#HorizonteAntártida: La Aventura de la Ciencia (12) El estudio del permafrost en la Antártida explica por qué Trump no entiende el calentamiento global

Especial para Efeverde, por @ValentínCarrera, a bordo del Hespérides.- Decía Jules Verne —que también anticipó la llegada de Donald Trump al poder, encarnado en Schulze, el belicista sin escrúpulos que construye la Ciudad de Acero— que “los botánicos, los especialistas en historia natural, los físicos, los químicos y los matemáticos han compuesto horrorosas mezclas de palabras”. Para descifrar el criptograma de la Antártida, he tenido que familiarizarme con alguna de esas palabras horrorosas, como «permasfrost».

En el trayecto hasta Isla Decepción, a bordo del buque Sarmiento de Gamboa, viajaban en el hangar una docena de cajas metálicas rotuladas con el palabro «PERMASNOW». Ni siquiera Verne se atrevió a tanto. El día de los Santos Inocentes, hice la travesura de escribir en una de las cajas “espermasnow”, por dar sentido al jeroglífico; nuestra mente limitada completa lo que no entien.

Permasnow es el proyecto de investigación de la Universidad de Alcalá dentro de la XXX Expedición Científica Española, esta compleja campaña en la que nos hallamos inmersos cerca de doscientos aventureros, entre marinos, técnicos, soldados y científicos. El proyecto Permasnow da continuidad a una línea de trabajo que cuenta ya con 24 campañas antárticas: el estudio de la capa helada, es decir, ahora sí, ¡el permafrost!

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El físico Miguel Ramos, una de las mentes mejor amuebladas del panorama científico antártico, cuyo magisterio, transmitiendo el saber con generosidad, ha creado escuela en Alcalá, me hace una descripción sencilla: permafrost es cualquier tipo de material, como roca o arcilla, por debajo de 0º; es decir, la superficie y el subsuelo helados que persisten desde la Última Glaciación, hace 15.000 años, principalmente en zonas de Canadá, China, Siberia, Alaska y la Antártida.

El suelo y subsuelo están en alteración permanente: cualquier elemento que se ponga encima lo altera (un edificio, una carretera o una nevada). Para explicarme esto de modo gráfico, y aunque no era exactamente permafrost, Miguel Ramos evoca el avance de los tanques de Hitler sobre Moscú durante el crudo invierno 1941/42: en noviembre de 1941 la temperatura de la estepa descendió de modo inusual (el general von Bock anota en su diario -29º el 5 de noviembre), lo que congeló los caminos y permitió el avance rápido de las tropas. Cuando comenzó el deshielo, en la primavera de 1942, la retirada alemana fue penosa: las imágenes de la época muestran los tanques enterrados en el fango, al volverse el suelo blandito.

En las zonas del planeta donde queda permafrost desde la Última Glaciación, la capa superficial del suelo se congela y descongela como las carreteras a Moscú, y forma mosaicos de hexágonos u otros polígonos, cuya cartografía permite conocer los procesos dinámicos del permafrost. Pero, ¿para qué nos sirve su estudio?, pregunto a Ramos.

La pregunta nos llevó a Marte. Los investigadores han detectado que el patrón del permafrost terrestre se repite en Marte, lo que induce a pensar que en Marte hay roca helada y posiblemente agua, pero ¿dónde? Los geólogos y astrónomos trabajan con la hipótesis de que hace 4.000 millones de años la Tierra no tenía agua: era un planeta seco, de modo que el agua tuvo que venir de alguna parte del universo: durante mucho tiempo se pensó que procedía de algún cometa; el consenso científico admite hoy que el agua llegó a la Tierra a bordo de un asteroide como Ceres, una bola de hielo y agua de 900 kms. de diámetro: “Cuando tomes un vaso de agua, piensa que estás tomando zumo de asteroide”, asevera Susana Fernández, geóloga del proyecto Permasnow.

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Permafrost en la Antártida

Los permafrostólogos han conseguido datos microbiológicos a partir de testigos obtenidos a centenas de metros de profundidad. El cultivo de estos testigos ha permitido revivir vida microbiológica, en estado latente durante dos millones de años. Escribo otra vez la cifra en mi cuaderno de notas, delante de Miguel y Susana, para confirmar que he entendido bien el dato: 2.000.000 de años. Si hemos revivido bacterias latentes durante dos millones de años, «micro dinosaurios», podemos obtener mucha información sobre una vieja cuestión, solo bien resuelta en el Génesis, que ya inquietaba a los presocráticos, ¿cómo llegó la vida a la Tierra?

A Miguel Ramos se le iluminan los ojos cuando deja caer una hipótesis, entre las migas de galletas, sobre la mesa del comedor del Sarmiento de Gamboa: pudo ser que la vida llegara a la Tierra en forma de bacteria latente, a bordo de un trozo de permafrost, un asteroide. Zumo con bichos; y, como parte de los meteoritos que llegan a la Tierra proceden de Marte, bueno será estudiar el permafrost en Marte y en la Antártida. Para esto sirven las veinte cajas metálicas que viajaron con nosotros en el hangar: estudiar el origen de la vida en Marte desde la Antártida.

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En esta campaña, Miguel Ramos ha cedido el testigo como IP (Investigador Principal) a Miguel A. de Pablo, que ahora mismo está tomando muestras en uno de los lugares más delicados de las Shetland, la Península Byers, zona especialmente protegida. Los datos se integran desde 2016 en las redes CALM (Círculo Polar Activ Layer Monitoring) y TSP (Thermal State Permafrost), así como en la base de datos de la Organización Mundial de Meteorología. Es importante saber que la ciencia en 2017 no es una guerra de guerrillas, sino un trabajo de cooperación transnacional que, en el caso de la Antártida, da sentido a la afirmación de que tierra sin fronteras.

Para concluir, pido a Susana y Miguel que me avancen alguna conclusión. ¿Qué apuntan los datos?: “La capa que se descongela, en los últimos seis u ocho años, es cada vez más fina. La regla es sencilla: a más calor, más capa activa; a menos calor, menos capa de permafrost que se descongela. Si los datos de la última década registran una capa activa de permafrost cada vez más fina, es que ha recibido menos calor, luego estamos en un escenario de enfriamiento —“en esta zona”, recalca Ramos—, que no es incompatible con el calentamiento global en el conjunto del planeta”.

Eso es lo que ahora está en estudio: las causas de ese enfriamiento, pero en todo caso les atizo una conclusión que no será preciso corregir: no hagan caso de simplificaciones; el asunto del calentamiento global es complejo. Quizás por eso a Donald Trump le cuesta tanto entenderlo.

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