Unidos en Río, por Rémi Parmentier

Remí Parmentier y Junichi en la 62 reunión de la Comisión Ballenera Internacional (CBI)

Como salgo para Río de Janeiro el lunes próximo, mucha gente me pregunta qué diferencias veo en el ambiente de la Cumbre de la Tierra original hace veinte años y la Cumbre Rio+20 de este mes.

Como salgo para Río de Janeiro el lunes próximo, mucha gente me pregunta qué diferencias veo en el ambiente de la Cumbre de la Tierra original hace veinte años y la Cumbre Rio+20 de este mes.

Creo que la diferencia fundamental es que mientras hace veinte años estábamos construyendo un edificio de varias plantas – los Convenios vinculantes de Río (sobre cambio climático, biodiversidad y desertificación), el Programa o Agenda 21 (la hoja de ruta acordada para el desarrollo sostenible), y la Declaración de Río con sus 27 Principios – ahora lo que estamos haciendo es apuntalar paredes para prevenir que el edificio se venga abajo. Los enemigos de las políticas sociales y ambientales son my listos, y malvados.

Después de la sesión final de consultas informales la semana pasada en Nueva York, de donde acabo de volver, quedan 259 párrafos que no han sido consensuados todavía en el borrador de la declaración Rio+20. Quedando tan sólo unos pocos días (y noches, seguramente) para negociar en Río, ¿Se puede decir que el proceso está en crisis? Esto parece si consideramos que han sido necesarios seis meses para llegar a acuerdos de consenso sobre los 70 párrafos restantes. Pero desde otra perspectiva, hay que celebrar que países con propuestas progresistas, por lo menos en algunas áreas, no hayan dado su brazo a torcer. Los procesos de la ONU se parecen demasiadas veces a carreras hacia el más mínimo denominador común, pero la gran cantidad de textos entre corchetes (los que todavía están siendo negociados) demuestra que no estamos abajo todavía, aunque lo que se considera “progresista” en el texto podría y debería ser mucho más ambicioso. Si no hubiese texto entre corchetes, no habría ni tensión, ni drama, y entonces no habría nada por hacer ni contar en Río. Dentro de los limites del texto de negociación, algún progreso o incluso unos hitos son todavía posibles sobre gobernanza ambiental global, la gobernanza y conservación de los océanos, la eliminación de las ayudas estatales (subsidios) dañinas social y ambientalmente, o sobre la adopción de indicadores de riqueza y bienestar “más allá del PIB”.

Ahora que las negociaciones se trasladan a Río, el gobierno de Brasil, país anfitrión, está tomando las riendas de las conversaciones. Se especula sobre si la Presidenta Dilma Rousseff (también ocupada por su controvertido Código Forestal) podría preparar una declaración distinta y más corta, relegando a un anexo lo que hemos estado discutiendo durante seis meses en Nueva York. Un documento corto puede ser bueno, siempre y cuando no este vacío de sustancia.

Lo que está claro es que el ambiente en Río va a ser muy distinto al de Nueva York. Los diplomáticos destinados en Nueva York son muy buenos para defender y mantener las posiciones de sus respectivos países, pero raras veces tienen un mandato para actuar con la flexibilidad que se requiere en una negociación. Solo los políticos que estarán en Río pueden ejercer esta flexibilidad. Así, espero que los políticos (ministros, miembros de gabinetes ministeriales y de las presidencias de gobiernos, parlamentarios, etc.) lleguen suficientemente temprano la semana que viene para cambiar la dinámica y el estilo de las negociaciones. Y que oigan a sus pueblos en las calles, en sus respectivas capitales y en Río: Esta es una conferencia de las Naciones Unidas, no de los Gobiernos Unidos, y las naciones somos todos los ciudadanos.

Rémi Parmentier

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