La cumbre de la biodiversidad humana. Por (*) Gustavo Catalán

La cumbre de la biodiversidad humana. Por (*) Gustavo Catalán

La cumbre de la biodiversidad humana. Por (*) Gustavo Catalán

Gustavo Catalán Deus.- Una de las singularidades más atractivas de las cumbres de Clima es la gran variedad de especímenes humanos. Los hay de todas las razas, colores, vestimentas y peinados. Es una Arca de Noé humana. Sólo hay algo que les da uniformidad: todos cargan con una bolsa donde se supone que viaja el portátil, esa máquina infernal e imprescindible para estar conectados, leer y escribir informes y reportar los avances (y retrocesos) del circo climático anual.

Los pasillos son un espectáculo de realidad aumentada del siglo XXI. Casi todos van rápido. De un lugar a otro. Acelerados a las reuniones, a despachar con los colegas o a tomar un refrigerio. Por cierto, a la una de la tarde ya están todos tomando lunch y cuando llegan los españoles apenas quedan existencias. La cosa de tener otros horarios marca también la agenda diaria de esta COP25. Desde las 8,30 están en funcionamiento y a eso de la 18,00 empieza a remitir la afluencia. Muy distinto a lo ocurre aquí.

Volviendo a los gigantescos pasillos del IFEMA, que se ha convertido en el mejor y más suntuoso espacio que he podido ver en la decena de cumbres que he asistido, es donde está la chicha del acontecimiento. Y donde uno se puede encontrar cara a cara con Ursula von Der Layen, Harrison Ford, Greta Thumber, Pedro Sánchez o un amigo de otras ocasiones que te comenta las novedades o te da un chivatazo sobre lo que se cuece en las múltiples reuniones secretas que se llevan a cabo tras las mamparas.

Uno de mis informantes de “pasillo” me pasó bajo cuerda el documento base que están discutiendo las 196 partes de este convenio de la ONU.  Su punto 24 dice: “Pide una mayor implementación y ambición de manera equilibrada con respecto a la mitigación, la adaptación y los medios de implementación”. Todo un compendio de palabras huecas, deseos vacuos y mantras ininteligibles para el común de los mortales.

Esto de la diplomacia climática empieza a oler. Porque si 48 horas antes de finalizar la Cumbre están discutiendo eso, poco se puede esperar. Menos mal que hay otros puntos algo más concretos. Pero a todo el documento le faltan cifras, fechas y objetivos. Sólo hay uno para marzo de 2020: que las partes interesadas deben presentar ese fin de mes sus puntos de vista sobre el papel de los océanos en la mitigación del cambio climático. Un objetivo muy simple, aunque imprescindible.

No quiero cargar las tintas contra la COP25, porque en otras cumbres al final se concretaron muchos temas. Pero desde la Cumbre de Copenhage esto va de mal en peor. Si allí detuvieron y encarcelaron al director de Greenpeace España, Juan López de Uralde, y Obama dio la espantada por respuesta, en París fue casi peor. Ni un sólo objetivo antes de cinco años, tras los cuales se concretarían la reducción de emisiones de todos. Esa fecha llega el año que viene en Glasgow. Así que no hay prisa.

Menos mal que la UE ya ha anunciado sus objetivos y su agenda. Cero emisiones para 2050. Y cientos de miles de millones para financiar los muchos pasos a dar. Una vez más se pide que las finanzas privadas acudan a esa transición ecológica, de la que todos hablan, pero que necesita más concreción. Una vez más en los pasillos me dieron un golpe de optimismo: “Hay billones de dólares esperando que surja la oportunidad de inversiones con futuro. Y esta es casi la única”, me dijeron. Financiar las energías renovables que logren reducir las emisiones de efecto invernadero, puede ser el negocio del siglo XXI, como el carbón lo fue en el XIX.

Entre pasillos, deseos, optimismo y una dosis de buena voluntad dejo la biodiversidad humana de la COP25. Confío que logren avanzar, aunque no sea tanto como para sellar un hipotético Acuerdo de Madrid, algo a lo que ya se ha apuntado el alcalde Almeida, con mucha más voluntad que con gracia.

*Gustavo Catalán es periodista ambiental




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