BIODIVERSIDAD LIBRO

El filósofo Michael Marder evoca Chernóbil en su nuevo libro, 35 años después

Portada del libro. EFE

Las reflexiones del filósofo ruso Michael Marder y las imágenes de la fotógrafa francesa Anaïs Tondeur configuran ‘Chernóbil Herbarium’ (NED Ediciones), un libro que conmemora el XXXV aniversario del peor desastre nuclear de la historia, ocurrido en la planta soviética el 26 de abril de 1986.

Una cadena de errores humanos y de fallos de diseño en el reactor número 4 de la planta Vladimir Ilich Lenin, ubicada en el norte de Ucrania a pocos kilómetros de la ciudad de Chernóbil y al lado de la localidad de Prípiat, causó varias explosiones y un incendio que expulsaron materia radiactiva a la atmósfera en forma de una nube que afectó a Europa y el norte de América.

Evaluaciones especializadas estiman en 200 toneladas el material esparcido por este siniestro, con una radiactividad equivalente a 500 bombas atómicas como la lanzada en Hiroshima.

El número oficial de muertos directos fue de 31, aunque la ONU calculó que la cifra real estaba más próxima al medio centenar y, según datos del Centro Nacional de Investigación de Medicina de Radiación de Kiev (Ucrania), unos 5 millones de personas sólo en la URSS enfermaron en algún grado por culpa de la radiación.

Marder, hoy día profesor de filosofía en la Universidad del País Vasco e investigador en la Fundación Vasca para la Ciencia, era en aquel momento un niño cuya familia vivía en la ciudad rusa de Anapa, junto al Mar Negro y cerca de Ucrania, y recibió como todos sus habitantes elevadas dosis de radiación sin ser consciente de lo que sucedía.

En ‘Chernóbil Herbarium’, recoge un total de 35 textos -uno por cada año que ha pasado desde 1986- entre los que figuran sus reflexiones personales, anécdotas y recuerdos, cada uno de ellos ilustrado por sendos fotogramas de plantas de la actual zona de exclusión de Prípiat.

Especializado en temas relacionados con el pensamiento medioambiental y la filosofía política, denuncia en el libro entre otras cosas la opacidad de las autoridades de la URSS así como la falta de empatía del régimen comunista hacia el entorno natural, no sólo las víctimas humanas, que resultó afectado por la catástrofe.

Respecto a las imágenes de Tondeur, buscan “conducir nuestra imaginación hacia las sombras de personas y objetos proyectadas en las paredes de Hiroshima y Nagasaki, bombardeadas en 1945”, explica Marder en su obra.

Por eso parecen “explosiones de luz distantes” que intentan “captar el trauma sufrido por vegetales sometidos a una fuerte radiación y documentan la resiliencia de las semillas que han crecido en la zona de exclusión” a pesar del impacto radiactivo.

En varios de sus textos, Marder cuestiona el uso que sigue haciéndose de la energía nuclear y augura sombríamente que “la humanidad está cavando su propia tumba” ya que “estamos en el interior del sarcófago, aunque parezca que estamos en el exterior”, en referencia a la estructura construida poco después para cubrir y aislar el reactor, que desde 2016 permanece bajo el que fue bautizado como “nuevo sarcófago seguro”.

A día de hoy, la radiación del desastre de Chernobil sigue afectando a un número elevado aunque indeterminado de habitantes de Ucrania, pero también de las vecinas Rusia y Bielorrusia, donde se halla el 70 % de los casi 200.000 kilómetros cuadrados de terrenos contaminados. EFEVerde




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