Neutralidad en carbono para 2050: la misión mundial más urgente. Por (*) Antonio Guterres

Antonio Guterres.- Mientras el mundo celebra el quinto aniversario de la aprobación del histórico Acuerdo de París sobre el cambio climático, se está forjando un prometedor movimiento en pro de la neutralidad en carbono. Para el próximo mes, países que representan más del 65 % de los gases de efecto invernadero nocivos y más del 70 % de la economía mundial se habrán comprometido a alcanzar emisiones netas cero para mediados del siglo.

Al mismo tiempo, los principales indicadores climáticos están empeorando. Aunque la pandemia de COVID-19 ha reducido temporalmente las emisiones, los niveles de dióxido de carbono siguen alcanzando niveles máximos récord y van en aumento. El último decenio fue el más cálido jamás registrado; el hielo marino del Ártico en octubre llegó al nivel más bajo de su historia, y apocalípticos incendios, inundaciones, sequías y tormentas son cada vez más habituales. La biodiversidad se está colapsando, los desiertos se están extendiendo y los océanos están calentándose y atragantándose con residuos plásticos. La ciencia nos dice que, a menos que reduzcamos la producción de combustible fósil en un 6 % cada año de aquí a 2030, las cosas empeorarán. En cambio, el mundo se encamina hacia un aumento anual del 2 %.

La recuperación de la pandemia nos da una oportunidad inesperada pero vital para atacar el cambio climático, arreglar nuestro medio ambiente mundial, rediseñar las economías y reimaginar nuestro futuro. Esto es lo que debemos hacer:

En primer lugar, debemos construir una verdadera coalición mundial en pro de la neutralidad en carbono para 2050.

La Unión Europea se ha comprometido a hacerlo, al igual que el Reino Unido, el Japón, la República de Corea y más de 110 países. También el gobierno entrante de los Estados Unidos. China se ha comprometido a alcanzar ese objetivo antes de 2060.

Cada país, ciudad, institución financiera y empresa debe adoptar planes para efectuar la transición a emisiones netas cero, y actuar ahora mismo para encaminarse hacia el logro de ese objetivo, lo cual implica reducir las emisiones mundiales para 2030 en un 45 % respecto de los niveles de 2010. En preparación de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima que se celebrará el próximo noviembre en Glasgow, los Gobiernos están obligados en virtud del Acuerdo de París a fijar metas más ambiciosas cada cinco años y presentar compromisos reforzados, conocidos como contribuciones determinadas a nivel nacional, y esas contribuciones deben demostrar una verdadera ambición de alcanzar la neutralidad en carbono.

La tecnología juega a nuestro favor. Hoy en día cuesta más hacer funcionar la mayoría de las centrales eléctricas de carbón que construir nuevas centrales de energías renovables desde cero. El análisis económico confirma que ese es el rumbo acertado. Según la Organización Internacional del Trabajo, pese a las inevitables pérdidas de puestos de trabajo, la transición a la energía limpia redundará en la creación neta de 18 millones de puestos de trabajo para 2030. Ahora bien, debemos reconocer los costos humanos de la descarbonización, y ayudar a la fuerza de trabajo con protección social, y dotándola de nuevas y mejores competencias para que la transición sea justa.

En segundo lugar, debemos alinear las finanzas mundiales con el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el plan mundial para un futuro mejor.

Es hora de fijar un precio al carbono; poner fin a los subsidios a los combustibles fósiles y a su financiación; dejar de construir nuevas centrales eléctricas de carbón; trasladar la carga fiscal de los ingresos al carbono, y de los contribuyentes a los contaminadores; hacer obligatoria la divulgación de los riesgos financieros relacionados con el clima; e integrar el objetivo de la neutralidad en carbono en todas las decisiones económicas y fiscales. Los bancos deben alinear sus préstamos con el objetivo de emisiones netas cero, y los propietarios y gestores de activos deben descarbonizar sus carteras.

En tercer lugar, debemos lograr un avance decisivo en materia de adaptación y resiliencia para ayudar a quienes ya se enfrentan a los graves efectos del cambio climático.

La ayuda que prestamos hoy no es suficiente: la adaptación representa apenas el 20 % de la financiación para el clima. Ello dificulta nuestros esfuerzos para reducir el riesgo de desastres. Tampoco es inteligente: cada dólar invertido en medidas de adaptación podría producir casi 4 dólares en beneficios. La adaptación y la resiliencia revisten especial urgencia en los pequeños Estados insulares en desarrollo, para los cuales el cambio climático es una amenaza existencial.

El próximo año nos ofrece muchísimas oportunidades para hacer frente a nuestras emergencias planetarias, a través de las grandes conferencias de las Naciones Unidas y otras iniciativas en los ámbitos de la biodiversidad, los océanos, el transporte, la energía, las ciudades y los sistemas alimentarios. La propia naturaleza es uno de nuestros mejores aliados: las soluciones basadas en la naturaleza podrían aportar un tercio de las reducciones netas de las emisiones de gases de efecto invernadero necesarias para cumplir los objetivos del Acuerdo de París. El conocimiento indígena puede ayudar a indicar el rumbo. Y mientras la humanidad concibe estrategias para preservar el medio ambiente y construir una economía verde, necesitamos más mujeres que tomen decisiones en las mesas de negociación.

La COVID y el clima nos han llevado a un umbral. No podemos volver a la desigual y frágil normalidad de antes; en cambio, debemos avanzar hacia un camino más seguro y sostenible. Es una prueba compleja en lo normativo y urgente en lo moral. Como las decisiones de hoy marcarán el rumbo de las próximas décadas, debemos hacer que la recuperación de la pandemia y la acción climática sean las dos caras de la misma moneda.

(*) Antonio Guterres es Secretario General de Naciones Unidas

Esta tribuna se publica simultáneamente en varios medios, entre ellos @cdoverde de @efeverde.

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CARBON NEUTRALITY BY 2050: THE WORLD’S MOST URGENT MISSION

Op-ed article by UN Secretary-General António Guterres

As the world marks the fifth anniversary of the adoption of the landmark Paris Agreement on climate change, a promising movement for carbon neutrality is taking shape.  By next month, countries representing more than 65 per cent of harmful greenhouse gasses and more than 70 per cent of the world economy will have committed to achieve net zero emissions by the middle of the century.

At the same time, the main climate indicators are worsening.  While the Covid-19 pandemic has temporarily reduced emissions, carbon dioxide levels are still at record highs – and rising.  The past decade was the hottest on record; Arctic sea ice in October was the lowest ever, and apocalyptic fires, floods, droughts and storms are increasingly the new normal.  Biodiversity is collapsing, deserts are spreading, oceans are warming and choking with plastic waste.  Science tells us that unless we cut fossil fuel production by 6 per cent every year between now and 2030, things will get worse.  Instead, the word is on track for a 2 per cent annual rise.

Pandemic recovery gives us an unexpected yet vital opportunity to attack climate change, fix our global environment, re-engineer economies and re-imagine our future.  Here is what we must do:

First, we need build a truly global coalition for carbon neutrality by 2050.

The European Union has committed to do so. The United Kingdom, Japan, the Republic of Korea and more than 110 countries have done the same.  So, too, has the incoming United States administration.  China has pledged to get there before 2060.

Every country, city, financial institution and company should adopt plans for net zero — and act now to get on the right path to that goal, which means cutting global emissions by 45 per cent by 2030 compared with 2010 levels.  In advance of next November’s UN Climate Conference in Glasgow, Governments are obligated by the Paris Agreement to be ever more ambitious every five years and submit strengthened commitments known as Nationally Determined Contributions, and these NDCs must show true ambition for carbon neutrality.

Technology is on our side.  It costs more to simply run most of today’s coal plants than it does to build new renewable plants from scratch.  Economic analysis confirms the wisdom of this path.  According to the International Labour Organization, despite inevitable job losses, the clean energy transition will create 18 million net new jobs by 2030.  But we must recognize the human costs of decarbonization, and support workers with social protection, re-skilling and up-skilling so that the transition is just.

Second, we need to align global finance with the Paris Agreement and the Sustainable Development Goals, the world’s blueprint for a better future.

It is time to put a price on carbon; end fossil fuel subsidies and finance; stop building new coal power plants; shift the tax burden from income to carbon, from taxpayers to polluters; make climate-related financial risk disclosures mandatory; and integrate the goal of carbon neutrality into all economic and fiscal decision-making.  Banks must align their lending with the net zero objective, and asset owners and managers must decarbonize their portfolios.

Third, we must secure a breakthrough on adaptation and resilience to help those already facing dire impacts of climate change.

That’s not happening enough today: adaptation represents only 20 per cent of climate finance.  This hinders our efforts to reduce disaster risk.  It also isn’t smart; every $1 invested in adaptation measures could yield almost $4 in benefits.  Adaptation and resilience are especially urgent for small island developing states, for which climate change is an existential threat.

Next year gives us a wealth of opportunities to address our planetary emergencies, through major United Nations conferences and other efforts on biodiversity, oceans, transport, energy, cities and food systems.  One of our best allies is nature itself: nature-based solutions could provide one-third of the net reductions in greenhouse gas emissions required to meet the goals of the Paris Agreement.  Indigenous knowledge can help to point the way.  And as humankind devises strategies for preserving the environment and building a green economy, we need more women decision-makers at the table.

COVID and climate have brought us to a threshold.  We cannot go back to the old normal of inequality and fragility; instead we must step towards a safer, more sustainable path.  This is a complex policy test and an urgent moral test.  With decisions today setting our course for decades to come, we must make pandemic recovery and climate action two sides of the same coin.

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