Arquitectura retornable: la economía circular en el sector de la construcción. Por (*) Pablo Saiz Sánchez

Hace poco leí que la diferencia entre evolución y revolución es que la primera cambia las respuestas, pero la segunda cambia las preguntas. En el marco de la Cumbre del Cambio Climático que se celebra en Madrid durante estos días, Naciones Unidas ha marcado tres hitos en lo que respecta a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, tomando como referencia los niveles de 2005: 10% en 2020; 45% en 2030 y eliminar por completo esta emisión en 2050.

2020 está a la vuelta de la esquina y administraciones públicas, empresas y sociedad civil, no están preparadas todavía para solventar los dos grandes problemas que están produciendo la crisis climática: la alarmante cantidad de emisiones de CO2 y la gestión de residuos materiales.

A partir del próximo año, todas las nuevas edificaciones deben erigirse bajo los estándares de “edificios de energía casi nula”, lo que se denomina edificios pasivos. Controlar el gasto energético que produce una vivienda, un hotel o un edificio de oficinas reducirá de forma notoria las emisiones de CO2. Y, sin embargo, la industria de la construcción es, a nivel global, la que mayor huella de carbono produce en su actividad, ya que produce el 40% del total de emisiones globales.

No solo se trata de conseguir que nuestros edificios consuman menos energía, sino que la construcción tenga un menor impacto global.

El problema de los residuos es relativamente nuevo, puesto que la basura comienza a tener relevancia a partir de la década de los cincuenta, cuando pasamos de una economía de la reutilización a la economía del desecho: producir, usar y tirar. Antes de que los avances tecnológicos favorecieran este tipo de prácticas, se apostaba por productos de mayor calidad, con una vida útil más larga, pensados para ser reutilizados y reparados.

La sobrexplotación y la consecuente escasez de recursos, nos obliga a plantearnos el final de este modelo y apostar por la economía circular como única alternativa para hacer frente a la cultura del desperdicio.

Una forma de frenar este desgaste, sin necesidad de frenar bruscamente la producción, es la propuesta por William McDonough y Michael Braungart en Cradle to Cradle. Los materiales, una vez utilizados, se dividen en dos categorías: nutrientes biológicos, que pueden ser asimilados por el ecosistema y nutrientes tecnológicos, que pueden ser asimilados por su valor industrial.

La economía circular en la construcción

Que los edificios formen parte de la economía circular es un cambio fundamental para abordar el reto al que nos enfrentamos. Las edificaciones son productos de consumo, cuya prolongada vida útil hace difícil prever qué ocurrirá con ellos cuando no sean habitables. En la mayoría de los casos, los inmuebles son demolidos, lo que genera una gran cantidad de residuos contaminantes que no pueden ser reutilizados ni reciclados.

Para que se produzca el cambio de una arquitectura química, en la que los materiales se funden unos con otros, a una arquitectura física, donde sus distintos elementos pueden ser extraídos y reutilizados, es necesario contemplar todas las fases de la vida de la edificación.

Este proceso debe comenzar mediante una correcta extracción de la materia prima, utilizando en lo posible materiales renovables, reutilizables o reciclables. En la fase obra, es necesaria la implementación de procesos (como el montaje mediante uniones en seco) que garanticen la futura extracción de los materiales empleados. Por último, es crucial asegurar que, una vez finalizada la vida útil del edificio, sus materiales pueden ser reutilizados, reciclados o retornar a la tierra en forma de nutrientes, mediante herramientas de trazabilidad de estos.

Sin menospreciar el uso de ningún material, pues todos ellos tienen cabida en la edificación actual, la madera se posiciona como la única alternativa capaz de hacer frente al cambio climático. Cuando una edificación construida principalmente en madera llega al final de su vida útil, los materiales mantienen un alto grado de reutilización en otras construcciones, de reciclaje en diversas formas (tablero de virutas, compost etc.), o de producción de electricidad mediante su uso como combustible.

Riqueza más allá de la vida útil de los edificios

La economía circular, además de promover la reducción del consumo energético, debe incentivar una mejor gestión de los residuos. La implementación de procesos de trazabilidad, que nos permitan conocer el uso y el recorrido de materiales reutilizables, hace posible que los edificios sigan siendo recursos en todas sus fases.

En países como Alemania, están empezando a surgir dinámicas como la tasación de inmuebles, no solo por el terreno que ocupan, sino por los materiales que han sido empleados para su construcción. Desde BAMB (Building As Material Banks), se desarrollan pasaportes de materiales, que indican su capacidad de reutilización, el uso que se les ha dado y su valor en la economía circular.

El cambio de una economía desechable por una retornable supondría una revolución en el paradigma constructivo: las ciudades podrían convertirse en las fuentes de materiales para proyectos futuros, generando riqueza, apostando por nuevas metodologías que optimicen la construcción y asegurando el bienestar tanto del planeta como de las personas que lo habitan.

(*) Pablo Saiz Sánchez es Doctor Arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid y Socio Fundador del estudio de arquitectura Modulab

Otras tribunas en #CDO

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a su autor y a EFEverde

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