Cuando el turismo de lujo, busca a los pobres y extrañas experiencias

Arturo Crosby. Foto de Miguel Angel Muñoz

Leyendo un artículo en el Huffington Post, sobre el hotel sudafricano Emoya Luxury, me quede sorprendido de las extravagancias de las nuevas experiencias turísticas, esta vez, referidas al segmento de lujo (ciertos segmentos del mismo), que parece que cada vez sus expectativas crecen de tal forma que hay que inventar sensaciones y emociones, realmente únicas y vendibles, claro está, pero sobrepasando cualquier frontera u obstáculo social o ambiental.

Hace años, ya han existido diferentes experiencias, de las que podríamos denominar “raras”, por ser pragmático, y desde luego ofensivas para una mayoría de mortales, como la que se ofrecía en el Beirut, cuando estaba en guerra y se buscaba la sensación de estar en un entorno en peligro y vivir como vivía la población en ese estado de inseguridad, pero disfrutando también del ocio con pura adrenalina.

O por ser más dramático, aquellos safaris de caza de especies protegidas y en peligro de extinción, cuando además podrían deleitarse dicha carne en restaurantes ocultos, solo para VIP con bastante presupuesto en sus bolsillos. O las recientes denuncias de Survival International en contra de los denominados safaris humanos, para fotografiar indígenas, sin el mínimo respeto, ni consentimiento.

Y si uno quiere ir mas lejos, todavía recuerdo los tours que existieron en la pasada y reciente guerra de los Balcanes, donde se ofrecían puestos de francotirador. Por cierto, empresa que fue denunciada en el Consejo de Europa y tuvieron que cesar su “actividad turística”.

Siempre existe una oferta, que en busca de obtener unos beneficios económicos rápidos y olvidándose de su futuro, ha encontrado buenas excusas, como para ofrecer productos turísticos, a medida de una clientela exigente que quiere experimentar sensaciones únicas, inolvidables y poderlas contar como algo excepcional, entre sus familiares y amistades.

Es por eso, que existen diferentes actividades en el mundo, donde indígenas, animales o simplemente gente sin dinero, los llamados “pobres”, son auténticos recursos turísticos y donde su entorno transformado en algo vendible, se convierte en productos turísticos vendibles, para que la demanda de alto poder adquisitivo, pueda adquirir unas experiencias inigualables.

Haciendo un símil, se imaginan que turistas de otros países o nacionales, vinieses o fuesen a ver casas con familias desahuciadas, por embargos, hipotecas, etc. en España, EEUUU u otros, y que pagasen por ello al operador y eso sí, dando alguna limosna a dichas familias.

Tampoco uno se sorprende tanto, cuando la demanda turística es capaz de comprar servicios de menores de edad, por motivaciones que no acierto a comprender y menos aceptar.

Es cierto que la teoría del éxito implica, que la oferta ha de diseñarse en función de la demanda, pero las expectativas de ciertos segmentos deberían poderse excluir del mercado o al menos presionar, como ya lo llevan haciendo organizaciones internacionales en pro de derechos, que han encontrado un punto débil en muchos países en desarrollo, atacando precisamente a su mercado turístico.

Quizás ya es hora, de hacer comprender que la mejor fórmula de implementar un programa de RSC o RSE es no tenerlo que hacer, salvo como parte de su propia inversión y no como medida compensatoria de impactos negativos, ya sean ambientales o sociales.

Especialmente las grandes cadenas hoteleras y por supuesto las Administraciones Publicas Locales, deberían de auto-obligarse a invertir en programas turísticos, de tipo ambiental y social, como medida preventiva y por supuesto, como generación de valor añadido al destino. ¡No lo olviden!

 

Un cordial saludo

Arturo Crosby

 




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Un equipo de periodistas especializados en periodismo e información ambiental de la Agencia EFE www.efeverde.com y www.efefuturo.com