¿Vale la pena Río+20?, por Rémi Parmentier

Vista aérea de una mancha de petróleo sobre las aguas del Rio Itinguçu (Brasil) por un vertido de la empresa Transpetro.

Como estoy de nuevo en Nueva York, en la ONU, para una semana adicional de negociaciones sobre la declaración final de Rio+20, pienso que es un buen momento para tratar la pregunta que todo el mundo se hace estos días mientras se acerca la Cumbre de la Tierra

Como estoy de nuevo en Nueva York, en la ONU, para una semana adicional de negociaciones sobre la declaración final de Rio+20, pienso que es un buen momento para tratar la pregunta que todo el mundo se hace estos días mientras se acerca la Cumbre de la Tierra: ¿Valen la pena tantos esfuerzos?

El ritmo lentísimo de las negociaciones es objeto de frustración y dolor a todos los niveles, desde el Secretario General de la ONU Ban Ki-moon, a antiguos personajes de Estado como Gro Harlem Brundtland y Fernando Henrique Cardoso, hasta ONG y organizaciones sindicales.   Frustración y fatiga son los sentimientos más comunes en todas las cumbres sobre sostenibilidad porque no es fácil reconciliar los tres pilares del desarrollo sostenible (económico, social y ambiental). Hay demasiados intereses creados en los 193 Estados que forman parte de la ONU, así como dentro de la nebulosa “sociedad civil”. Esta realidad tiende a arrastrar a todo el mundo hacia un denominador común de mínimos, e inevitablemente los que tenemos ambiciones más elevadas raras veces estamos contentos cuando volvemos a casa.

Si es así, ¿por qué casi todo el mundo vuelve y participa siempre que otra cumbre está anunciada? Porqué la ONU y la sociedad civil son tan adictas, como si estas cumbres fuesen su (nuestra) cocaína? Aquí apunto cinco razones que yo veo para explicar que tantas ONG siempre vuelvan.

1. Marcar la agenda: La realidad es que el origen de la mayor parte del progreso en política internacional de sostenibilidad y medio ambiente de las últimas décadas se encuentra en la iniciativa de grupos que promovieron nuevas políticas y medidas. Puedo recordar unos pocos ejemplos dónde la iniciativa vino directamente de un gobierno o de la ONU, pero son excepciones, e incluso en casos así, lo primero que hace el gobierno o la ONU es hablar de estrategia con ONG potencialmente aliadas como elemento clave de incidencia.

2. Control de daños: La política internacional no evoluciona en línea recta, va y viene bajo la influencia de factores que a menudo tienen poco o nada que ver con el tema tratado (cambios de mayoría parlamentaria y de liderazgo en países clave, crisis financiera o de otra índole acaparando atención y recursos en detrimento de temas sociales y ambientales…) o que son directamente relevantes (presión de sectores interesados, cambio de percepción del electorado…). Así que una de las funciones de las ONG es la de perro guardián; para llevar esta tarea a cabo uno tiene que estar presente para ver qué pasa, ayudar a los aliados, desestabilizar y neutralizar a los adversarios, y dar testimonio.  La red de instrumentos multilaterales de medio ambiente, constituida por una combinación de tratados y convenios jurídicamente vinculantes, planes de acción, y declaraciones políticas son como un campo de futbol; estamos llegando al final de la segunda mitad de juego, pero no sabemos si va a haber prorroga (o si podremos marcar por penaltis).

3. Escaparate: Para muchos actores no-estatales, una cumbre es también una oportunidad de dar visibilidad a su propia labor, aunque esto puede ser difícil con tanto ruido de fondo. Desde Río’92, el país huésped de grandes reuniones intergubernamentales procura espacios, a veces pabellones enteros, para que gobiernos y entidades privadas puedan presentar su trabajo y tener espacios de diálogo y debate bajo su responsabilidad.  Entidades que están a años luz unas de otras aprovechan estas oportunidades cada una a su manera y Río+20 no va a ser ninguna excepción con – por ejemplo – el Foro Corporativo de la Sostenibilidad por un lado y la Cumbre de los Pueblos por otro. Los medios de comunicación en busca de reportajes poco habituales y de imágenes, aprovechan estos foros, especialmente cuando las negociaciones políticas están en un impase en salas cerradas y hay poco de que informar o mostrar allí.

4. Reconocimiento y visibilidad: A algunas entidades privadas, incluidas algunas ONG, les importa poder decir a sus miembros que han sido parte de aquello, aunque no hayan realmente sido parte activa. Podéis apostar que los informes de Responsabilidad Social Corporativa para 2012 de muchas empresas dirán que estuvieron en Río aunque en algunos casos sea difícil decir si realmente han hecho algo (incluso algo que haya sido intentar frenar el progreso). Naturalmente, este fenómeno también ocurre con algunas ONG; por ejemplo algunas hacen hincapié en el hecho de tener estatuto consultivo en el Consejo Económico y Social de la ONU (como más de 3500 otras ONG) como si de un gran logro se tratase. La buena noticia es que a menudo cuando vienen por primera vez los representantes de ONG lo pillan rápido y se transforman en estrellas brillantes después (o incluso durante) su primera experiencia. Otra buena noticia: no todo en el sector privado es greenwashing (comunicación sin sustancia para lavar la cara): existe una nueva generación de emprendedores verdes que están cambiando en el terreno las pautas comerciales, de producción y de consumo; dentro de los que estuvieron ya en Río’92 y Johannesburgo 02 también los hay que han aprendido la lección de sus errores y merecen apoyo.

5. Reunión de familia: Una Cumbre de la Tierra se parece bastante a una gran reunión de familia y sus aspectos más triviales pueden ser irritantes. Así que lo importante es que haya tensión, intrigas, alianzas, separaciones y divorcios, gritos y lágrimas, y también risas y carcajadas. Como en las mejores familias.

Rémi Parmentier

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