Mecánica terrestre. Cultura, medio ambiente y algo más
COMPROMETIDOS CON EL PLANETA
Lisboa en Plasencia, por Javier Morales Ortiz
El escritor Juan Ramón Santos, de cuya Biblia apócrifa de Aracia hemos dado cuenta en este blog, presentó el pasado viernes mi libro de relatos Lisboa en Plasencia. Como era de esperar, la presentación fue brillante y no me he resisto a reproducirla aquí.
“Hablando un poco en broma, podríamos decir que después de haber bautizado su ópera prima con un título tan definitivo como La despedida y de que su sobrino Álex Chico le dedicase “Testament”, un poema de Dimensión de frontera cuyo primer verso dice, precisamente, “Ya es hora de admitir la derrota”, nada bueno cabía presagiar en torno al futuro literario de Javier Morales, pero la verdad es que, bromas aparte, cuando supimos que, en las inciertas brumas del cambio de gobierno autonómico y a pesar de haber recibido el imprimátur, su segundo libro se quedaba detenido literalmente a las puertas de la imprenta, casi dimos por hecho, resignados, que esa nueva obra no vería la luz –al menos de inmediato–, que sería derrotada por la crisis, que se convertiría en otra víctima más de los fatales recortes presupuestarios, serio temor que muchos hicimos también extensivo a otros ámbitos y manifestaciones culturales, en general, y a la Editora Regional de Extremadura en particular. Por eso cuando por fin se despejaron las dudas y el libro fue publicado y el autor tuvo la amabilidad de enviármelo por correo y abrí el sobre y me encontré entre las manos con Lisboa, publicado con el mimo con que la Editora hace las cosas y con el elegante diseño de ese sabio y apasionado hacedor de libros que es Julián Rodríguez, mi alegría fue grande y fue doble, primero por Javier, al ver que su obra literaria no quedaba truncada o, al menos, en suspenso, y luego por todos los autores extremeños, que aún pueden –o podemos– escribir a sabiendas de que nuestras obras no sólo no están condenadas al olvido perpetuo en un cajón, sino que pueden acabar incluso siendo publicadas en La Gaveta, esa magnífica colección por la que han pasado autores tan relevantes como Gonzalo Hidalgo Bayal, Andrés Trapiello, Javier Cercas o Eugenio Fuentes y que se ha convertido ya, por derecho propio, en el buque insignia de la Editora.
Con la publicación, pues, en La Gaveta de Lisboa, el segundo libro de Javier Morales Ortiz, se afianza la carrera de este autor placentino, periodista, bloguero, colaborador de diversos medios de comunicación, que comenzó su andadura literaria con un primer volumen de cuentos titulado La despedida, publicado en la misma Editora Regional, en la colección Vincapervinca, que presentó Gonzalo Hidalgo Bayal hace ya más tiempo del que suponía en la sala de artesonado de Las Claras y que a uno se le antoja estrechamente emparentado con este segundo libro, Lisboa, que presentamos esta noche.
Existen, como digo, entre los dos libros de Javier Morales, notables afinidades, paralelismos o simetrías que invitan a una lectura no ya meramente consecutiva, sino unitaria de los mismos. Ya a simple vista, antes, incluso, de abordar su lectura y más allá del grosor, el aspecto o el tamaño, si uno observa los respectivos índices, comprobará que los dos están compuestos de cinco relatos breves, que ambos toman el título del quinto y último de ellos y que los títulos tienden a ser escuetos y, por lo general, poco significativos –muestra de que al autor poco le importan las sorpresas o los fuegos de artificio literarios–, y si además deja correr no demasiado deprisa las páginas contra el pulgar y luego las hojea un poco por encima, podrá apreciar, además de la sobria elegancia de las publicaciones de la Editora, el uso de frases cortas, la división de las historias en capítulos o secuencias igualmente breves o el frecuente uso del diálogo, marcas visuales todas ellas del estilo de Javier, que tiende a la precisión, a la parquedad, a la sencillez gramatical, que no es sino el trasunto expresivo de una simplicidad narrativa sólo aparente, y es que el autor, que se inscribe en la estirpe de Chejov –me atrevería a decir que por medición de Cheever, ese Chejov norteamericano de los suburbios–, se asoma al mundo de sus personajes con la atención y la paciencia del buen fotógrafo, en busca de una de esas instantáneas a primera vista fáciles, casuales, espontáneas, pero que logran retratar una historia o una escena con toda la intensidad, con todos los matices, con todo lujo de detalles, y en las que uno acaba descubriendo, al observarlas detenidamente, que son el resultado de una estudiada composición, de un mesurado juego con la luz y de la experiencia del que sabe mirar las cosas a través de un objetivo, y no es ésta, por cierto, una comparación caprichosa, pues, como habrán apreciado si han leído el libro o podrán comprobar si lo hacen, la fotografía está presente, con una considerable carga simbólica, en dos de sus relatos.
Pero no son esas las afinidades, los paralelismos o las simetrías a las que yo hacía referencia, por más que los rasgos de estilo confieran, como es obvio, unidad a toda la producción literaria de un autor, la presente y al futura, la ya publicada y la que aguarda, paciente, en hojas impresas y archivos informáticos. A lo que me refiero es a otra serie de elementos que hacen que, a poco que uno se adentre en la lectura de los cuentos de La despedida y en los de Lisboa, enseguida tenga la sensación de que ambas colecciones forman una sola, que componen un único retablo de escenas de la vida cotidiana o, quizá mejor dicho, un díptico de tablas enfrentadas que bien podría titularse “Vida en el campo, vida en la ciudad”.
No podemos considerar, desde luego, La despedida como una obra costumbrista ambientada en el campo. Es más bien un libro sobre las relaciones humanas, sobre el lado oscuro de la amistad en “La casa de mi amigo”, el fracaso del amor en “Cenizas”, o la solidaridad entre extraños en “La despedida”, pero la elección del lugar en que transcurren las historias, esa Comarca de ficción tan cercana a nosotros en la vida real y en la que se entrecruzan las vidas de Paula, Teresa, Luz Verde o Luis Prieto, no es en absoluto casual, y, de hecho, en el texto de la solapa Javier Morales advierte que «aunque La despedida no es un libro sobre el mundo rural, sí quiere rendir un pequeño homenaje a una forma de vida en peligro de extinción, a una cultura cuya pérdida, en palabras de Luis Landero, sería tan lamentable como la quema de la biblioteca de Alejandría». No son azarosas, pues, las localizaciones de La despedida, como tampoco es fruto del azar que las historias de Lisboa sucedan, por lo general, en la ciudad, una ciudad que arde, cuyos rasgos distintivos son la grisura, la suciedad, la contaminación, donde los individuos viven estresados, víctimas de una horrible maldición, y de la que sus personajes tratan de escapar, una veces hacia afuera, como Laura, la narradora de “Lo que sé de William Faulkner”, que se marcha a Edimburgo, donde se siente protegida por la bruma y por la lluvia, o Ruth y Manuel que en “Fecundación” venden su piso del centro y huyen al extrarradio con la esperanza de tener hijos y salvar su relación, o Hannah, que parte hacia Lisboa en busca de una luz antigua, y otras, hacia dentro, buscando refugio en el interior de la propia ciudad, como los protagonistas del relato “Queen”, que construyen su propio paraíso al resguardo de un apartamento ajeno, o Jorge, que a través del reiki quiere escapar de sus miedos, de sus vértigos, de los fantasmas de un amor difunto, y no es casual esta elección de la gran ciudad, de los suburbios y del asfalto, porque si La despedida era, en cierta medida, el homenaje a un mundo en extinción, Lisboa es el retrato del mundo de hoy y de la forma a menudo un poco absurda en que vivimos.
«Necesitábamos huir de la gran ciudad, donde nos sentíamos tan solos y asfixiados, para buscar consuelo en el campo, como dos robinsones», afirma el narrador de “Cenizas”, uno de los cuentos de La despedida, y de Amaya, una de las protagonistas de “Lisboa”, Javier nos cuenta que «vive en La Comarca desde hace años. Es médico en un centro de salud y no se cambiaría por ninguno de sus amigos de la universidad”. De este modo, frente a esa ciudad gris y asfixiante de la que hablábamos, La Comarca surge como un refugio, como un lugar en el que vivir, como espacio natural para la huída –«¿dónde va a estar usted mejor que en La Comarca?», le pregunta Francisco a Luz Verde en el relato “La despedida”–, y, sin embargo, al leer estos relatos de Javier Morales uno sale con la impresión de que no hay escapatoria, de que no hay regreso o marcha atrás posible, pues cualquier intento de redención resulta al cabo fracasado, unas veces por la debilidad de carácter de los personajes, incapaces de ir más allá de sus limitaciones, otras por la aciaga irrupción en escena del Destino, que se cruza en su camino pisoteando sus sueños con el ímpetu devastador de una manada de caballos salvajes.
Quizá esta falta de esperanza sea el motivo por el que términos como “tristeza”, “melancolía” o “desasosiego” pululan tan a menudo por los párrafos de estos dos libros, en los de La despedida, porque sus protagonistas ven cómo su mundo se desmorona, en los de Lisboa, porque de algún modo intuyen que nada tiene sentido, y puede que sea eso también lo que los condena, de forma irremisible, a la infelicidad, lo que los convierte –y aquí aprovecho el título de un magnífico ensayo de Luis Sáez Delgado– en animales melancólicos, en seres vulnerables, solitarios, proclives a la tristeza, para los que el amor y la amistad no son, a fin de cuentas, más que una frágil tabla de salvación, pero una tabla de salvación al fin y al cabo, y por eso se encuentran unos con otros, y dialogan, y se aman, y se traicionan, y se engañan, y por esos entresijos, por entre las líneas que componen los relatos de La despedida, los relatos de Lisboa, Javier Morales nos permite asomarnos un poco a nuestra propia naturaleza, a nuestra pobre y limitada condición humana, y ahí es donde los dos libros, por fin, se funden en uno.
Dicho lo cual, tengo que admitir que no estoy del todo seguro de si era esto lo que verdaderamente quería contarles acerca de Lisboa, ni de si en ese afán de encontrarle tres pies al gato y de hacer, de los dos libros, uno, no esté, más bien, influenciado por lo que sé de Javier Morales, cuya vida parece marcada por el camino de ida y vuelta del campo a la ciudad, de la Capital a la Comarca, de Plasencia a Madrid, ni sé si los relatos son tan tristes como puedan parecer por lo que he dicho, y acaso no lo sepa porque a menudo este tipo de presentaciones acaban convirtiéndose en pequeños ensayos, e imagino que ensayar es justamente eso, probar, experimentar, lanzarse a escribir sobre algo, marear la perdiz en torno a un tema y dejar que sean las palabras las que busquen por sí solas su propia interpretación, su propio significado, su propia coherencia. Por eso, lo mejor y más honrado que puedo aconsejarles es que lean ustedes mismos este libro, para que conozcan la historia de una desenfadada latin queen o la de un William Faulkner que no es William Faulkner, para que comprueben cómo reproducirse no salva necesariamente el amor, y cómo, cuando éste se termina, provoca en ocasiones un vértigo posicional benigno que no hay reiki que lo cure, o para que acompañen, por fin, a Hannah en su viaje a en busca de la luz de Lisboa, de esa luz que tan magníficamente retrató Ángel Campos Pámpano en su poema “Una luz incierta”, cuyo primer verso aparece citado al principio de esta Lisboa, de Javier Morales, y que me permito leerles ahora completo para terminar:
salvo la luz no hay nada
nada en la sombra
y nada en la memoria de esa sombra
que de una luz incierta
cubre los muros desconchados
de la ciudad
... las noches del cansancio
cargadas de tristeza
desgarro adentro
más allá no hay nada
salvo esta luz que sabe
aceptar su derrota.”
Juan Ramón Santos
Balcon de esquina en un edificio en Plasencia (Cáceres)
Balcon de esquina en un edificio en Plasencia (Cáceres). La fotografía es de archivo http:www.lafototeca.com de EFE. Estás en http://www.efeverde.com/, la plataforma global de periodismo ambiental, energías renovables, rsc y desarrollo sostenible de la Agencia EFE. Si deseas acceder a todos nuestros servicios de noticias,
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