Chernobyl, una catástrofe para no olvidar. Por Carlos Bravo*

Chernobyl, una catástrofe para no olvidar. Por Carlos Bravo*

Chernobyl, una catástrofe para no olvidar. Por Carlos Bravo*

No sé qué impresión se llevarán los turistas que ahora van a visitar la Zona de Exclusión de 30 kms. alrededor de la central atómica de Chernobyl, causante de la mayor catástrofe nuclear de la Historia (aunque desde 2011 hay que añadir también la de Fukushima), pero la que a mí me quedó es de una tristeza imborrable. Yo la visité en 1993, siete años después de que se produjera el accidente (el 26 de abril de 1986, hace ya 29 años), en el transcurso de una expedición científica organizada por Greenpeace Internacional, pero, pasados ya 22 años de aquel viaje, recuerdo todo como si hubiera sido ayer y con idéntico pesar.

Recuerdo perfectamente la amargura y el miedo que emanaba de cualquiera de los rincones de la ciudad fantasma de Prypiat, la ciudad de casi 50.000 habitantes construida en 1970 a tan solo dos kms. del complejo nuclear de Chernobyl, y cuya población se vio forzada a abandonarla por completo pocos días después del accidente, cuando las autoridades decretaron su evacuación total. Todos se fueron, dejando allí a sus mascotas, sus casas, la mayoría de sus pertenencias, parte de sus vidas, aunque para entonces la mayoría de sus habitantes había recibido importantes dosis de radiactividad liberada por la explosión de la central y el posterior fuego que en ella se originó y que tardó nueve días en ser plenamente sofocado.

Inolvidables también las imágenes de los colegios abandonados, con sus pupitres y pizarras que parecían los de los años 60 en España, sus libros y lapiceros dispersos por el suelo. Pero mucho más duro son las deprimentes Casas de los Niños de Chernobyl, lugar de acogida de niños y niñas, huérfanos o abandonados, con graves deformaciones y enfermedades incurables, infancias destrozadas por la estupidez y la soberbia tecnológica del ser humano.

Como es obvio, dado los altos niveles de radiación que aún persisten en la zona, las visitas son guiadas, en un autobús y, cuando se baja a tierra, no se puede salir de los lugares marcados. Se tienen que seguir controles de seguridad y los turistas firman un documento de descargo de responsabilidad en los que se les advierte del riesgo de irradiación en caso de tocar cualquier objeto o la vegetación, o incluso sentarse en el suelo. Todos los visitantes tienen que llevar un dosímetro, y si alguno tiene la mala suerte de que le salten las alarmas, tiene que someterse a un lavado a fondo para descontaminarse (aunque sólo externamente) antes de poder marcharse.

No sé bien qué es lo que buscan o esperan encontrar en su visita los turistas en esos viajes organizados a la zona de la catástrofe de Chernobyl. Al parecer algunas empresas están haciendo un buen negocio y que el flujo de visitantes es creciente. Puedes leer en la prensa comentarios de gente que parece sentirse atraída por la “fascinación” de acceder a una ciudad detenida en el tiempo, de hacerlo además en un ambiente de peligro radiactivo (la radiación de fondo puede ser de hasta 10 veces el nivel normal); o por lograr ver, como si de extraños aborígenes se tratara, a alguna de las cerca de 200 personas que se las apañaron para seguir viviendo dentro de la Zona de Exclusión, a pesar de estar oficialmente prohibido. Como si fuera una especie de “turismo de aventura”, cuando en realidad sería más bien un “turismo de la desgracia”: quizá esto último sea lo que algunos buscan. Para otros es una suerte de viaje en el tiempo a la era soviética, gracias a la conservación de elementos y objetos de la época comunista, que todavía influyen decisivamente en la atmósfera reinante.

Los hay que manifiestan su interés en ver cómo la Naturaleza se desenvuelve en un entorno contaminado pero ya sin la presencia del ser humano. Hay artículos de prensa que dicen que los visitantes ven los alrededores de la central como un refugio de naturaleza salvaje. Pero éstos no deberían llamarse a engaño por las apariencias. Aunque la hierba esté invadiendo el asfalto de las calles de las ciudades y pueblos abandonados, y las hiedras se cuelen por las ventanas de sus casas, los informes científicos demuestran que las poblaciones de la mayoría de las especies en las zonas contaminadas radiactivamente se encuentran severamente deprimidas, que la disminución de la vida silvestre en esas zonas es notable en comparación con las de las mismas especies en las áreas que quedaron libres de la radiación.

Combo en el que se refleja el antes y el después del desastre nuclear de Chernóbil (Ucrania).

Combo de los últimos mayores desastres naturales del Planeta: Chernóbil (Ucrania) en la parte superior y Fukushima (Japón) en la inferior. EFE

Otro gran engaño sería creer que los efectos del accidente de Chernobyl se limitaron a la denominada Zona de Exclusión. El accidente con fusión total del núcleo del reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil liberó al medio ambiente toneladas de material altamente radiactivo (iodo 131, cesio 134 y 137, estroncio 90 y plutonio 239). El accidente causó una nube radiactiva que afectó a grandes áreas de la antigua URSS y Asia y a la mayor parte de Europa (alcanzando tangencialmente a España, especialmente Cataluña y Baleares). Quedó así demostrado que los riesgos de la energía nuclear suponen una amenaza que no conoce fronteras, ya que en caso de accidente, la radiactividad liberada se puede extender a miles de kilómetros de las centrales, dejando en evidencia la ineficacia de los planes de emergencia nuclear.

La liberación de radiactividad en el accidente de Chernóbil superó los 50 millones de curios, una cantidad 200 veces mayor que la liberada conjuntamente por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Aunque el 25% de las emisiones se produjeron en las 24 horas siguientes a la explosión, durante los nueve días que se tardó en apagar el incendio se emitieron enormes cantidades de radiactividad. En este tiempo, las más de 600.000 personas (los liquidadores) que trabajaron en la extinción, sin apenas protección ni control de las dosis de radiación que recibían, pudieron recibir hasta 100 veces la dosis máxima anual de radiactividad internacionalmente aceptada. Ya hace años, los gobiernos de Ucrania y Rusia reconocieron la muerte de entre 8.000 y 10.000 liquidadores y la enfermedad de unos 120.000 a consecuencia de estas radiaciones. Estudios recientes, entre ellos de la Academia de Ciencias Rusa, estiman el coste actual en vidas humanas en más de 200.000 en las tres repúblicas ex-soviéticas más afectadas (Bielorrusia, Ucrania y Rusia).

Quizá estos viajes turísticos sean sólo un buen negocio para algunos avispados empresarios; quizá formen parte de la estrategia de la industria nuclear de hacer creer que en Chernobyl no ha pasado nada grave, que es tan seguro como cualquier otro lugar para hacer turismo; o quizá sean ambas cosas a la vez. Sea lo que fuere, lo cierto es que Chernobyl, por la gravedad de lo sucedido, todavía ocupa un lugar preponderante en la conciencia global, y debe seguir siendo así, porque estos desastres no se deben olvidar nunca. Este accidente evidenció la potencialidad catastrófica de la energía nuclear, la cual, de hecho, ha generado ya un grave daño a la salud pública, al medioambiente y a la economía de las regiones afectadas por sus diversos accidentes.

Aunque ya sabemos que el ser humano es el único animal que tropieza dos, y más veces, en la misma piedra, pues en 2011, se produjo otro gravísimo accidente, el de la central nuclear de Fukushima, en Japón, también del nivel 7 (el de máxima gravedad) en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares (INES). Y ello sin mencionar otros muchos accidentes, de niveles más bajos, pero también importantes como Windscale (1957, en el Reino Unido, nivel 5 en INES), Three Mile Island (1979, EE.UU., INES 5) o Vandellós-1 (1989, Tarragona, INES 3). Lo ideal sería que no volviéramos a tropezar más en esa nefasta piedra.

Sin embargo, la posibilidad de sufrir un accidente nuclear grave se ha incrementado en los últimos años, según análisis de especialistas en la materia, debido a la confluencia de una serie de factores que afectan negativamente a la seguridad. Así, a los fallos inherentes a una tecnología intrínsecamente peligrosa como es la fisión nuclear, hay que sumar el acusado envejecimiento de los reactores y la cada vez menor cultura de seguridad de los operadores como consecuencia de la falta de competitividad de la energía nuclear en un mercado eléctrico liberalizado. También en España, diversos sucesos (Vandellós-2, 2004; Ascó-1, 2007,…) demostraron que los propietarios de centrales nucleares tratan de maximizar beneficios a costa de reducir los márgenes de seguridad, lo que redunda inevitablemente en un aumento del riesgo de sufrir un accidente grave. Esto último es un factor cuya importancia quedó claramente de manifiesto  en el informe de la Comisión de Investigación Independiente sobre el accidente de Fukushima que encargó el Gobierno japonés.

De hecho, un estudio de mayo de 2012 dirigido por Jos Lelieveld, director del Instituto Max Planck de Química (Alemania) concluyó que un accidente nuclear catastrófico como los de Fukushima o Chernobyl puede producirse en algún lugar del mundo una vez cada 10 ó 20 años, lo que significa una probabilidad 200 veces superior a las estimaciones realizadas en Estados Unidos en 1990.

Actualmente, la energía nuclear proporciona menos del 6% de la energía primaria que se consume en el mundo, un porcentaje que lleva décadas disminuyendo paulatinamente. La evolución de los acontecimientos en las últimas décadas ha demostrado que la energía nuclear es un rotundo fracaso económico, tecnológico, medioambiental y social. Las razones de este fracaso son bien conocidas. En primer lugar, la energía nuclear perdió hace tiempo la batalla de la competitividad económica en unos mercados energéticos cada vez más liberalizados. En segundo lugar, a pesar de su escasa y decreciente participación a nivel global, su utilización ha provocado ya una serie de graves problemas a la salud pública y al medio ambiente, de trascendencia internacional: accidentes nucleares, como la catástrofe de Chernóbil y la de Fukushima; y la generación de residuos radiactivos para cuya gestión definitiva y a largo plazo no existe ninguna solución técnica satisfactoria. Únicamente una apuesta decidida por un modelo eficiente y 100% renovable permitiría, además de crear cientos de miles de empleos verdes, frenar a tiempo y de forma económicamente eficaz el cambio climático.

 

*Carlos Bravo*, miembro de Salvia

26 de abril de 2015




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