Ecofeminismo. Por (*) Elvira Cámara Pérez

Jair Bolsonaro se acomoda en el sillón de la presidencia de Brasil, al que ha accedido a pesar de su discurso de odio y anunciar que poco le importa arrasar la Amazonía si con ello consigue alcanzar nuevas cotas de progreso. Donald Trump sigue menospreciando el cambio climático -aunque ahora ya reconoce que “algo pasa”- de la misma manera que menosprecia a las mujeres, a quienes son diferentes a él o quienes migran porque necesitan buscarse la vida en otro lugar. Señores que gobiernan el mundo, quizá los más escandalosos, pero no los únicos.

No son rara avis en este mundo en el que patriarcado y capitalismo han tejido una alianza que les hace, a ambos, más fuertes y poderosos. No son las únicas formas de organizar la vida en el planeta Tierra, pero es innegable que dominan el mundo, en muchos casos más allá de lo que percibimos a simple vista.

Un entramado que se sustenta en la dominación del hombre sobre la naturaleza, en la falsa creencia de que puede conseguirlo gracias a la ciencia, a la tecnología y, sobre todo, a vivir de espaldas a ella. La explotación de los recursos del planeta es indispensable para que el sistema pueda mantener su ritmo de producción y consumo, aun a costa de agotarlos para siempre. Un sistema económico que ha crecido, e intenta seguir haciéndolo, sin tener en cuenta que existen límites, que el planeta que habitamos es finito.

Esto no sería posible sin otro gran eje de dominación que atraviesa nuestras vidas y nuestros cuerpos: el patriarcado. La dominación, invisibilización e incluso, desprecio, a las mujeres y a la naturaleza son dos caras de la misma moneda. La subordinación de la mujer al hombre es necesaria para que el engranaje capitalista siga funcionando, para que se encarguen de los cuidados, esas tareas necesarias para la vida que no se hacen solas.

El pensamiento que sostiene este modus operandi contrapone, en pares opuestos (y jerárquicos) la cultura a la naturaleza; la autonomía a la dependencia; la razón a la emoción; lo público a lo privado; lo masculino a lo femenino. Como que no hubiera nada más y no pudiéramos decir que todo es relativo y no blanco o negro. Aunque existe, como dicen las Mujeres de Negro, una tercera vía entre matar y morir: la vida. Y es precisamente la vida lo que el ecofeminismo pone en el centro.

Las mujeres Chipko abrazaron los árboles en la década de los 70 para defender robles y rododendros de una gran multinacional que presentaba, seguramente, una abultada cuenta de beneficios. Las mujeres campesinas, conscientes de que se trataba de una lucha por la vida, por la suya y la de sus seres queridos, se abrazaban a los árboles para evitar que fueran cortados.

Para ellas no eran miles de metros cúbicos de madera (destinados a la explotación forestal), sino leña para calentarse y cocinar, forraje para sus animales, materiales para sus casas, la sombra,… Según la lógica del mercado, en aras de máximo beneficio, lo importante es la madera a explotar y no la vida de las personas. Las mujeres del movimiento Chipko no estuvieron de acuerdo y defendieron su territorio y su futuro.

El mantenimiento de la vida es el espacio de encuentro entre feminismo y ecologismo, en el que podemos construir propuestas y alternativas para la transformación social. Pero, ni todo feminismo es ecologista y, ni mucho menos, todo ecologismo es feminista. Defender la vida, la del planeta y la de quienes lo habitan es el punto en el que ambos movimientos se encuentran, para como bien dice Yayo Herrero “comprendernos mejor como especie y tomar conciencia de la inviabilidad de la vida humana desgajada de la tierra y desconectada del resto de las personas”.

Nuestra civilización está en crisis y toca elegir entre el abismo o habitar este planeta de otra forma, una en la que la sostenibilidad de la vida esté en el centro. Las alternativas que lleven a esos otros mundos posibles tienen que enfrentarse a ambos sistemas de dominación, capitalismo y patriarcado. Un mundo capitalista en un escenario de recursos escasos significa cada vez más gente obligada a sobrevivir con medios muy por debajo de lo necesario para lo que se puede considerar buen vivir. Por otro lado, si las alternativas no son feministas no podrán ni poner la vida en el centro y seguirán explotando, de diversas maneras, a la mitad de la población del planeta que seguirá sosteniendo la vida, en condiciones cada vez más precarias y sobretodo menos libres.

Ya lo dijo Ynestra King “Desafiar al patriarcado actual es un acto de lealtad hacia las generaciones futuras y la vida, y hacia el propio planeta”.

 

(*) Elvira Cámara Pérez, Ecologistas en Acción.

 Creadores de Opinión Verde #CDO es un blog colectivo coordinado por Arturo Larena, director de EFEverde y EFEfuturo 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde

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