Frenar el cambio climático para preservar el agua. Por (*) Antonio Espinosa de los Monteros

Una de las principales leyes de la física es el Principio de Acción y Reacción. Newton la formuló haciendo referencia a que, cuando se aplica una fuerza sobre un cuerpo, este responde con una fuerza de igual intensidad, pero de sentido contrario. Es posible que este principio se aplique fuera de la física en otros contextos, cuando hablamos de la relación entre causa y efecto. En el ámbito de la sostenibilidad, la teoría mayoritaria es la de que la acción del ser humano a lo largo de los últimos siglos ha provocado reacciones adversas en el planeta que ahora estamos padeciendo, siendo una de las más graves el calentamiento global de la Tierra. Y este aumento de la temperatura del planeta es la causa de que se haya producido el cambio climático, que a su vez tiene numerosos y preocupantes efectos secundarios. 

Cada año, el 17 de junio se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, una fecha que pretende llamar la atención sobre estos dos fenómenos directamente relacionados con el cambio climático, y concienciar a la población sobre el riesgo real que padece nuestro mundo de convertirse en un desierto y quedarse sin suficiente agua para cubrir nuestras necesidades básicas.

Efectos del calentamiento global 

Nos encontramos a las puertas de iniciar oficialmente el verano, aunque en realidad calor veraniego lleva ya un tiempo con nosotros.

Los meteorólogos pronostican que el trimestre de junio a agosto será este año más cálido de lo habitual, con temperaturas que pueden ser hasta 2° C superiores a la media en algunas zonas, y que el volumen de precipitaciones estará por debajo de lo habitual.

Esto puede suponer que algunas comunidades autónomas, sobre todo del centro y sur del país, puedan verse afectadas por episodios de sequía.

Si nos fijamos en el estado de los embalses en este momento, vemos que se encuentran al 58% de su capacidad, frente al 65% de la misma semana de 2020 y al 71% registrado de media en esa semana durante los últimos diez años.

En lo que respecta a los ríos, según Greenpeace siete de las diez cuencas hidrográficas con sequía crónica de toda Europa se encuentran en España.

Y si hablamos de desertificación, algunos expertos aseguran que dos terceras partes del territorio español pueden ya considerarse zonas áridas o semiáridas, y que tres cuartas partes del país tienen un riesgo real de convertirse en desierto a lo largo de este siglo.

Es decir, los efectos del cambio climático ya están aquí, aunque a veces nos empeñemos en pasar de forma superficial por encima de un problema que, tarde o temprano, llegará a afectarnos mucho más de lo que queremos asumir.

La desertificación no solo se produce a causa de las variaciones climáticas, sino también de las actividades humanas, como pueden ser la sobreexplotación de los recursos hídricos o la agricultura intensiva.

Por ello, para retardar el proceso de desertificación es necesario promover tanto acciones que consigan frenar el cambio climático (principalmente aquellas destinadas a reducir las emisiones de CO2 para cumplir el compromiso de alcanzar la huella de carbono cero en 2050) como medidas gubernamentales para una gestión adecuada del medio rural, de los modelos agrícolas y de las políticas hidráulicas.

Pero más allá de las normativas impuestas por los gobiernos y los compromisos adquiridos por empresas y organizaciones, una parte esencial para lograr este reto reside en los propios ciudadanos. Empezando por el uso del agua.

El privilegio del agua 

La OMS considera que cada persona necesita un mínimo de 50 litros de agua al día para mantener un nivel adecuado de salud e higiene y atender las necesidades domésticas.

Sin embargo, cada español gasta diariamente una media de 132 litros de agua, según datos del INE.

Tener toda el agua que queramos simplemente con abrir el grifo es un privilegio del que a veces no somos del todo conscientes.

Además, los recursos hídricos son finitos, por lo que nadie nos garantiza que este privilegio nos vaya a durar toda la vida, y menos con las previsiones ya comentadas.

Cuanto más responsables seamos con el consumo del agua (y todos sabemos qué pequeños gestos podemos incorporar a nuestro día a día para conseguirlo), mayores probabilidades tendremos de seguir disfrutando de ella durante muchas décadas más.

Algunos países no tienen la misma suerte.

En la República del Chad, por ejemplo, solo el 32% de la población tiene acceso a agua potable, y apenas un 3% dispone de servicios básicos de saneamiento.

En un 40% de las zonas rurales (en las que vive el 78% de la población) las mujeres emplean cada día al menos 30 minutos en ir a buscar agua potable para sus familias.

La ONG Alboan, con la que colaboramos en el territorio para contribuir a mejorar las condiciones de vida de estas comunidades, asegura que las malas condiciones de higiene y la falta de acceso al agua y al saneamiento causan diarrea e infecciones intestinales que se llevan unas 19.000 vidas cada año.

Impensable para nosotros una vida así… Pero sí puede ser mucho peor que la que ahora tenemos si no nos tomamos en serio nuestra contribución al gran reto global de frenar el cambio climático.

Pasemos a la acción. Es urgente.

 

(*) Antonio Espinosa de los Monteros es director ejecutivo de Auara, una empresa social que dedica el 100% de sus dividendos a proveer de acceso a agua potable a países que carecen de ella, a través de la instalación de pozos y tanques de recogida de agua de lluvia.

 

 

 

Creadores de Opinión Verde #CDO es un blog colectivo coordinado por Arturo Larena, director de EFEverde 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde

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