No hay balance entre el medioambiente y la economía durante una crisis climática. Por(*) Andrew Holness, primer ministro de Jamaica

No hay balance entre el medioambiente y la economía durante una crisis climática. Por(*) Andrew Holness, primer ministro de Jamaica

No hay balance entre el medioambiente y la economía durante una crisis climática. Por(*) Andrew Holness, primer ministro de Jamaica

Reconocida como uno de los mejores destinos para vacacionar del mundo, la isla de arrecifes de coral de Jamaica está experimentando cifras nunca antes vistas de turistas en el presente año. Sin embargo, los problemas se están gestando debajo nuestras aguas transparentes.

En septiembre, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) advirtió al mundo que el océano está en peligro. Desde la contaminación al plástico, las presiones devastadoras que ejercemos sobre él están haciendo que su salud empeore gravemente. Es más, a medida que la crisis climática toma el control, el océano se está volviendo más caluroso, más alto y más ácido. Según lo estimado por el IPCC, los impactos en la salud del océano costarán a la economía mundial US$428 mil millones para el año 2050 y US$1,979 billones para el año 2100.

Para los países en desarrollo y los pequeños estados insulares como Jamaica, esta noticia significa desastre. Aquí, la crisis climática no es un tema académico, es nuestra realidad diaria. Ya sea que los impactos sean bruscos, como los huracanes que hemos presenciado recientemente en Bahamas y Dominica, o sean reducciones persistentes y debilitantes a nuestro medioambiente natural, la crisis climática tiene efectos a largo plazo. No sólo nos hace físicamente vulnerables, sino que también nos hace fiscalmente vulnerables.

En respuesta a estas advertencias funestas, el Panel de Alto Nivel para una Economía Oceánica Sustentable, un grupo de 14 jefes de gobierno, del cual estoy orgulloso de ser miembro, encargó a su Grupo de Expertos producir un análisis para revelar los impactos, país por país, de la crisis climática sobre tres de las industrias más grandes que se basan en el océano: turismo en arrecifes de coral, pesca de captura salvaje y acuicultura marina. Este análisis proporciona una base de evidencias para que los países evalúen cuánto pueden resistir ganar o perder debido a la crisis climática, para que así decidan la mejor manera de responder.

La evidencia publicada hoy, cuando los líderes mundiales se reúnen en la Conferencia sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (COP25) en Madrid, es contundente. El análisis concluye que la crisis climática tendrá impactos graves y de amplio espectro sobre el océano y la economía oceánica. A pesar de que la gravedad varía significativamente según los países y los escenarios climáticos, los más afectados serán los países tropicales en desarrollo, como Jamaica, que han contribuido menos a la crisis climática, pero, en virtud de nuestra geografía, están entre los más vulnerables a sus impactos y entre los menos capaces de adaptarse.

Los arrecifes de coral y la industria turística asociada, que vale $35.8 mil millones globalmente cada año, se verán duramente afectados. Si no se frena, la crisis climática podrá disminuir los valores del turismo en arrecifes en un promedio de 96 por ciento para Jamaica, para el año 2100, debido al sobrecalentamiento oceánico y a la acidificación. Incluso si los países desarrollados toman medidas climáticas más duras para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, aún se espera que la industria del turismo en arrecifes de coral sufra pérdidas económicas de hasta el 66 por ciento.

El análisis revela la extensión a la cual los peces migrarán hacia aguas más frías a medida que el océano se calienta y se va haciendo más ácido en los futuros escenarios climáticos. Si es que no se frena la crisis climática, para Jamaica esta migración significa que estamos destinados a perder hasta un 45,7 por ciento de nuestra población de peces para el año 2100.

Los pequeños estados insulares como el nuestro, dependen de un océano sano para su sustento y no se pueden dar el lujo de enfrentar impactos climáticos como estos. Las pérdidas como estas destruirían nuestra economía, dado que casi un cuarto de ella se basa en el turismo. Además, devastarían nuestras comunidades costeras, las cuales se basan en los peces como fuente de proteína y de trabajos. No sólo sufriría nuestra población, sino que inevitablemente habría conflictos sobre las fronteras de la pesca y las poblaciones de peces, a menos que la comunidad mundial trabaje en conjunto para cambiar dramáticamente la manera en que gestionamos nuestros recursos marinos.

Este nuevo análisis plantea una de las preguntas más importantes de nuestra generación: ¿Cómo sustentamos nuestro medioambiente mientras sustentamos nuestras economías? Y al entregar un grupo de recomendaciones, aborda de alguna manera este tema. Está claro que todos debemos reducir el impacto que nuestras actividades tienen sobre el océano, desde la contaminación y sobrepesca, hasta el desarrollo y extracción de recursos. Sin embargo, crucialmente, el liderazgo de los países desarrollados es vital para realizar esas reducciones a las emisiones de gases de efecto invernadero para evitar que la salud del océano empeore, por el bien de todos nosotros. Si estas reducciones se logran, podrían funcionar los acuerdos internacionales que tienen un planteamiento tangencial a las medidas climáticas y a la gestión adaptativa de la pesca.

Podemos evitar las pérdidas más sustanciales y garantizar una economía oceánica sostenible en el futuro; sin embargo, las decisiones en cuanto a políticas deben estar guiadas por los principios de justicia y los resultados equitativos deben estar en el corazón de todos los procesos de adaptación. En este caso, debemos asegurar que la pesca siga siendo justa a medida que las especies disminuyan o cambien de aguas. Esto ayudaría a garantizar la seguridad alimentaria de miles de millones de personas alrededor del mundo, quienes dependen del pescado como fuente de proteínas, y contribuiría a nuestra ambición común de tener un futuro más próspero y equitativo.

Aquí en Jamaica, donde el océano y el hombre se entrelazan, sabemos que la salud y la riqueza del océano van de la mano. Creo firmemente que no puede haber balance entre medioambiente y economía ya que, a largo plazo, lo que es bueno para el medioambiente, es bueno para la economía. Sin embargo, también he sido testigo del poder que tiene el océano para repararse por sí mismo, dada la oportunidad. Golpeadas por desastres naturales y por desastres causados por el hombre durante las décadas de los 80 y los 90, nuestras poblaciones de peces, arrecifes e industria del turismo están comenzando a recuperarse.

Creo que hay esperanza. Podemos evitar una crisis económica inminente si es que tomamos medidas rápidas y ambiciosas para frenar la crisis climática y un planteamiento cooperativo y equitativo para manejar sus impactos. Sin embargo, finalmente, para sobrevivir a estos tiempos de desafíos, debemos cambiar fundamentalmente nuestra relación con el océano para que se pueda recuperar.

Prime Minister of Jamaica, Andrew Holness

No trade-off between the environment and the economy in a changing climate

Acclaimed as one of the world’s best holiday destinations, the coral reef island of Jamaica is experiencing record numbers of tourists this year. Yet beneath our clear waters, trouble is brewing.

Tras la tenmpestad, viene la calma. un pescador saca su barca a pescar después del paso en agosto de 2008 de la tormenta tropical Gustav.

Un pescador saca su barca a pescar después del paso en agosto de 2008 de la tormenta tropical Gustav. EFE/Alejandro Ernesto

In September, the Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) warned the world that the ocean is in peril. From pollution to plastic, the devastating pressures we exert on it is pushing its health into serious decline. What is more, as climate change takes grip, it is becoming increasingly hotter, higher and more acidic. The impacts on ocean health, the IPCC estimate, will cost the annual global economy $428 billion by 2050 and $1.979 trillion by 2100.

For developing countries and small island states like Jamaica, this news spells disaster. Here, climate change is not an academic issue, it is our daily reality. Whether the impacts are sharp shocks, like the hurricanes we have witnessed recently in the Bahamas and Dominica, or persistent and debilitating declines to our natural environment, climate change has long-term effects. It not only makes us physically vulnerable but also fiscally vulnerable.

In response to these dire warnings, the High Level Panel for a Sustainable Ocean Economy, a group of 14 heads of government of which I am proud to be a member, commissioned its Expert Group to produce an analysis to reveal the country-by-country impacts of climate change on three of the largest ocean-based industries – coral reef tourism, wild capture fisheries and marine aquaculture. This analysis provides an evidence base for countries to assess what they stand to gain or lose due to climate change so that they can grasp how best to respond.

Published today, as world leaders gather at the U.N. climate change conference (COP25) in Madrid, the evidence is sobering. It concludes that climate change will have wide-ranging and severe impacts on the ocean and ocean-based economy. While the severity varies significantly across countries and climate scenarios, worst impacted will be tropical developing countries, like Jamaica, that have contributed least to climate change yet, by virtue of our geography, are among the most vulnerable to its impacts – and among the least able to adapt.

Coral reefs, and the associated tourism industry – worth US$35.8 billion globally every year – will be severely hit. If unabated, climate change could reduce on-reef tourism values by on average 96 percent for Jamaica by 2100 due to ocean warming and acidification. Even if tougher climate action is taken by developed countries to cut greenhouse gas emissions, the coral reef tourism industry is still expected to suffer economic losses of up to 66 percent.

The analysis reveals the extent to which fish will migrate to cooler waters as the ocean warms and becomes more acidic under future climate scenarios. For Jamaica, this migration means we are set to lose as much as 45.7 percent of our fish stocks by 2100 if climate change is unabated.

Small island states, like ours, depend on a healthy ocean for our livelihoods and we can ill-afford climate impacts like these. Losses like this would devastate our economy, given that almost a quarter of it is built on tourism. They would also ravage our coastal communities, which rely on fish for protein and jobs. Not only would our population suffer but there will inevitably be conflicts over fishing boundaries and stocks unless the global community works together to dramatically change how we manage our marine resources.

The new analysis raises one of the most important questions of our generation. How do we sustain our environment while also sustaining our economies? By providing a set of recommendations, it goes some way towards addressing this. It is clear that we need everyone to reduce the impact that our activities have on the ocean – from pollution and overfishing, through to development and resource extraction. Yet, crucially, leadership by developed countries is vital in making substantial cuts to greenhouse gas emissions to prevent further declines in ocean health, for all our sakes. If these cuts are achieved, international agreements that take a tangential approach to climate action and adaptive fisheries management, could work.

We can avoid the most substantial losses and secure a sustainable ocean economy into the future, yet principles of fairness must drive policy decisions and equitable outcomes must lie at the heart of all adaptation efforts. In this case, we must ensure that fisheries remain fair as species decline or shift in and out of new waters. This would go a long way towards helping secure the food security of billions of people around the world who rely on fish for protein, and it would contribute towards our common ambition of a more prosperous and equitable future.

Here in Jamaica, where the ocean and humanity are intertwined, we know that ocean health and ocean wealth go hand in hand. I firmly believe there can be no trade-off between the environment and the economy – for in the long term, what is good for the environment is good for the economy. Yet I have also witnessed the power of the ocean to repair herself, given the chance. Hit by natural and manmade disasters in the 1980s and 1990s, our fish stocks, reefs, and tourism industry are starting to recover.

I believe there is hope. We can avert an impending economic crisis if we take rapid and ambitious action to curb climate change and a cooperative and equitable approach to managing its impacts. Yet, ultimately, to survive these challenging times, we must fundamentally change our relationship with the ocean so that she can recover.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde

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