ODS 7: Energía asequible y sostenible

ODS 7: Energía asequible y sostenible. Por (*) Valentín Carrera

ODS 7: Energía asequible y sostenible. Por (*) Valentín Carrera

Siempre recordaré las burlas que tuve que escuchar en mis primeros pasos como ecologista, hace de esto más de cuarenta años. “¡Aerogeneradores en casa, molinos de viento, jajaja, como los de don Quijote!”. Luego vinieron los que se reían de las placas solares —“Te vas a helar los días nublados”— y de los digestores de metano y de cualquier cosa que pudiera ir a contracorriente, nunca mejor dicho, de las grandes eléctricas, entonces Fenosa o Endesa, dos grandes depredadoras de Galicia y El Bierzo.

Nuestra universidad eran las revistas Integral o Ajoblanco, en las que aprendíamos a soñar energías limpias: “Energía —dice el ODS 7 de la ONU cuatro decenios después—, asequible y sostenible”. Sí, como la de don Quijote.

Objetivo de la ONU: Invertir antes de 2030 en fuentes de energía limpia, como la solar, eólica y termal

El despiporre energético que ha vivido el mundo mundial, incluidas la España saturada y la España vaciada, no tiene comparación en la historia de la humanidad: el concepto economía del esfuerzo, o del gasto —los leones y los mandriles no hacen gimnasia por gusto, corren lo justo para comer y una vez saciados, ahorran energías al máximo. Son darwinistas antes de que Darwin se diera cuenta. Nosotros, en cambio, los muy evolucionados, producimos y gastamos energía, derrochamos sería la palabra adecuada, por gusto, por desidia, por locura, por negocio.

EFE/José Pedrosa

No es posible, en mi opinión, abordar las metas del ODS 7 sin formular antes una enmienda total al modelo energético del mundo, país a país y casa por casa. Los pequeños aerogeneradores domésticos, a escala humana, eran una tontería; y los molinos de viento, una quijotada hasta que las grandes depredadoras energéticas comprendieron que podían ser un fabuloso negocio; y entonces, sí, la ridiculez se convirtió en especulación y exigieron y sobornaron el monopolio de centrales y pantanos; y también el de las fuentes de energía renovables, de modo que donde había un monte con nidos de águilas, comenzó a crecer un bosque de altas torres metálicas con imponentes aspas giratorias. Eso ya no daba la risa a nadie, aunque a mí me produce miedo y escalofríos.

La enmienda a la totalidad al modelo energético masivo, concentrado en muy pocas manos, significa desmontar ese oligopolio y devolver a los ciudadanos la soberanía energética secuestrada por el modelo de negocio del IBEX35. En el debate del independentismo catalán, escocés o corso, me sorprende el concepto oblicuo de soberanía: se discute la de un territorio por pura ficción constitucional, como si un Estado, por ejemplo España, tuviera soberanía monetaria y financiera (que no la tenemos), militar (entregada previo referéndum amañado a la OTAN), o soberanía alimentaria: ya ni siquiera tienen los Estados, no digamos los campesinos, el control de las semillas y los abonos, que son oligopolio de Monsanto, Bayer, Fertiberia y demás transgenificadores.

El modelo actual de energía es un gran causante del cambio climático: produce el 60% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero

Europa no es sino una construcción reciente a base de cesiones de soberanía de los Estados miembros, casi siempre a regañadientes y con fórceps: delegamos en Bruselas el monopolio de la política pesquera o agrícola y otras tantas materias, pero, ¿qué pasa cuando las personas y los Estados ceden a una multinacional su soberanía energética, el inalienable derecho a energía asequible y sostenible que proclama el ODS 7?

Ni España ni Europa tienen soberanía energética, y pasaríamos mucho frío el próximo invierno si cierran la espita los gasoductos de Rusia o los barcos de Argelia, de donde España trae el 57% del gas natural licuado, que tan ricamente, y tan barato, calienta nuestras viviendas y edificios, en general tan ineficientes y mal aislados. La soberanía energética española está en una docena de manos poderosas: Enagás, Naturgy, Endesa, Cepsa, Repsol, Iberdrola y las viejas cementeras como Portland o Votorantim Cosmos, reconvertidas en incineradoras para producir energía barata, sucia y tóxica. Un gran negocio con consecuencias ecológicas desastrosas.

renovables

EFE

Nuestros abuelos y abuelas, ¡vaya que sí tenían soberanía energética y un modelo de producción y consumo asequible y sostenible! Las grandes multinacionales, sin embargo, nos han enganchado a su red insostenible y derrochona, a sus tarifas imposibles, a sus refinerías e incineradoras, a sus gasolineras y a sus tubos de escape. El modelo energético español y el mundial son un trágala del sistema, con imposible, heroica posibilidad de resistir al margen. Recordemos el impuesto al sol impuesto por Rajoy para dar gusto al oligopolio.

Aunque algunos se rían de nuestros pequeños molinos de viento y de las modestas placas solares en el tejado de casa, tenemos la obligación de recuperar la soberanía energética personal y familiar: el progreso tecnológico permite un modelo distinto de abastecimiento, un sistema a escala humana, autónomo, basado en energías limpias y sostenibles.

Seguir el camino de las energías limpias (solar, eólica, térmica), seguir la ruta holística de nuestros abuelos, consumir cada vez menos en vez de más, gastar la energía imprescindible y solo esa, la mínima necesaria, y dejar respirar al exhausto Planeta, es el único modo de alcanzar, antes de 2030, el ODS 7: garantizar a toda la población energía asequible y sostenible. Estamos ya en emergencia climática: es tiempo de desengancharse del contador nuclear, y del argelino, y recuperar la soberanía energética en cada barrio y en cada casa. ¡Arriba las ramas!

(*) Valentín Carrera es periodista.

Para saber más:

Web de la ONU sobre los ODS.

Alto Comisionado de España para la Agenda 2030.

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