está el impacto negativo en el medio ambiente a partir de las emisiones de gases de efecto invernadero que los fogones tradicionales generaban.

“Ellas reconocen cómo el cambio climático viene afectándoles y son conscientes de que estas cocinas van a contribuir con menos gases”, explica Teresa.

Las nuevas cocinas evacuan el humo de la combustión al exterior de la casa con chimeneas y, cuando son bien manipuladas, reducen el aire tóxico dentro del hogar.

“Queremos mejorar más, cambiar toda nuestra forma de vivir”, asegura Hermelinda, quien ha cursado el primer módulo de la escuela eMujer en Quiñota. “Hasta hoy no había limpiado mi chimenea. Al principio no estaba limpiando mis cenizas porque antes en mi fogón tenía que haber harta ceniza para soplar. Hoy he aprendido que así no es”, agrega mientras pone en práctica los aprendizajes de este módulo en el que participaron unas 60 personas, más de lo esperado para una escuela diseñada para 25 estudiantes por sesión. Aunque en su mayoría eran mujeres, las ganas de aprender alcanzaron, inclusive, a algunos hombres del distrito.

“Ellos se muestran interesados en aprender sobre este tema. Este curso se desarrolla de manera interactiva rescatando sus saberes previos, ellas y ellos tienen conocimientos que aquí escuchamos y fortalecemos”, asegura Teresa y es que, más allá de los beneficios ambientales y sanitarios que supone una cocina mejorada, los estudiantes están aprendiendo que la cocción limpia puede cambiar sus vidas cuando existe igualdad. Y que este es un cambio que, para ser sostenible, requiere que se superen las barreras de género persistentes en toda la población de Quiñota.

“Ahora yo mismo me cocino, mis hijos y mis hijas se cocinan. No solamente cocina mi señora. Todos cocinamos, hay ese concepto de equidad de género, eso valoramos y continuaremos”, manifiesta San José Alvarez, un agricultor quien asistió a las mismas clases que Hermelinda y que ahora comprende que cocinar no es solo una responsabilidad de mujeres. Ese es el legado de igualdad que, en sus primeros talleres, la escuela ya está dejando en Quiñota. Una cocina solo es mejorada cuando beneficia a todos por igual.

Un futuro con ellas

Los especialistas de eMujer saben que el número de las estudiantes de los primeros módulos puede disminuir en los siguientes que son, precisamente, los más especializados, donde aprenderán a construir cocinas e instalar paneles solares, así como a elaborar sus planes de negocio. Es probable que cada vez haya menos asistentes debido a que sus objetivos y necesidades no necesariamente incluyen hacer de la energía sostenible un medio de vida. Pero con que cada mujer de la escuela llegue a ser promotora de alternativas más limpias en sus comunidades, el futuro de la energía sostenible ya se estará forjando.

Cerrar la brecha energética, en ese sentido, no solo radica en la voluntad política de llevar energía a las zonas más remotas del país, sino también en que las mujeres se empoderen y puedan aprovechar las oportunidades de la energía limpia y se conviertan en agentes del cambio.

Eso es lo que está sucediendo en Quiñota, Cayachira y en otras comunidades donde eMujer está llegando. Estas comunidades han entendido que las mujeres tienen el potencial de facilitar la transición hacia energías más limpias, así como aprender el uso eficiente de las tecnologías que el Gobierno está brindando, de darles mantenimiento y, sobre todo, de emprender sus propios negocios y ser ellas mismas quienes, en un futuro, lleven energía a otras personas.

Y es que a medida que las mujeres se involucren en las soluciones energéticas, el cambio llegará a más comunidades; porque eMujer no se trata de mujeres contra hombres, sino de una cuestión de igualdad. Una cuestión necesaria para llegar hasta la última persona sin acceso a la electricidad. Para que tener luz no sea más un privilegio.

Este reportaje es parte de la alianza entre ActionLAC, plataforma coordinada por Fundación Avina, y LatinClima, esta última con apoyo de la Cooperación Española (AECID) por medio de su programa ARAUCLIMA, con el fin de incentivar la producción de historias periodísticas sobre acción climática en América Latina.
(*) Sally Jabiel

 Fotografías de ©MINEM-PNUD GEF  

Un equipo de periodistas especializados en periodismo e información ambiental de la Agencia EFE www.efeverde.com y www.efefuturo.com