Personajes históricos visitan la mina de Almadén

Personajes históricos visitan la mina de Almadén (2)

Personajes históricos visitan la mina de Almadén (2)

(Continuación)

“Así lo hacemos, y llevados por el deseo de atisbar lo que se nos echa encima levantamos nuestra lámpara con una mano al par que con la otra nos quitamos de los ojos la luz. Transcurren treinta, cuarenta segundos… antes de que en la tiniebla infernal del túnel aparezca la mula que arrastra el convoy.

Es blanca, y su color, su vigoroso aleteo y el metálico rebullicio de los cascabeles de su collera, producen alegría. Nos sorprende que sus pupilas no brillen y que lleva ambas orejas tendidas hacia adelante, como si ellas, más que los ojos, la sirvieran para orientarse. Sudoroso, resoplante, tremando con el esfuerzo de todos sus músculos, el enardecido animal pasa ante nosotros, seguido de varias vagonetas llenas de cinabrio. Echado de cualquier manera sobre la última, un minero espantosamente tiznado y medio desnudo, desgrana una canción. Luego, rápidamente, el estrépito del convoy mengua, y parece sepultarse en la tierra; por momentos resuena más bajo, más hondo, hasta que se extingue. Es como si el abismo se lo hubiese tragado.

Seguimos adelante y alguien, que resbala y trompica cerca de nosotros, nos informa de que la mayoría de las mulas que habitan en la mina han perdido la vista. Las llevan arriba, a gozar del sol –dice- un rato, cada tres o cuatro o cinco meses. ¡Cuando se puede!… Eso depende del trabajo… Y así no es maravilla que, con la obscuridad, se queden ciegas. Pero no haya cuidado de que ninguna equivoque el camino ni tropiece, pues se saben estos vericuetos de memoria, y observándolas creyérase que llevan la vista en las orejas…”

“Entre tanto, procurábamos representarnos gráficamente el paraje en que estábamos; queríamos “situarnos”, y, tras prolijos tanteos, nos dijimos que aquella mina era como una casa de trece pisos, sepultada en la tierra; pero sepultada del revés, o sea con el tejado para abajo. Esto es; que el último piso -donde nos hallábamos- era, al mismo tiempo que el más alto, el más hondo de un edificio que tuviese sus cimientos al sol. Perforado y taladrado en todas direcciones, desde hace treinta siglos, por las manos codiciosas del hombre, aquel suelo, con sus centenares de galerías superpuestas -unas abandonadas, otras en explotación-, parodiaba una colmena que, en lugar de miel, destilase azogue; era algo poroso, artificial, hueco; y arriba, como sobre una esponja, Almadén, el pueblo blanco que convierte en pan su dolor.”

El rudo traginar de todos aquellos hombres, peleando a brazo partido con la tierra, es angustioso; por lo mismo queremos irnos; por lo mismo también -¡oh, turbias paradojas del sentimiento!- deseamos quedarnos. Quien no haya visitado una mina no comprenderá nunca la energía muscular, el valor y el espíritu de sacrificio que hacen falta para trabajar allí. De todos los oficios, ninguno tan agotador ni tan insalubre. Al pie del tajo, suspendidos unas veces sobre un precipicio de muchos metros, otras echados en el suelo, pues la altura de las catas es tan miserable que no les consiente sentarse; chorreando agua y sudor, absorbiendo a pleno pulmón -porque su misma fatiga les obliga a respirar fuerte- el aire cargado de azogue, con los huesos doloridos y las carnes arañadas, tundidas, por las cortantes aristas de las piedras sobre que se arrastran como vermes, los mineros viven, a la luz de sus lámparas, la más truculenta de las pesadillas. A lo que se añade el presentimiento de la catástrofe que les acecha desde la sombra, el miedo al blоque traidor que, de súbito, caiga y pueda matarles por aplastamiento o por asfixia. ¡Oh, la terrible muerte escondida, callada, inexorable, que no permite a la víctima luchar ni gritar, porque la tierra es, para sus presas, a la vez ligadura y mordaza!…”

“Emprendemos el regreso, contristado el ánimo, los ojos puestos en el pequeño círculo luminoso que la lámpara, que llevamos prendida a la cintura, recorta a nuestros pies. Ideas cristianas de rebeldía nos enardecen, nos sacuden. El dolor de nuestros hermanos nos ha traspasado, y sentimos ganar de llorar. Una mina es la materialización del infierno, y la que venimos de recorrer es la más peligrosa de todas, porque a la muerte rápida que en su antro espía a los mineros debe añadirse la no menos segura que éstos se llevan a sus hogares. EI mercurio no perdona al que turbó su paz. Sabe vengarse, y lo hace cruelmente “Yo destrozaré las entrañas -parece decir-de quien me arrancó de las entrañas de la tierra donde yo dormía”.

El mercurio es el enemigo, y sus procedimientos destructores son innumerables. Sus víctimas lo absorben por la piel y por la vía respiratoria, y una vez dentro de ellas las roe sin piedad. Para cada nuevo día, un nuevo dolor. Poco a poco las arruinará el paladar, las arrancará los dientes, las cubrirá el cuerpo de manchas infames, las dilatará los riñones, las debilitará el pulso y llenará su corazón de una sangre negra y fluida. Después las invadirá el cerebro, y los supliciados empezarán a temblar, sufrirán alucinaciones y perderán el habla. El mercurio no indulta…

Mujer: Cuando te observes en un espejo acuérdate del azogue que hay dentro de él… y te parecerá que la Muerte te mira…”

Eduardo Zamacois




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