Haití, once años después del terremoto de 2010. La historia se repite… Por (*)  Maria Belén Benito Oterino

Rescatistas trabajan en labores de búsqueda y rescate de víctimas y/o sobrevivientes del terremoto que sacudió al país el sábado 14 de agosto de 2021. EFE/ Orlando Barría

El sábado 14 de agosto de 2021, once años y medio después del terremoto que destruyó Puerto Príncipe en 2010, la Tierra volvió a temblar en Haití. Esta vez el terremoto tuvo una magnitud de 7.2 y el epicentro se localizó a 12 km de distancia de la localidad de Saint-Louis du Sud, al suroeste del país. Todavía no se conoce el número total de víctimas mortales de este terremoto, aunque se habla de más de 2000, por lo que ya podemos afirmar que ha sido, nuevamente, una catástrofe.

Mi visión de una realidad que conozco a través de proyectos de cooperación.

El terremoto de 2010, de magnitud 7.1, dejó más de 300.000 víctimas mortales y millones de personas sin hogar. Un numero exageradamente elevado para un terremoto de esa magnitud. Está por ver cuantas victimas deja este nuevo terremoto, pero es probable que sean del orden de varios miles, nuevamente un número desorbitado para la magnitud del sismo registrado.

¿Por qué sucede esto en Haití? ¿Es solo debido a la pobreza del país o a la corrupción de sus instituciones? Este artículo pretende dar algunas claves para explicar la razón de tanta destrucción, así como hacer algunas reflexiones sobre cómo podría evitarse, si la comunidad internacional se implicara y se adoptaran medidas solidarias y efectivas en la mitigación del riesgo sísmico al que está expuesto uno de los países más pobres del planeta.

La explicación de la catástrofe tiene dos componentes: una meramente física – la tierra ha temblado- y otra básicamente social – la alta vulnerabilidad de las edificaciones y la falta de preparación del país para afrontar el fenómeno sísmico-. La primera de estas componentes no se puede controlar, no podemos evitar los terremotos y hoy por hoy tampoco podemos predecirlos a corto plazo. Pero la segunda componente, la vulnerabilidad estructural y social, si se puede reducir y es ahí donde la acción humanitaria puede intervenir y donde todos los países, especialmente los más desarrollados, podemos contribuir a la reducción del riesgo sísmico de Haití. No es cuestión solo de compadecernos cada vez que vemos las terribles imágenes que nos trasmiten los medios de comunicación; es cuestión de implicarse de forma efectiva en el desarrollo de políticas de mitigación del elevado riesgo sísmico existente en esta región del Caribe.

El riesgo es el producto de la amenaza por la vulnerabilidad y por la exposición. La amenaza es la probabilidad de que ocurran movimientos de cierta intensidad, que en Haití es alta, debido a su ubicación en un entorno tectónico complejo, enmarcado en el límite de placas Norte America- Caribe. Cabe esperar que movimientos como el de 2010 y ahora el de 2021 se repitan con cierta frecuencia, de decenas de años, y esta amenaza no se puede reducir, es inherente al fenómeno sísmico. La Tierra seguirá temblando en Haití… Dicho esto, también hay que decir que muchos países, especialmente los situados en el cinturón de fuego del Pacífico, están expuestos a una amenaza aún mayor, con terremotos hasta de magnitud 9, que no han resultado tan letales. Obviamente son países como Chile o Japón, con políticas preventivas muy desarrolladas, donde esos megaterremotos reportan daños muy inferiores a los de los terremotos de Haití, demostrando precisamente la eficacia de estas políticas. Pero sin llegar al grado de desarrollo de Chile o Japón, en cualquier país de Centroamérica y Sudamérica, o en la misma Republica Dominicana, un terremoto de magnitud 7 dista mucho de generar el grado de destrucción que estamos observando en Haití.

Al contrario que en el caso de la amenaza, la vulnerabilidad SI se puede reducir, con un adecuado diseño sismorresistente de las edificaciones, adaptado justamente al nivel de amenaza de cada país. Esta es, hoy por hoy, la mejor medida preventiva para evitar el daño y por ello la mayor

parte de los países en zonas de riesgo sísmico disponen de normativas sismorresistentes, obligando a diseñar las edificaciones para que resistan los movimientos esperados en su tiempo de vida útil. Haití no disponía de normativa cuando ocurrió el terremoto de 2010, y prueba de ello es que cayó hasta el palacio presidencial. A día de hoy, continúa sin aplicarse normativa alguna.

Medidas preventivas

Cabe preguntarse, ¿Por qué en los once años transcurridos desde el terremoto de 2010, el país ha avanzado tan poco en preparase para el fenómeno sísmico y en definir medidas preventivas?

¿No hubo entonces suficiente ayuda internacional? ¿Qué ha fallado?.

Poco después del anterior terremoto comenzamos un proyecto de cooperación financiado por la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), el proyecto SISMO-HAITI, respondiendo a una petición de ayuda por parte del gobierno haitiano. El desarrollo de este proyecto me ha llevado a visitar el país en numerosas ocasiones entre los años 2010 y 2016 y he podido conocer una realidad, seguramente desconocida para muchos, que me lleva ahora a escribir estas líneas. Porque no podemos cruzarnos de brazos y achacar el problema solo a la pobreza y corrupción de Haití. Hay otros temas que hay que denunciar, en los que la comunidad internacional tiene mucho que hacer y que decir. Quiero relatar algunos hechos de esa realidad que he percibido en Haití a lo largo de este tiempo.

Durante casi dos años tras el terremoto de 2010, pude comprobar, en sucesivas visitas, que Puerto Príncipe permanecía prácticamente igual que el día después del terremoto, con los escombros sin retirar, las edificaciones en el mismo estado ruinoso en que habían quedado, y cientos de miles de personas durmiendo en campamentos improvisados. Me llamó mucho la atención, porque lo normal, cuando ocurre un terremoto en cualquier parte del mundo, es retirar escombros y derruir las edificaciones que han quedo instables para evitar posibles colapsos ante futuras réplicas. Cuando pregunté al haitiano que me acompañaba: “Esto… ¿por que?” me respondió… ”esto es dinero”. La explicación radicaba en que, mientras se siguieran transmitiendo imágenes de Puerto Príncipe sumido en el caos, seguiría entrando ayuda económica en Haití.

El mismo haitiano me comento: Haití es un país corrupto, si. Pero la corrupción de Haití viene de fuera… Poco a poco, en mis sucesivas visitas, fui entendiendo lo que quería decir.

En una de esas visitas, 10 meses después del terremoto, llegué al país acompañada por los responsables de los servicios sismológicos de Republica Dominicana y de Puerto Rico, dispuestos a ayudar en la creación de una red sísmica en Haití, porque el país no disponía de instrumentación para monitorizar los movimientos sísmicos, algo que es esencial para conocer la amenaza y mitigar el riesgo. Contaba además con el apoyo de la red sísmica nacional de España, por parte del IGN. Teníamos todos los elementos para poner en marcha una de las medidas más urgentes para el seguimiento de la actividad sísmica. La sorpresa fue que, en una reunión mantenida en la Sede de la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo (AECID) en Puerto Príncipe, a la que fue invitado el representante en Haití del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), de nacionalidad francesa, éste manifestó su reticencia argumentando que en ese momento, no era importante la creación de una red sísmica, lo importante era el fortalecimiento del Burau de Minas de Haití, que iba a ser responsable de la reconstrucción del país. Esto me resultó realmente desconcertante y solo pude entenderlo algún tiempo más tarde, cuando comprobé que se adjudicaban proyectos millonarios “a dedo” al Burau de Minas haitiano, conjuntamente con el Burau de Minas francés.

Comencé a entender entonces el sentido de la frase: “La corrupción de Haití viene de fuera…”, algo que he tenido ocasión de comprobar en numerosos episodios vividos en el país. Al principio parecía que yo “veía fantasmas”, porque la corrupción es muy sutil, pero los hechos me iban confirmando mis sospechas iniciales y despejando cualquier duda al respecto.

No puedo relatar todos los episodios vividos, porque harían interminable este artículo. Pero si quiero comentar otro hecho muy relevante. Un año después del terremoto, concursamos un grupo de profesores de varias universidades españolas a una convocatoria pública de AECID para financiar proyectos de cooperación. Propusimos un proyecto para complementar el que ya teníamos en marcha (SISMO-HAITI) y contribuir así al desarrollo del país en temas sísmicos. El proyecto fue aprobado por AECID con una financiación de 150.000 euros, que tal como se había concebido en la memoria inicial, iban a destinarse a adquirir sismógrafos, proporcionar capacitación y efectuar un estudio de riesgo sísmico en Puerto Príncipe, que permitiera sustentar la elaboración de un plan de emergencias. Cuando ya estaba el proyecto aprobado y publicado en el BOE español, intervino nuevamente el representante del PNUD de Haití, y sugirió a AECID sustituir al coordinador haitiano del proyecto por otro recomendado por él, a lo que AECID accedió. El nuevo coordinador pretendió cambiar el sentido completo del proyecto, proponiendo por ejemplo adquirir gravímetros en lugar de sismógrafos (los gravímetros se utilizan en minería) y sustituir el estudio de riesgo en Puerto Príncipe por una cartografía de detalle en la zona de Fermat-Kenskoff. Esta es una zona residencial, de viviendas bien construidas que albergan a familias adineradas, en cuya construcción estaba implicado el coordinador y los nuevos miembros del proyecto impuestos por el representante del PNUD. En ese momento pude comprobar que “los fantasmas que yo veía tenían coordenadas” y renuncié al proyecto, devolviendo el dinero a AECID. Nadie me pidió mayor explicación…

Debo decir, a favor de AECID, que esta no es la tónica general que he percibido de su gestión en otros proyectos que hemos desarrollado en Centroamérica. Al contrario, siempre ha apoyado muy eficazmente acciones para la reducción de la vulnerabilidad en los países más desfavorecidos, como El Salvador, con una gestión ejemplar. Lo sucedido en el caso de Haití es, afortunadamente, un hecho aislado, pero me ha parecido importante relatarlo, porque cuando se trata de este país, parece que hay una mafia que lo envuelve todo, incluso las instituciones más fiables y rigurosas.

Falta de preparación

Como conclusión, la corrupción de Haití, no solo de dentro del país, sino de las redes que se entretejen también desde fuera, ha impedido que a estas alturas exista una red sísmica, una normativa sismorresistente y una política eficaz de mitigación del riesgo sísmico. En estos 11 años que han transcurrido desde el terremoto de 2010, apenas se ha preparado a la población, ni se han formado especialistas para abordar el fenómeno. En los foros científicos de sismología, Haití sigue sin aparecer, a pesar de ser el país con el terremoto más letal de los últimos 50 años en todo el mundo. Es urgente que la comunidad internacional haga algo al respecto.

El terremoto es un fenómeno natural, la catástrofe no es natural… Esta puede evitarse con las medidas preventivas adecuadas. Como sociedad, tenemos una responsabilidad, especialmente en los países más desarrollados, en la tarea de evitar catástrofes – que no son naturales- en países más desfavorecidos, como Haití. Ello requiere reducir la vulnerabilidad, no solo la estructural, sino esencialmente la social, luchando contra una de las mayores lacras que la generan: las redes de corrupción dentro y fuera del país.

Por (*)  Maria Belén Benito Oterino

Catedrática de Geofísica de la UPM

Coordinadora del proyecto SISMO-HAITI

Fotografía principa: Rescatistas trabajan en labores de búsqueda y rescate de víctimas y/o sobrevivientes del terremoto que sacudió al país el sábado 14 de agosto de 2021. EFE/ Orlando Barría

 

 

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