De la granja a la mesa: más poder para el consumidor europeo. Por (*) Thilo Bode

Foto @arturolarena para @efeverde.

Por (*): Thilo Bode (Foodwatch International) | EUROEFE EURACTIV | translated by F.Heller

Nuestra supervivencia colectiva no puede depender de las elecciones individuales de los consumidores. La política alimentaria es demasiado importante para dejarla en manos de las empresas que producen y comercializan nuestros alimentos. El cambio real solo llegará con objetivos de la Unión Europea (UE) más claros, más audaces y más globales, y con medidas que mitiguen el impacto medioambiental y sanitario de lo que comemos, asegura Thilo Bode, director ejecutivo de la ONG Foodwatch International, en una tribuna publicada inicialmente por EURACTIV.com, socio de EFE.

Imagine una política de la Unión Europea (UE) sobre el coronavirus en la que se diga que no hay lugar para los funcionarios públicos de sanidad ni para los gobiernos a la hora de proteger a sus ciudadanos. Una política que defienda que habría sido mejor dejar la respuesta a la pandemia en manos de la elección de los consumidores, al libre mercado, y a la auto-regulación de los laboratorios farmacéuticos.

Estaría usted loco si pensase que eso habría sido una buena idea.

Como director de Foodwatch International, he trabajado en asuntos de seguridad alimentaria durante casi dos décadas.

He comprobado con creciente preocupación como la política de la UE ha fracasado en lidiar con los colosales impactos sanitarios y medioambientales de la agricultura moderna –efectos que hoy son una amenaza existencial a la vida en nuestro planeta derivados de las emisiones de CO2, la degradación de los terrenos y la intoxicación de nuestro aire, suelo y agua.

Mientras cerca de 2.000 millones de personas en todo el mundo carecen de acceso a alimentos seguros, nutritivos y suficientes, 650 millones padecen obesidad, y 460 millones de adultos tienen sobrepeso, tenemos claramente un problema sistémico.

La propuesta de la Comisión Europea de un Nuevo Pacto Verde (incluida la estrategia “De la Granja a la Mesa”) prometió un nuevo comienzo, una transformación de la infraestructura alimentaria de nuestro mundo.

Hacen falta decisiones audaces de la UE

Pero ya anticipé que habría problemas cuando una copia, filtrada, de la estrategia “De la Granja a la Mesa” acabó hace poco encima de la mesa de mi despacho y pude leer en ella esta frase:

”Las elecciones de los ciudadanos dictan qué y cómo se produce el alimento, y pueden contribuir a una mayor salud”.

Declaraciones similares aparecieron diseminadas en varios pasajes de un borrador posterior (todavía está en proceso) en las que se rinde tributo a los consumidores que quieren (hacer) elecciones más ecológicas, y se señala el importante papel de los productores de alimentos y distribuidores al proporcionar esas elecciones, de manera voluntaria. En vano busqué enfoques audaces, innovadores, integrales, de un plan que garantice nuestra superviviencia.

Por el contrario, tenemos un plan dedicado a la supervivencia de una sola cosa: el “business as usual” (lo de siempre). Porque en el corazón de lo que podría ser la nueva política hay un mito muy antiguo. El concepto de que el cliente es el rey. Para los productores de alimentos es un sueño. Para nuestros niños, es una pesadilla. Y para los grupos de presión y las ONG, es una trampa.

“Los consumidores pueden cambiar el mundo”

Durante décadas, hemos fomentado la ética en las decisiones de los consumidores. Hemos dicho a la gente que cada compra de un producto supone respaldarlo. Y las industrias que se benefician de prácticas desleales en cuanto a precios han aprendido a lidiar con ello y aprovechan la oportunidad como un maestro de judo.

Cuando decimos a los consumidores que pueden, con sus decisiones, cambiar el mundo, y que existen las elecciones reales, algunos lo hacen, por supuesto, pero gran parte de ellos apuestan por la opción más barata. No es una elección carente de ética, sino más bien racional y según las leyes de la competencia que predominan en la economía de mercado.

En el mercado alimentario, la calidad del alimento no puede medirse por su precio. Barato no significa malo; caro no supone que sea bueno. Por ello, la forma de pensar racional es: Voy a comprar la opción más barata. Pero si opto por la más cara y nadie más lo hace, entonces el loco soy yo.

Costes reales y precio final de los productos

Solo hay una manera de desincentivar las opciones nocivas desde el punto de vista medioambiental y sanitario, y no pasa por apelar a la ética de las personas. Pasa por garantizar que los costes reales de un producto están incluidos en su precio.

Además de Greta Thunberg, ¿cuántos de nuestros activistas medioambientales más comprometidos renuncian a viajar en avión cuando el precio de un billete es verdaderamente “low cost” y el avión es cuatro veces más rápido? No es una elección justa, es una extorsión ética.

Peor todavía: sabemos que las iniciativas de cambio voluntario de comportamiento en el sector alimentario no funcionan. Las reformas emprendidas por Alemania en el sector agrícola a principios de este siglo tenían como objetivo aumentar el porcentaje de tierra cultivable orgánica en un 20% en un período de diez años.

Dos décadas después, la cifra es del 10%. ¿Alimentos orgánicos? Representan el 5% de las ventas totales. El 95% de los alimentos que consumimos hoy en día proceden del cultivo tradicional, transcurridas dos décadas desde que se pidió a los consumidores alemanes que, por favor, apostaran por una nueva agricultura.

Una metamorfosis “al estilo de Orwell”

Y se nos sigue diciendo que en nuestras manos está todo el poder. Que nos compete a nosotros salvar las abejas, arreglar el clima, y frenar la deforestación de la Amazonia con el poder de nuestras billeteras. A la industria le encanta la idea de que somos nosotros, y no ellos, los responsables de un cambio.

Los gobiernos adoptan encantados ese enfoque, como excusa para la inacción. A los consumidores les gusta, porque huele a democrático. Pero, a la postre, una metamorfosis al estilo “orwelliano” transforma a las víctimas en verdugos, responsables de sus propias heridas.

Nuestra supervivencia colectiva no puede depender de la elección individual de los consumidores.

La política alimentaria es demasiado importante para dejarla en manos de las ,en gran medida irresponsables, empresas que producen y comercializan nuestros alimentos. Y escriben gran parte de nuestra política alimentaria.

El cambio de verdad solo llegará con objetivos globales de la UE más claros y audaces, y con medidas que mitiguen los impactos medioambientales y sanitarios de lo que comemos. Supervisión muscular. Y precios más elevados que reflejen los verdaderos costes y ofrezcan real protección al consumidor.

Competerá a los gobiernos decidir entre mimar a la industria o proteger a nuestros ciudadanos, su planeta, y su futuro, como su misión primordial. El Pacto Verde de la UE y la estrategia “De la Granja la Mesa” tienen que ser la fuerza motriz de esa misión, pero todavía no lo son.

El libre mercado no nos salvará

La oportunidad de dotarlas de verdadero contenido sigue ahí, basta que haya suficientes asociaciones de consumidores, gobiernos y otras instancias que lo pidan.
Adam Smith nos dijo que la “mano invisible” del mercado proveería a todas las necesidades de la humanidad.

La pandemia de coronavirus nos está enseñando que el libre mercado no nos salvará.
Que una respuesta firme y proactiva de los gobiernos a las amenazas a nuestra supervivencia es fundamental. Que podemos y deberíamos hacer elecciones difíciles anteponiendo el valor de las vidas humanas al crecimiento económico.

Y que la fórmula de seguir haciendo lo de siempre (“business as usual”) no constituye una respuesta eficaz a la crisis.

Fotos: Foto @arturolarena para @efeverde.

 

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