TURISMO LOBERO

Hola mi amor, soy yo tu lobo…

  • La Sierra de la Culebra es “el epicentro del ecoturismo lobero nacional y también europeo”, según el biólogo Javier Talegón

Hola mi amor, soy yo tu lobo... Imagen de José Antonio Maldonado cedida por Ecologistas en Acción. EFE

Despunta el alba en la pista de Linarejos, cerca de Villardeciervos (Zamora), por donde camina nuestro grupo ligero y silencioso a la caza del lobo..., aunque el acecho será visual porque sólo vamos armados con prismáticos, trípodes, telescopios terrestres y cámaras fotográficas.

“Los lobos son difíciles de ver…, el mejor momento es el crepúsculo o los instantes previos al amanecer y no porque sean animales de costumbres nocturnas, sino porque aprendieron hace mucho a huir de su principal enemigo, el hombre”, apunta contundente Javier Talegón, biólogo pionero en turismo lobero en la Sierra de la Culebra, al noroeste de la península ibérica.

Talegón dirige Llobu, una empresa joven y local dedicada al ecoturismo cuyo plato fuerte es la observación del Canis lupus, una especie que no cuenta tradicionalmente con buena prensa entre los Homo sapiens.

En nuestro imaginario social, un “lobo solitario” es un peligroso terrorista; una “loba”, una prostituta; “lobos de la misma camada”, un grupo de personas con los mismos intereses que no suelen ir de acuerdo con los del resto de la comunidad; un “lobo de mar”, un marino solitario y de carácter agreste…

Los lobos se cuentan entre los “malos” favoritos de los cuentos de hadas y sólo la Orquesta Mondragón se atrevió a cantar en su día “Hola mi amor, soy yo tu lobo” en su peculiar versión de la historia de Caperucita.

Sin embargo, la realidad es muy diferente: “el lobo es un aliado muy poderoso en la conservación del ecosistema”, puntualiza Talegón, “y de hecho la riqueza faunística de esta zona, donde contamos con ciervos, corzos, jabalíes, desmanes o garduñas entre otros animales, se debe precisamente a su presencia”.

Pista forestal de Linarejos. EFE/Pedro Pablo G. May

Pista forestal de Linarejos. EFE/Pedro Pablo G. May

La pista forestal de kilómetro y medio por la que avanzamos corre paralela a un bosquecillo de pinos, cerca de la vía férrea Zamora-Orense y el entorno es pródigo en brezales que “favorecen nuestra actividad al disimularnos con el paisaje, pues los lobos tienen sentidos muy aguzados y nos detectan de lejos”.

Una vez instalados en el puesto de observación, desplegamos nuestro equipo y comenzamos la vigilancia, que debe transcurrir en el mismo silencio de la marcha y con extremada paciencia: a veces, el único fruto de largas horas de espera consiste en una piel tostada por el sol y poco más.

Fuente creciente de ingresos

La primera iniciativa registrada de turismo lobero se desarrolló en el Parque Provincial Algonquin de Canadá en los años 60 del siglo XX y pronto se hicieron populares en Estados Unidos donde, sólo en el Parque Nacional de Yellowstone, unas 70.000 personas participaron en esta actividad entre 1995 y 2000.

En España, las primeras esperas a lobos comenzaron hace unos 20 años gracias a las actividades del grupo ecologista Ciconia y hoy se desarrollan en puntos de Burgos, Álava o la propia Zamora ya que “la sierra de la Culebra es el epicentro del ecoturismo lobero nacional, pero también europeo; por aquí vienen muchos holandeses, ingleses, franceses…”, puntualiza Talegón.

En los últimos años, el turismo lobero ha crecido mucho y la tendencia es creciente, según un estudio elaborado entre las casas rurales de la comarca en 2012, que demuestra que el 46 % de la ocupación media es atribuible a esta actividad, con una pernoctación media de 2,18 noches por viaje.

“Esto supone unos 440.000 euros sólo en comer y en dormir, una buena inyección para la economía local, que supera de largo los cerca de 40.000 euros que deja la caza”, compara este biólogo.

Observando lobos con un telescopio terrestre. EFE/Pedro Pablo G. May

Observando lobos con un telescopio terrestre. EFE/Pedro Pablo G. May

La edad media del ecoturista en la zona es de 41 años y un 75 % posee estudios universitarios: “se nota mucho, generacionalmente hablando, la influencia del divulgador y naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, que tanto hizo en sus documentales televisivos por el ‘hermano lobo’, un verdadero pionero en España en la difusión medioambiental” y de cuya muerte inesperada durante un rodaje en Alaska se acaban de cumplir 35 años.

Sin embargo, “ahora necesitamos una cantera de naturalistas jóvenes, chavales proactivos que se impliquen” y de ahí la importancia de empresas como Llobu, cuya labor principal consiste, “más que en ver al animal en libertad, en educar a la población” y hacerlo además con ética.

“Por ejemplo, nunca hay que hacer observaciones de cachorros, pues puedes ahuyentar a todo el grupo hacia zonas de peor calidad o hacerlos vulnerables al delatar su presencia a cazadores”, señala Talegón, que pide una mayor regulación del turismo lobero.

Lobos en peligro

Y es que la cara oscura de la Sierra de la Culebra es su condición de Reserva Regional de Caza: los mismos lobos que se ven retozando al amanecer pueden ser víctimas de las escopetas al caer el sol.

Por ello, los conservacionistas insisten en la necesidad de incluir este animal en el Catálogo Español de Especies Amenazadas, para que deje de ser especie cinegética, ya que es el único de nuestros grandes carnívoros que no figura en el listado.

Ni siquiera existe un censo global de los ejemplares en España, donde Talegón explica que “estamos lejos de las grandes manadas que aún se encuentran en el norte de Europa…, aquí los grupos reproductores cuentan con una media de entre 4 y 7 individuos según la época del año”.

Nuestra espera da resultados y finalmente vemos tres hermosos ejemplares, dos agazapados bajo unos árboles y un tercero cruzando otra pista forestal.

La emoción entre los asistentes cambia el sentido de una frase tradicional: “Que viene el lobo…”  

 

 

Reconstrucción de la espera al lobo en la Sierra de la Culebra. EFE/Pedro Pablo G. May

Reconstrucción de la espera al lobo en la Sierra de la Culebra. EFE/Pedro Pablo G. May

 

 

 




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Pedro Pablo G. May
Periodista y escritor, con más de treinta y cinco años de experiencia, siempre interesado en la Naturaleza, la ciencia y las nuevas tecnologías.

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