La pérdida de biodiversidad es el colesterol para el turismo. Por (*) Arturo Crosby

El turismo es una actividad productiva basado en varios tipos de negocio según el producto (turismo vacacional de sol y playa, rural, aventura, naturaleza, deportivo, cultural, fluvial, marítimo, aéreo, etc.), que generan una serie de impactos positivos y negativos en el territorio donde se desarrollan y afectan también a la población local.

Depende de cómo se desarrolle y cómo se gestione tendremos unos resultados mejores o peores. Es obvio que la planificación es una herramienta que ayuda a predecir posibles escenarios y cómo conseguirlos, pero es también evidente que brilla por su ausencia, bien porque se ha tratado de evitar, bien porque nunca se consideró relevante.

En cualquier caso, lo que se manifiesta es que el turismo depende y mucho del entorno donde se localice y su vulnerabilidad es más que evidente, como se está demostrando en la presente pandemia del covid-19 o lo que viene (ya existe pero la gestión del covid-19 lo está ocultando), como es el cambio y crisis climática.

Pero otro tipo de enfermedad oculta, porque no es tan visible como los efectos de esta crisis climática que se traduce en impresionantes imágenes mediáticas de devastaciones naturales, como ciclones, huracanes, gota fría, sequías, incendios, etc, es la pérdida de la biodiversidad. Es algo similar, por hacer un paralelismo a enfermedades como el colesterol, que cuando se identifica ya puede ser tarde para el organismo, por su irreversibilidad.

Es el mismo proceso, la acumulación de grasas en las arterias puede colapsarlas y hacer muy difícil y hasta imposible la circulación sanguínea con consecuencias muy graves para la salud del organismo.

Pues siguiendo con el símil del colesterol, la pérdida de biodiversidad actúa de una forma lenta, muy poco visible y cuando se identifica, puede que ya sea tarde y no haya forma de recuperarla.

Por eso es tan importante poderlo valorizar y hacer que este patrimonio, del cual depende el turismo, lo incluya en su capital social y por tanto lo tenga en cuenta para cualquier operación.

Por eso es tan importante poder valorizarlo y hacer que este patrimonio natural, del cual depende el turismo, se incluya en su capital social

En un reciente artículo publicado en EFEverde, sobre el informe Dasgupta encargado por el Gobierno británico (Ministerio de Economía y no de Medio Ambiente) afirma sobre la necesidad de incluir la conservación de la biodiversidad y la naturaleza entre los indicadores que utilizan los países para evaluar su grado de riqueza y prosperidad.

Este informe sobre la Economía de la Biodiversidad, será clave en la próxima cumbre mundial de la COP26 en Glasgow y sería no solo bueno sino muy relevante que destinos y empresas turísticas lo asuman, siempre y cuando sus objetivos empresariales y sociales sean a medio y largo plazo y no como negocios a un par de años, que entiendo deben ser muy pocos y desvinculados al espíritu emprendedor y empresarial.

De esta forma, se demuestra que pensar en sostenibilidad, en desarrollo sostenible, es creer en el futuro, es tener en cuenta a quienes nos sucedan, es decir ser competitivos en el tiempo. De ahí que insisto que la sostenibilidad es una herramienta clave para conseguir este objetivo y no al revés, y es parte de los famosos ODS de Naciones Unidas.

Y como afirma este informe económico “El verdadero crecimiento económico y desarrollo sostenible implica reconocer que nuestra prosperidad a largo plazo depende de que volvamos a equilibrar nuestra demanda de bienes y servicios naturales con la capacidad (del planeta) de proporcionarlos”.

Y esta afirmación es más que una frase bonita, sino una visión de la urgente necesidad de incorporar la biodiversidad como un activo del capital de las empresas y destinos turísticos.

 

Un cordial saludo,

Arturo Crosby

Editor Natour magazine

 

www.forumnatura.org 

 

 

 




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