La alta mar: una brecha gigantesca en la protección del planeta. Por (*) Callum Roberts

La alta mar: una brecha gigantesca en la protección del planeta. Por (*) Callum Roberts

Como no sea por la ventanilla de un avión, la mayoría de nosotros nunca viviremos ese océano que se extiende más allá del horizonte, donde las aguas nacionales pasan a ser internacionales, a 200 millas marinas de la costa.

Consideramos poco, y probablemente nos importe aún menos, esa región que se llama la alta mar, pero es esencial para la vida en la Tierra, al ocupar casi la mitad de la superficie del planeta y dos tercios de su espacio habitable.

En septiembre de 2018, las Naciones Unidas celebrarán una conferencia para negociar un tratado jurídicamente vinculante destinado a proteger la fauna de ese vasto espacio. Esta conferencia constituye una oportunidad apremiante, única en toda una generación, ya que las aguas internacionales están sujetas a una intensa actividad pesquera escasamente controlada que está causando un daño inmenso a las especies objetivo, como el atún, y a los animales que simplemente se cruzan en su camino, como las tortugas, las aves y los mamíferos marinos. Para hacerse una idea de lo que hay en juego, basta con fijarse en lo que está ocurriendo en las aguas de Costa Rica.

Ya desde finales del s. XVIII, se ha descrito a las aguas costarricenses del Pacífico como las más prolíficas en tiburones del planeta. A principios de los años 20, Zane Grey, exitoso autor de noveluchas del oeste y obseso de la pesca, relataba las frustraciones de pescar en los mares de Costa Rica: “Era una visión prodigiosa asomarse a esas aguas de una transparencia exquisita y ver peces tan apretados como si de una valla de estacas tendida se tratase, y cuánto más hondo, más grandes iban apareciendo… Vimos rabil y pez limón nadando entre los tiburones como si fueran inofensivos. Pero en cuanto enganchamos a un pobre pez, se abalanzaron sobre el infortunado esos monstruos voraces y lo devoraron. Luchaban como lobos. Cada vez que la sangre de un pez teñía el agua, los tiburones parecían desquiciarse. Surgían por todas partes, como por arte de magia”.

Dada esa historia de aguas repletas de depredadores, llama la atención, y resulta preocupante, que un equipo de rodaje de BBC Blue Planet II pudiera pasarse tres semanas en el mar sin ver un solo tiburón, pese a estar rodeados de abundantes especies de presa.

La increíble fecundidad de las aguas costarricenses se debe a la singular oceanografía de la región. Lejos de la costa, a caballo entre las aguas nacionales y la alta mar, existe un afloramiento de nutrientes que alimenta una rica proliferación de plancton. Túnidos, delfines, ballenas, tortugas y tiburones acuden a ella en masa desde todo el Pacífico oriental para darse un banquete.

La reciente ausencia de tiburones se explica por lo que sí vio el equipo de filmación: buques pesqueros de cerco y de palangre. En busca de sus especies objetivo, principalmente túnidos y dorado, estos métodos de pesca infligen un indecible daño colateral. Como indica su nombre en inglés, “longline” (literalmente, “sedal largo”), los sedales del arte de palangre suelen tener una longitud de varias decenas de kilómetros y están jalonados por miles de anzuelos. De 1999 a 2010, el palangre costarricense capturó incidentalmente 700.000 tortugas golfinas, según un estudio. Otro registró la captura fortuita de 43.000 anzuelos calados para el dorado: para capturar 211 dorados nada más, engancharon también 468 tortugas golfinas, 20 tortugas verdes, 408 rayas-látigo violeta, 47 mantas mobula, 413 tiburones sedosos, 24 peces zorro, 13 tiburones martillo lisos, 6 tiburones cocodrilo, 4 tiburones oceánicos, 68 peces vela del Pacífico, 34 marlines rayados, 32 rabiles, 22 agujas azules, 11 petos, 8 peces espada y 4 peces luna. Eso no es pesca, es aniquilación a destajo.

Las redes de cerco, con una longitud de hasta dos kilómetros y una profundidad de doscientos metros, se calan formando paredes alrededor de bancos de atunes. Los grupos de delfines giradores, filmados por Blue Planet II por sus excepcionales despliegues acrobáticos aéreos, son compañeros de viaje habituales de los túnidos. Los patrones de pesca los vigilan atentamente. Cuando se marchaba el equipo de rodaje, calaban sus redes, rodeando tanto a atunes como a delfines. Los buques atuneros legales tienen la obligación de soltar a los delfines, pero la captura estresa a los animales y algunos mueren. A los pesqueros ilegales, y hay muchos, les importa un comino el bienestar de los delfines.

Gran parte del daño causado a la fauna oceánica se produce en las aguas internacionales de alta mar donde, precisamente, es prácticamente imposible crear áreas marinas protegidas. Cuando estuve en Costa Rica hace un par de años, visité una playa de anidamiento de tortugas laúd. La cifra de hembras que volvían allí a poner sus huevos había descendido de más de 1.000 al año en la década de los 90 a tan solo 17 esa temporada, una disminución del 98%. Probablemente en su mayoría habrían resultado capturadas y ahogadas por sedales y redes durante sus largas migraciones a través del mar abierto. Si los negociadores de la ONU fracasan esta vez en su tarea, la próxima ocasión que se presente puede llegar demasiado tarde ya para la tortuga laúd.

Las áreas marinas protegidas de alta mar colmarán una brecha vital en la protección del planeta. El mundo se está esforzando ahora en proteger un 10% del océano de aquí a 2020. Sin embargo, la opinión generalizada es que el 10% no basta. Hacen falta metas más elevadas para salvaguardar la fauna y construir resiliencia ecológica en un mundo que cambia con tanta rapidez como el nuestro. Está emergiendo un consenso en torno a la idea de que debemos proteger al menos un 30% del mar para 2030. Las áreas protegidas de alta mar serán cruciales para lograr ese objetivo ambicioso pero crítico. Hace ya mucho tiempo que deberían haber existido.mar

(*) Callum Roberts es profesor de Conservación Marina en la Universidad de York y fue asesor científico de Blue Planet II.

 Creadores de Opinión Verde #CDO es un blog colectivo coordinado por Arturo Larena, director de EFEverde y EFEfuturo 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde

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The high seas: a gaping hole in planetary protection. (*) Callum Roberts

Other than through the window of an aeroplane, most of us will never experience the ocean far beyond the horizon where national waters transition to international, 200 nautical miles offshore. We think little and probably care less about the high seas, as this region is called, but it is essential to life on Earth, occupying just under a half of the surface of the planet and two-thirds of its living space.

In September 2018, the United Nations will convene a conference to negotiate a legally binding agreement to protect wildlife in this vast space. This conference represents an urgent, once-in-a-generation opportunity as international waters, are subject to intense and poorly controlled fishing that is causing immense damage, both to target species like tuna, and to animals that just get in the way, like turtles, seabirds and marine mammals. A sense of what is at stake can be gained from what is happening off Costa Rica.

Since at least the late 18th century, Costa Rica’s Pacific waters been described as the ‘sharkiest’ on the planet. In the early 1920s, Zane Grey, a bestselling author of pot-boiler cowboy novels and obsessive fisherman, described the frustrations of fishing Costa Rican seas: “It was a marvellous sight to peer down into that exquisitely clear water and see fish as thickly laid as fence pickets, and the deeper down the larger they showed… We saw yellow-tail and amberjack swim among the sharks as if they were all friendly. But the instant we hooked a poor, luckless fish he was set upon by these voracious monsters and devoured. They fought like wolves. Whenever the blood of a fish discolored the water these sharks seemed to grow frantic. They appeared on all sides, as if by magic.”

Given such a history of teeming predators, it is remarkable, and worrying, that a BBC Blue Planet II film crew could spend three weeks at sea there and not see a single shark, despite being surrounded by abundant prey fish.

The incredible fertility of Costa Rican seas is down to the unique oceanography of this region. Offshore, straddling national waters and the high seas, there is an upwelling of nutrients which feeds a prolific bloom of plankton. Tuna, dolphins, whales, turtles and sharks make a beeline from all over the Eastern Pacific to feast at this banquet.

The recent absence of sharks is explained by what the film crew did see: tuna purse seine and longline fishing boats. In the pursuit of their target species, mainly tuna and mahi-mahi, these fishing methods inflict astonishing collateral damage. Longlines, as the name suggests, are often tens of kilometres long and studded with thousands of hooks. From 1999 to 2010, Costa Rican longlines accidentally caught 700,000 olive ridley turtles, according to one study. Another recorded the bycatch from 43,000 hooks set for mahi-mahi. To capture just 211 mahi-mahi, they also hooked 468 Olive Ridley turtles, 20 Green turtles, 408 Pelagic stingrays, 47 Devil rays, 413 silky sharks, 24 Thresher sharks, 13 Smooth hammerhead sharks, 6 Crocodile sharks, 4 Oceanic whitetip sharks, 68 Pacific sailfish, 34 Striped marlin, 32 Yellowfin tuna, 22 Blue marlin, 11 Wahoo, 8 Swordfish and 4 Ocean sunfish. This isn’t fishing, it’s wholesale annihilation.

Tuna purse seines are nets up to two kilometres long and two hundred metres deep that are set like walls around shoals of tuna. The spinner dolphin pods filmed by Blue Planet II for their remarkable aerial pirouetting displays, are fellow travellers with tuna. Fishing captains watch them closely. After the film crew left, they would set their nets around both tuna and dolphins. Legal tuna boats are required to let the dolphins go, but their capture causes stress and some will die. Illegal fishing boats, of which there are many, couldn’t care less about the dolphins’ wellbeing.

Much of the damage done to this ocean-going wildlife is in international waters on the high seas where remarkably, it is near impossible to create marine protected areas. When I visited Costa Rica a couple of years ago, I went to a leatherback turtle nesting beach. Numbers returning to lay their eggs had fallen from over 1000 per year in the 1990s, to just 17 that season, a 98% decline. Most were likely caught and drowned by lines and nets on their long migrations across the open ocean. If UN negotiators fail in their task this time around, it may be too late for the leatherback by the time the next opportunity arises.

High seas marine protected areas will fill a vital hole in planetary protection. The world is currently working towards protecting 10% of the ocean by 2020. There is broad agreement, however, that 10% is not enough. Higher targets are needed to safeguard wildlife and build ecological resilience in our fast-changing world. A consensus is forming that we must protect at least 30% of the sea by 2030. Protected areas in the high seas will be vital to achieving this ambitious but critical goal. They are long overdue.mar

(*) Callum Roberts is Professor of Marine Conservation at the University of York and was a scientific advisor to Blue Planet II.

Email: callum.roberts@york.ac.uk

Twitter: @Prof_CallumYork

 

 




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