Ha caído la tarde. Por (*) Jesús Casas Grande

Ha caído la tarde. Es un día aparentemente igual a cualquier otro. Allá en Doñana, en las escasas aguas de la retuerta algún jabalí rebuscará los barros, la marisma reseca de agosto acallará en silencio el lamento de su soledad, y entre el jaguarzo, apostado, tal vez el lince otee las últimas sombras buscando complicidades. Pero sin saberlo, a todo y a todos, en este anochecer nos falta algo. El ojo mágico del buscador de belleza que todas estas décadas nos ha guiado ya no está. El convencido de que la ilusión existe, y se encama ahí, simplemente ahí, al otro lado del objetivo, ya no está. Porque hoy, día funesto, hoy ha muerto José María Pérez de Ayala.

Conocí a Pepe hace treinta y cinco años. Lo conocí para ya no separarme. Hasta hoy. Conocí al enamorado de todo desde el silencio, al sabio discreto desde la mirada, al caustico socarrón de las verdades puras… Aprendí de el a ver Doñana, y con ello aprendí a reconocerme.

Me resulta imposible separar al amigo del profesional. No soy capaz de poder trasladar hasta qué punto ese hombre, callado y discreto, sin más argumento que una cámara y un gesto, fue importante, por no decir trascendente, para la conservación de la naturaleza de España. Durante cuatro décadas Pepe ha sido el referente emocional de Doñana. Era la persona que estaba ahí, que te mostraba aquello, que te permitía entender lo que pareciera no tener sentido. Ha sido, sin pretenderlo, el maestro de todos. El componedor de los acuerdos sin quererlo. El profesional impecable para todos, y el amigo de muchos que no lo olvidaran. Ha sido, en fin, la contraparte obligada de algunos que gracias a él tal vez logramos elevarnos sobre nuestras limitaciones. No nos engañemos, aunque nunca aparezca en las referencias, en Doñana y en Parques Nacionales todas las ideas importantes, todos los sueños pretendidos, tanto los logrados como los fracasados, han tenido su aliento, han respirado su mirada.

Hace apenas quince días, a la orilla de esa costa infinita que recorrimos juntos tantas y tantas veces, entre el salitre y el viento, nos volvimos a encontrar, algo ajados ya ambos por el devenir de los años y sus derrotas. Me reconocí nuevamente en el viejo soñador de mundos libres, en el errabundo de la nostalgia por lo valioso que pudiera ignorarse y que, sin embargo, existe. Reconocí al hermano con el que crucé océanos y huracanes, y volvimos juntos a sentirnos libres, audaces, jóvenes capaces de todo, liberadas de ponzoña las heridas y cauterizadas todas las cicatrices. Volvimos a hablar de las pequeñas cosas importantes, del surco ingrávido de los fumareles, de la lentitud inteligente de los enebros. Rebuscamos entre los recuerdos, y nos emplazamos a un último viaje todavía pendiente que ya no podrá ser. Que ya no podrá ser.

Al final de la mañana, con el filo de la luz casi apuntando a poniente enfrentada a los ojos y tomando el último café, siempre corto y espeso, me compartió su frágil salud, sus esperanzas humildes para sus hijos, su sensación de que el tiempo que disfrutábamos tenía mucho de tiempo prestado, y su intención de no dejar de ser Pepe mientras tuviera un soplo de vida…. “Acabo de recibir”, me dijo con su socarronería, “una enorme bandera de España que no sé dónde poner. Una enorme bandera firmada y dedicada por los cinco Presidentes del Gobierno vivos”. Y yo, con una burda replica de la misma socarronería, le comenté que tenía bemoles que hubiera logrado hacer coincidir a nuestros cinco presidentes al menos en eso. Ese era Pepe. El hombre que hacia sencillo lo que para cualquier otro resultaba imposible.

Te has ido, pero te buscaré. Sé que estás ahí, emboscado en los paisajes que argamasan mis sueños. En cada instante de belleza que ahora, sin ti, trataré por ti de volver a encontrar.

Cuando pase el tiempo, si se escriben las historias de la lucha por conservar la belleza y la vida en España sin duda aparecerán multitud de nombres que brillarán y brillarán. He tenido la suerte de convivir con algunos de esos nombres, y me siento afortunado por ello. Pero he vivido una fortuna mayor, y es que el destino me puso al lado de la más hermosa, la más generosa, y la más luminosa de todas esas almas. Porque yo tuve el honor de ser amigo de José María Pérez de Ayala.

9 de agosto de 2020.

Jesús Casas Grande


Foto de 2019 del equipo director del Parque Nacional de Doñana hace veinte años. Eduardo Crespo, Pepe Pérez de Ayala, Pablo Munilla y el entonces director del Parque Nacional de Doñana, Jesús Casas

 

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