Economía en (re)construcción. Disculpen las molestias, trabajamos para hacerla más sostenible. Por (*) Ana Herrero Hernández (Forética)

Arbol en la Sierra de Gredos. Fotografía de @arturolarena para EFEverde

El cambio climático había sido el gran protagonista del año 2019. Presente en conversaciones a todos los niveles: gobiernos, sector empresarial, organizaciones sin ánimo de lucro y, como hecho destacado, también entre la ciudadanía.

La celebración de la COP 25 en Madrid -y la cobertura mediática y nivel de seguimiento por parte de la sociedad- tuvo ese efecto. En España tuvimos la ocasión de vivir de cerca el movimiento que genera un proceso de negociación internacional en acción climática y, por tanto, lo sentimos como algo nuestro. Queriendo o sin querer, ÉRAMOS PARTE DE ELLO.

El “súper año 2020”, se presentaba como un año clave en la consolidación no solo de las negociaciones climáticas (en la COP 26 de Glasgow) sino también para el aumento en la ambición en la conservación de la naturaleza (que tendría su broche de oro en la COP 15 de China). Enfrentábamos pues este año con grandes expectativas y ganas de trabajar por impulsar de manera determinante, POR FIN, la agenda ambiental. Ya no había lugar a (más) discusión: no hay desarrollo económico y social si no ponemos el foco primero en los asuntos ambientales que, tal y como destacaba en enero el World Economic Forum, constituyen los riesgos de mayor probabilidad de ocurrencia e impacto. Comenzaba la década de la RESILIENCIA.

Pero, como muchas veces pasa, “la vida es lo que ocurre mientras haces otros planes” y cuando estábamos en el mejor momento para ACTUAR contra el cambio climático, la gran crisis sanitaria que estamos viviendo lo paralizó todo, de la noche a la mañana. COVID-19 irrumpió en nuestras vidas, planes y estrategias, sin avisar y sin contemplaciones. Y precisamente por su cercanía y dureza, nos ha hecho entender de golpe el significado profundo y verdadero de lo que es un riesgo global, un riesgo no diversificable, un fenómeno que no entiende de fronteras, la delgada línea en el paso de riesgo a emergencia, la necesidad de coordinación y colaboración de todos los países así como de ambición y determinación particular de cada uno de ellos, lo que significa realmente la urgencia -que ha de ser enfrentado aquí y ahora, sin otra alternativa- que no todo es ideología política y lo que implica necesitar a la ciencia como aliado – escuchando y aplicando sus alertas y recomendaciones. Es curioso… seguro que a muchos todo esto no les suena nuevo ¿estamos acaso hablando del cambio climático?

Sin duda alguna, la crisis climática y la crisis sanitaria presentan innumerables similitudes, e incluso podremos decir, cuando superemos esta situación, que una de las pocas cosas buenas que nos habrá aportado la COVID-19 es que ha hecho tangible la explicación de las implicaciones de estos grandes riesgos globales.

Pero, sin duda, son las sutiles diferencias entre ambas crisis (a veces, únicamente, una cuestión de tiempo) las que ponen en peligro que mantengamos el nivel de ambición para la acción climática, que es no solo necesario sino al que previamente ya nos habíamos comprometido. Y es que el cambio climático, aunque no lo veamos de manera tan directa en nuestras calles y entorno personal, genera muertes humanas (según la Organización Mundial de la Salud, entre 2030 y 2050, generará 250.000 muertes al año[1]), impacta en la seguridad de las cadenas de suministro globales, provoca desplazamientos sociales y agranda las desigualdades (la Organización Internacional para las Migraciones estima que para 2050 habrá entre 25 millones y 1 billón de personas desplazadas por razones ambientales) y pone en jaque la economía (según investigadores de la Universidad de Cambridge, el 7% del PIB mundial desaparecerá para 2100 como resultado de un modelo business as usual en las emisiones de carbono).

Y ahí está el quid de la cuestión: por suerte para nosotros y por desgracia para el planeta, el cambio climático genera sus impactos en una escala de tiempo más amplia –de forma que no lleva a un colapso global aquí y ahora- y, además, para muchos, las peores consecuencias están a cientos o miles de kilómetros. Está claro que los seres humanos estamos mejor preparados para protegernos a nosotros mismos, a los nuestros, que a otros –de otros tiempos y lugares. De ahí el famoso refrán “ojos que no ven, corazón que no siente”. Esto es en esencia el gran enemigo de la crisis climática –y principal diferencia con la crisis de la COVID-19-.

Pero en este contexto, somos muchos los que sí queremos mirar al futuro y construir, trabajando hoy para mañana. Los que pensamos en la “nueva normalidad” que hemos de restablecer después de que consigamos controlar la situación generada por COVID-19. Y, lo más importante, los que lo hacemos desde una aproximación de sostenibilidad, como única forma de conseguir superar esta crisis SIN EMPEORAR OTRAS.

La crisis del coronavirus está causando más graves impactos en los mercados financieros que los ocurridos en la crisis económica del 2008 y, por tanto, es fundamental el posterior proceso de recuperación económica. Serán necesarios muchos trade offs entre decisiones ambientales, sociales y económicas, tratando de llegar a las soluciones más beneficiosas a largo plazo. Mientras en este tipo de discusiones y reflexiones esté presente el enfoque de sostenibilidad, tendremos motivo de celebración.

La sostenibilidad será garantía de futuro (de hecho, no olvidemos que el propio concepto de sostenibilidad implica permanencia, futuro) igual que ha sido un escudo para las compañías en los desplomes de las bolsas mundiales durante esta crisis (en Europa, las compañías más sostenibles han caído un 4,8% menos que sus índices de referencia y en Estados Unidos un 2,5% menos).

Ahora que hemos de generar una “nueva normalidad”, hemos de recordar que, aunque sea nueva, “normalidad” implica “condición de normal”, es decir, aquello que se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. Y, como decíamos al principio, a comienzo de año ya teníamos unas “normas fijadas”, había unos compromisos: a nivel global los países habían asumido el nivel de ambición para no superar el aumento de temperatura por encima de 1,5°C a final de siglo; en Europa el New Green Deal marcaba una ambiciosa agenda por la sostenibilidad y en España, el gobierno asumía 30 compromisos en la declaración de emergencia climática. La situación ha cambiado, sí, y hemos de ser flexibles, pero solo en los plazos.

La nueva normalidad tiene que mantener ese nivel de compromiso y ambición y así es como queda recogido en las medidas propuestas por António Guterres, Secretario general de las ONU, sobre la forma de plantear la recuperación. Hay que crear una economía verde con empresas y empleos que garanticen el desarrollo sostenible, invirtiendo en el futuro y no en el pasado e incorporando en el sistema financiero los riesgos y oportunidades climáticas. De manera coordinada también han surgido otras iniciativas como el Green Recovery, llamada a la acción firmada por eurodiputados europeos, grupos de la sociedad civil, CEO de empresas privadas, asociaciones empresariales, la confederación sindical europea, ONG y grupos de expertos o Build Back Better de We Mean Business.

Desde Forética, en los próximos meses estaremos hablando de futuro, desarrollo y sostenibilidad con nuestras empresas en el marco de la iniciativa “Futuro de la sostenibilidad en las empresas: Resiliencia y ‘nueva normalidad’ Post COVID-19” y es que todo proceso de destrucción, una vez superado el duelo por la pérdida sufrida, ofrece oportunidad de la reconstrucción. Ha quedado claro que no podemos conformarnos con una simple reconstrucción, debemos aspirar a una reconstrucción mejor.

Como el ave Fénix -criatura de la mitología griega capaz de resurgir de sus cenizas y claro símbolo de resiliencia- tenemos la opción (casi la obligación) de renovar los sistemas y dar lugar a una economía más fuerte que garantice la salud y el bienestar a largo plazo de las personas, la creación de empleo y la lucha contra el cambio climático. Una sociedad más sostenible y resiliente.

[1] Climate change and Health (2018) World Health Organization

 

(*) Ana Herrero Hernández, Directora del Área Ambiental de Forética 

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Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a Efeverde

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