El desarrollo del medio rural ante el desafio del cambio global. Por Jesús Casas (*)

Un agricultor en su tractor envuelto por una bandada de aves mientras trabaja en un arrozal del Delta del Ebro.

Tribuna de Jesús Casas Grande (*), para  Creadores de Opinión Verde #CDO, en la blogosfera de @efeverde con ocasión de la COP21 de París.

Jesús Casas Grande (*).- Todos los grandes retos que enfrenta la humanidad para avanzar hacia el logro de un futuro sostenible,… erradicar la pobreza extrema y el hambre, conseguir la educación universal, la igualdad entre géneros, reducir la pérdida de biodiversidad…,  pasan por una atención singular al medio rural. Lograr dar respuesta coherente al cambio global, también.

Las zonas rurales son el hogar de los más desprotegidos, de los que viven con menos recursos, de los que carecen de acceso a sanidad, e incluso al agua potable. De los más vulnerables a los fenómenos atmosféricos. De los más sensibles a los efectos del cambio global.  Los datos son elocuentes, cuatro de cada cinco de los más de 172 millones de niños y niñas sin escolarizar en el mundo viven en áreas rurales.

Es verdad que en los países desarrollados los problemas no son tan dramáticos, pero persiste la discriminación de lo rural respecto de lo urbano en servicios, educación, sanidad, o trabajo dignamente remunerado. En nuestro país, lo  rural ha sido el gran sufridor de los recortes sociales de una crisis donde, puestos a recortar, siempre se ha empezado por lo rural. Y a pesar de todo lo dicho, hecho, y proclamado, aún hoy en España los lugares con grandes valores ambientales, esos de los que nos sentimos orgullosos y entendemos como símbolo identitario, se superponen con demasiado ajuste con las áreas de mayor despoblación, de peor renta, de menos calidad de vida.  Tenemos una deuda ignorada por saldar con el medio rural. Una deuda que el cambio global agravará.

Y saldarla no será fácil. No lo será en tanto no acabemos  por entender el medio rural como un espacio vital propio. Para el común de la ciudadanía aún sigue siendo un mero escenario de abastecimiento de bienes, recursos, emociones, y sensaciones para la sociedad urbana. Parece que ignoremos que allí no solo está “nuestra reserva”, sino el “espacio vital” de gentes que aspiran a vivir con dignidad. Para estos, la amenaza del cambio global se cierne con tintes tal vez menos visibilizados pero probablemente más dramáticos. Me agobia pensar que tal amenaza no sea entendida, y que tampoco lo sea la necesidad de dar respuesta. Los conservacionistas perdimos la batalla, hasta ahora, de encontrar un acomodo amigable en las conciencias de la población rural, que nos siguen viendo como algo ajeno e impuesto. Los ambientalistas deberíamos no perder tiempo en tramar alianzas con el medio rural para la mitigación del cambio global, salvo que queramos recorrer de nuevo el camino de la indiferencia y la incomprensión. No sé si nos lo podemos permitir.

Frente a ello, el  triunfante modelo referente al que se ve abocado el medio rural es, precisamente, un argumento para la consolidación del cambio global. Más allá de las palabras, el discurso dominante sigue apuntalándose en un modelo de agricultura intensiva trasnacional, de productos que se movilizan por todo el orbe en función de la oferta y la demanda sin interiorizar consideraciones ambientales, sin precisar límites de espacios, climas o estacionales, sin atender a lo propio o a lo singular, y con una portentosa contribución al crecimiento de las emisiones de CO2.

En definitiva, una agricultura que se apoya en el territorio como mero soporte, permitiéndose la construcción industrial del producto a partir de elementos ajenos. Una agricultura a la que la ciencia y la técnica, es verdad, ha dotado de controles y seguridades, ha rodeado de envases ergonómicos, de márquetin embelesador,  y de atractivos soportes. Y que finalmente dispone en el lineal de forma impecable, nítidamente identificada para el consumo. Una agricultura que, hay que decirlo, se ha convertido en un problema para el medio ambiente, que emite carbono en vez de almacenarlo, que facilita inundaciones más que ayude a impedirlas, y que destruye más que protege biodiversidad. Frente a ello es verdad que hay muchas llamadas a la reflexión, que hay mucha voluntad de cambio, que hay muchos intentos, en la Unión Europea en el marco de la Política Agraria Común, para configurar otra agricultura de la responsabilidad, de la implicación con el territorio, de las pequeñas cosas, de las cadenas cortas, del respeto por lo local. Y hay una bienintencionada actitud de gestores y responsables por tratar de cambiar. Pero también es verdad que todos los que gestionamos medio rural sabemos lo difícil de vencer las inercias, y la extraña metamorfosis que sufren las buenas ideas en su praxis hasta acabar, desgraciadamente y en no pocas ocasiones, como meros argumentos formales del cambio que, sin embargo solo consolidan la continuidad de un modelo que se resiste a cambiar.

Porque la respuesta al cambio global en el medio rural no puede venir únicamente de la técnica o de la regulación. Tiene que venir de un cambio de visión en donde lo agrario sea esencial pero no determinante. El control de cambio climático está estrechamente vinculado al acceso a la educación y a los servicios sociales, a la disposición de servicios tecnológicos esenciales que permitan la puesta en  valor de los elementos de proximidad, a una nueva mirada cómplice para la utilización de los recursos naturales de ciclo corto en clave de sostenibilidad, fundamentalmente la biomasa, a un concienciado control de las prácticas, las aportaciones, y los procesos. En general una puesta en valor del territorio que, sin renunciar a la innovación o al progreso, ponga en evidencia y haga abominables determinadas prácticas de manejo, producción, uso y consumo.  Mientras que el binomio producción-consumo siga siendo determinante, y mientras que lo ambiental se contemple como una penosa obligación a compensar, mal vamos a ir.

Debemos cambiarnos las gafas de ver. Sin dejar de mirar lejos, empezar a mirar cerca, muy cerca. Identificar y hacer ver las oportunidades de desarrollo vinculadas con las acciones de mitigación y adaptación al cambio global. Prácticamente todo está dicho, solo hay que ponerlo en práctica. El sector primario es uno de los sectores más condicionado por el cambio climático (irregularidad en el régimen de lluvias, olas de calor,…). Y al tiempo también es un importante emisor. Está obligado a reorientarse tanto para reducir sus emisiones como para adaptarse a un clima cambiante. Debemos evidenciar tanto el potencial de fijación de las emisiones de carbono en suelos y bosques, y su papel clave en la reducción de emisiones mediante la sustitución de materias y energías fósiles por biomasa, como el necesario cambio en las técnicas de laboreo u cultivo, en el control en las aportaciones de fertilizantes, en los ciclos de comercialización y consumo, y en la transformación de residuos en materias primas.

Pero, con todo, no bastará ni ciencia, ni técnica, ni economía. Tenemos que entender también que hay que hacer todas las cosas de otra manera. Otra manera que pasa por hacer protagonistas a las personas que viven en el lugar, devolverles capacidad para gestionar territorio, fomentar una economía multifuncional que aproveche inteligentemente los excedentes laborales de la agricultura y fije población, recuperar dignidad, reconocimiento e importancia a lo rural, simplificar procesos y modelos de gestión, reducir intervencionismo y burocracia, crear cultura de valor por el producto y por la marca territorial, y entender que en esto de crear un futuro ambientalmente digno o se trabaja con el medio rural o, hagamos lo que hagamos, no llegaremos a buen puerto.

 

Jesús Casas Grande 

(*) Funcionario del Cuerpo de Ingenieros de Montes del Estado. Ha sido director de diversos parques nacionales durante casi dos décadas (Tablas de Daimiel, Doñana, y Picos de Europa), así como Director de Parques Nacionales en dos legislaturas, y Subdirector General de Espacios Protegidos del ICONA. Director General de Desarrollo Sostenible del Medio Rural en el Ministerio de Medio Ambiente Rural y Marino, y Subdirector General de Programas en el Instituto de la Mujer, actualmente ocupa el puesto de Director General de Desarrollo Rural y Agroalimentación en el Principado de Asturias.

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