Todos somos emprendedores

Todos somos emprendedores. Por (*) Pedro Porta

Todos somos emprendedores. Por (*) Pedro Porta

Con frecuencia al hablar de emprendimiento y emprendedores nos viene a la mente personas que inician negocios o empresas por vocación, convencimiento o como alternativa al empleo tradicional. Sin embargo, en realidad, emprendemos o deberíamos emprender en muchas facetas de nuestra vida personal o profesional, aunque no seamos “emprendedores al uso”.

Emprendimiento, como término, no aparece en el diccionario de la Real Academia Española (RAE). Podemos afirmar que emprender (verbo) es llevar adelante un proyecto o empresa, que se suele desarrollar con esfuerzo, no exento de dificultades y con la intención de conseguir un fin u objetivo.

Empezamos un nuevo año y llenamos nuestras listas de deseos de propósitos y proyectos: perder peso, dejar de fumar, aprender un idioma, dedicar más y mejor tiempo a uno mismo y a la familia, mejorar la alimentación, menos internet y más contacto personal con los amigos, incrementar la actividad física, manejar el stress, montar una empresa, cambiar de trabajo, etc…

Todos estos propósitos de año nuevo implican emprendimiento, así pues, no es sólo emprendedor el que monta un negocio, empresa o actividad profesional por cuenta propia, sino que lo somos en muchas facetas de nuestra vida e incluso se puede ser emprendedor trabajando dentro de una empresa ajena, una gran corporación, en un servicio público o en una ONG. Emprender es acción y también actitud.

¿El emprendedor nace o se hace?

Hemos empezado diciendo que el emprendimiento no sólo se experimenta en el caso de emprendedores empresarios, aunque quizás sea en estos casos los que mejor nos ayude a entender esta acción-actitud.

¿Qué hace que unas personas sean emprendedoras y otras no? ¿Qué hace que unas personas tengan más empuje y otras menos o ninguno? Podríamos simplificarlo diciendo que, como en muchos otros aspectos de la vida, hay algo de “se nace” y mucho de “se hace”.

Anthony Tjan, coautor del libro “Heart, Smarts, Guts and Luck” -Corazón, Inteligencia, Agallas y Suerte- (August 2012. Harvard Business School Press), entrevistó a miles de emprendedores con éxito y la mayoría coincidía en que la base de todo emprendimiento son el corazón, la inteligencia, las agallas y la suerte.

De ellos, las agallas se pueden considerar el motor de arranque. Entendiéndose como agallas al valor, determinación o coraje para enfrentarse a situaciones difíciles. Si además tiene la capacidad de sobreponerse a ellas y seguir proyectando el futuro diremos que además de agallas tiene resiliencia.

El corazón es un elemento también importante. El deseo y la pasión por aquello que nos mueve a emprender deben estar presentes a lo largo de todo el proceso.

La inteligencia, como facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad, podemos pensar inicialmente que se nace o no se nace con ella. Sin embargo, se tenga más o menos, hay que utilizarla y convertirla en conocimiento y complementarla sabiamente con la imaginación y la creatividad.

Incluso la suerte, que puede ser sinónimo de azar, podríamos “cultivarla”. Una frase anónima dice que la suerte no es más que el cuidado de todos los detalles.

Cuando el emprendimiento conlleva un proyecto empresarial, debe tener como uno de sus objetivos la consecución de resultados económicos en tiempo y forma. Será pues muy importante que el emprendedor sepa medir, modular y gestionar los recursos económicos y financieros que ese proyecto conlleva.

¿Es sano emprender?

Todo emprendimiento requiere de consideraciones que nos deben ayudar a cumplir con los objetivos propuestos y, sobre todo, a evitar frustraciones e incluso que nos llegue a afectar negativamente. La satisfacción de conseguir lo que pretendemos será energía pura para nuestro ser, puede ser nuestro sustento económico y desarrollo profesional, pero también puede convertirse en algo que nos afecte seriamente la salud reflejándose en ansiedad, agotamiento, dolor de cabeza, problemas digestivos, alteraciones del sueño o hipertensión, por citar algunos.

El Dr. Michael Freeman (profesor de la Universidad de California San Francisco y empresario) realizó un estudio a 242 fundadores de empresas y concluyó que un 49% reconocía haber padecido algún desorden psicológico, siendo la depresión el de primer orden detectado con un 30%, seguido por el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y la ansiedad con un 27%. Estos porcentajes son un tanto elevados si los comparamos con el 7% de la población que en Estados Unidos admiten haber sufrido depresión.

Lo anterior nos hace pensar que debemos evitar “morir en el intento” y para ello será fundamental identificar el límite de esfuerzo que afectará a nuestra salud. Muchos proyectos de emprendimiento llegan a “reventar” a quien los acomete y esto se debe evitar a toda costa ya que, además, el llegar a niveles “tóxicos” de actividad nos convertirá en ineficaces, ineficientes y reducirán nuestra producción.

El ejercicio periódico y moderado, una dieta sana y balanceada, el trabajar el “mindfulness” o atención consciente, el practicar yoga o cualquier otra técnica de relajación, tener algún hobby o pasatiempo, son herramientas que nos permitirán modular el limite tóxico del emprendimiento.

Habrá que evitar el entrar en la zona “puedo con todo y no necesito ayuda”, el no leer a tiempo las señales que nos indican que una actividad frenética nos erosiona son el primer paso a que nuestro cuerpo acuse daños a veces irreparables. El buscar ayuda de terapeutas acreditados es una muy buena práctica para que nos ayude a manejar estas situaciones.

No debemos olvidar nunca que tan importante como el destino es el camino que nos llevará a él y por lo tanto debemos disfrutar de ese camino.

 

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(*) Pedro Porta Ferré es ingeniero de Telecomunicaciones. MBA IE Madrid e ITP UB Milán




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