Carta a un futuro insostenible. Por (*) Bel Sanz López

Arbolado. Benamira. Fotografía de A. Larena para EFEverde

Querida Darah…

Querido ángel, el paso de los años ha hecho mella en mi recuerdo, incansable busco en lo más profundo de mi mente y mi corazón la forma en la que sonreías. No me permito olvidarte, supongo que ha sido eso lo que me ha llevado a escribirte hoy.

Déjame que recuerde mi niña el día que tu madre te puso en mis brazos por primera vez, lo único que tus ojitos entornados podían reflejar era amor, amor en estado puro. Tus pocos minutos de vida me hicieron saber que seríamos inseparables. Cómo me gustaría seguir viéndote crecer, cómo añoro que inundases mi hogar con tu gracia y simpatía. Recuerdo cuando decías “abu, vamos a pasear” y cómo corrías por los pasillos cantando canciones que habías memorizado de la televisión… Y es que recuerdo con nitidez, mi pequeña, cada momento que pasamos juntos, porque son los recuerdos más bonitos que la vida me ha podido dar.

Nunca fui santo ni devoto, pero déjame confesarte que pedí a Dios para que te fueras, fui un cobarde y lo admito, pero no podía seguir afrontando tu sufrimiento de aquella manera. No voy ni a nombrar la enfermedad que te apartó de mi lado, creeme mi vida, no puedo hacerlo. Creímos que este mundo tan desarrollado podía desafiar la naturaleza y vencer a todo, pero somos nosotros los que hemos acabado vencidos.

Hace pocos días se publicó una noticia en las portadas de los periódicos digitales, porque de los otros ya ni rastro: “Tifus, cólera y fiebre tifoidea; pandemias del viejo y nuevo siglo”, lo avisaron, claro que lo hicieron, pero como necios hemos creído durante años que el malestar de la tierra poco afectaba a nuestras ordinarias vidas y que esas enfermedades no pertenecían a nuestro mundo, un mundo en el que todo sobra, se despilfarra y nada acaba, pero el vaso reventó de acumular tantas gotas de agua y es que al fin y al cabo, no hay extremo que no acabe por juntarse.

Me acuerdo que me preguntaste ¿Por qué no somos inmortales abu?-no lo sé, mi vida- te dije- sin pensar que sí que lo éramos porque la huella que dejamos se proyecta en otras personas y aunque no podemos cambiar lo que ocurrió, espero que sirva por lo menos para evitar que vuelva a pasar.

Desde entonces mi pequeña, y aunque mis arrugas acaben venciendo a las facciones de mi cara, dedicaré lo que queda de mi trayectoria en hacer llegar esta carta a todos aquellos que estén dispuestos a perder 5 minutos de sus ajetreadas y complicadas vidas, en leer las palabras de un anciano.

Nunca he sido bueno para explicar lo que siento, pero veo tu estrella y aunque el cielo esté contaminado tu luz hoy brilla más que nunca.

Han pasado 7 años desde que la ONU publicó el siguiente informe: muere un niño cada 20 segundos por enfermedades causadas por agua contaminada en el que afirma que un 90% de los desechos de agua -aguas fecales, industriales y otras- en los países en desarrollo se arrojan a los ríos, lagos u océanos sin ser tratados, lo que afecta a 245.000 kilómetros cuadrados de ecosistemas marinos y son los responsables de enfermedades que afectan al sistema inmunológico y digestivo y que suponen la causa de 2,2 millones de muertes al año y más de 4.400 millones de casos de diarrea.

Las agencias de la ONU alertan sobre las consecuencias que ya se están produciendo y las implicaciones en el futuro…

(*)  Bel Sanz López es periodista y escribe en EFEestilo

 

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