#HorizonteAntártida (6). Isla Rey Jorge: allá donde el pasaporte es un documento inútil. Por (*) Valentín Carrera

Especial para EFE:Verde, por @ValentínCarrera, a bordo del Sarmiento de Gamboa

Podría contarles que he tocado un tronco de árbol fósil de Laurlioxylon Antarcticum, procedente del glaciar Collins, de hace tan solo 54 millones de años, cuando en Rey Jorge había coníferas, araucarias, laurel, teca…; pero permítanme que les relate otra historia. Anoche vi el rostro de la felicidad dibujado en la cara de un amigo coreano, de cien amigos coreanos; digo amigos, sin devaluar la palabra amistad, porque sé que me ofrecerían su casa, y yo a ellos la mía, si la vida nos deparase otro encuentro.

Hace años, el día de la patrona, la Virgen de la Encina, entré con mis hijas a tomar el vermú en el Casino de Ponferrada, donde tres jóvenes coreanas, peregrinas a Compostela, a juzgar por el bastón y la mochila, contemplaban extasiadas y algo perdidas la marabunta de gente endomingada que alborotaba el bar. En mi tierra, la costumbre de tomar vinos es más sagrada que la misa mayor. Invité a las peregrinas al aperitivo y, por resumir, vinieron a comer a casa, con sorpresa de mis hijas: “¡Se va a enfadar la abuela, por no avisarle!”. Al contrario, los abuelos redoblaron la hospitalidad berciana, volaron platos y brindis de fiesta, y mi padre practicó con las peregrinas su excelente coreano en la larga sobremesa. “Algún día -expliqué a Sandra y Alicia-, la vida nos devolverá estos brindis”. Justicia poética.

Un documento inútil

La vida me devolvió ayer aquellos brindis, multiplicados por cien, en los ojos vivos y despiertos, eternamente sonrientes, de un centenar de coreanos que viven en la base King Sejong, en la orilla Oeste de la inmensa Bahía Lasserrre, Isla Rey Jorge. Visité la espléndida, deslumbrante base coreana (mejor no hagamos comparaciones con la española…), en compañía del capitán del Sarmiento de Gamboa, Pablo Fernández, y de nuestro jefe de expedición, Luis Ansorena. Visita de cortesía, habitual entre barcos y bases, en este rincón del planeta. “Lleva el pasaporte”, advirtió el capitán.

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En efecto, llevamos el pasaporte porque le hemos cogido gusto de coleccionista a la costumbre de ir sellando hojas en cada base antártica, pero es un documento completamente inútil más allá del paralelo 60º; y Rey Jorge está en el 62º Sur, 58º Oeste, de modo que aquí no existen fronteras: en los días de estancia en la isla he pisado, sin cruzar ninguna aduana, territorio chileno, ruso, uruguayo, argentino, chino y coreano. Seis bases científicas se asoman a la Bahía Lasserre, o Admiralty Bay para los ingleses, o Zatoka Admiralidji para los rusos. Topónimos sin fronteras.

Esto es la Antártida, amigos, un territorio para la ciencia: Isla Rey Jorge es la puerta natural de entrada a este santuario, la mayor del archipiélago Shetland del Sur, descubierta hace dos siglos, en 1819, por el bergantín Williams, desviado de su derrota por los vientos del Paso Drake, y posiblemente pisada por primera vez aquel mismo año por el buque español San Telmo que naufragó en la zona con 644 hombres a bordo. Desde entonces, fue cuerno de la abundancia para los cazadores de focas y ballenas, hasta el exterminio; y destino de las primeras expediciones científicas: Biscoe en 1832, Wilkes en 1839, D´Urville en 1840. Casi doscientos años después, Rey Jorge abandera la ciencia antártica, y las seis bases que se asoman a la bahía donde está fondeado el Sarmiento de Gamboa, conviven felices y pacíficas.

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Hemos disfrutado de la hospitalidad chilena en la Base Frei, compartiendo paseo con los estudiantes de secundaria premiados por el Instituto Antártico Chileno, por sus trabajos sobre la Antártida; colocando una placa en el tótem que indica la distancia a mil y un destinos; o conversando con Alejo Contreras, “el explorador que más sabe de la Antártida”, el hombre que ha estado catorce veces en el Polo Sur y ha escalado otras tantas el macizo Vinson, 4.897 metros de hielo.

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En la Base Frei visité también Villa Las Estrellas, la población más austral del mundo, un conjunto de viviendas, con escuela, hospital, tienda y gimnasio, donde conviven de modo permanente una veintena de familias: alguna volvía ayer de vacaciones, los niños cargados con enormes osos de peluche, en el mismo avión Hércules en el que están llegando, por el único aeródromo de la zona, los científicos y militares que el Sarmiento de Gamboa traslada ya a Isla Decepción para abrir esta semana la Base Española Gabriel de Castilla.

En la base Bellingshausen gozamos de la hospitalidad rusa: Ylia, el médico, me ha obsequiado un bote de cien pastillas de vitaminas ВИТРУМ. “Toma una cada día”, y yo le hago caso con fe ciega en la medicina rusa; y el amable Alexey me ha mostrado los increíbles retablos ortodoxos de la Trinity Church, que lo pongo en inglés a falta de un indicador de la Santa Trinidad en ruso. Lo cierto es que, en este territorio sin fronteras, tampoco los idiomas son una barrera, aunque mi manejo del ruso y del chino no es comparable a mi dominio del coreano.

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La base King Sejong, en la punta Burton -un intenso periplo en zodiac, sorteando icebergs-, es, en fin, un rincón del paraíso, en el que nos acogieron como los hawaianos a Jack London, en día de fiesta. A los cinco minutos de llegar, estábamos sentados a la mesa, en zapatillas, en un magnífico salón-comedor, compartido por un centenar de técnicos e investigadores, bebiendo sake y saboreando deliciosas ensaladas y carne a la brasa recién hecha.

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Nadie se sintió extraño. Solo sacamos el pasaporte para estampar los sellos de recuerdo. Nadie es extranjero en la Antártida y todos nos necesitamos recíprocamente. Aquí los ejércitos están en misión de paz. No hay armas ni barreras, ni otro idioma que el de la solidaridad, la hospitalidad y la ciencia. Estamos en casa.

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