#HorizonteAntártida La Aventura de la Ciencia (16) Congeo: en busca del Big Bang oculto bajo el hielo de la Península Antártica

#HorizonteAntártida La Aventura de la Ciencia (16) Congeo: en busca del Big Bang oculto bajo el hielo de la Península Antártica

Especial para Efeverde, por @ValentinCarrera a bordo del Hespérides.

La película Aterriza como puedas empieza con una secuencia digna de los Monty Phyton: un avión acaba de estrellarse y humea aparatosamente al final de la pista. El director del aeropuerto, sudando, ordena a un testigo: “¡Cuéntemelo todo, desde el principio!”. El testigo, agobiado, traga saliva y comienza a relatar al espeluznado director: “En el principio fue el Big Bang…”. Al fondo de la pista, el avión sigue ardiendo.

Mientras la realidad climática arde al fondo de la escena, he pedido al geólogo Jerónimo López —sin duda, el principal referente de la ciencia antártica española— que me cuente todo “desde el principio”, de modo que lo entienda incluso un periodista; porque no es posible dar un solo paso en el conocimiento de la Tierra sin comprender la secuencia de acontecimientos que comenzó hace 4.600 millones de años.

Jerónimo López, profesor de Geodinámica Externa en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), se encuentra en la Antártida, en su décima campaña, con el equipo del ambicioso proyecto multidisciplinar CONGEO, que estudia la evolución geodinámica de la Península Antártica, los cambios medioambientales que se están produciendo y sus efectos en la morfología, el suelo y la hidrogeología de la zona, incluyendo el estudio del cambio climático en el funcionamiento hidrogeológico en áreas libres de hielo. Comparte equipo con los geólogos Belén Oliva, también de la UAM; Javier Lambán, del Instituto Geológico y Minero de España; y el suizo Thomas Schmid, actualmente en el CIEMAT de Madrid.

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Jeronimo López con su equipo antes de bajar a Isla Pinguin

Viajo con ellos a bordo del buque oceanográfico Hespérides, y les he acompañado en sus salidas al campo en Isla Cuverville, Pléneau, Booth y otras de la Tierra de Palmer y Costa Danco, donde nos encontramos navegando. Jerónimo López —experto montañero que ha coronado el Everest y el macizo Vinson (4987 m), el más alto de la Antártida— salta a tierra cada vez que fondeamos ante un islote, feliz, como niño con zapatos nuevos, estrenando su “juguete” científico, un sofisticado espectro-radiómetro, que el atlético Thomas porta a cuestas en una mochila, mientras Belén muestrea con un sensor, como zahorí en busca de manantiales ocultos, en cuadrículas de diez metros; y Lambán recoge los datos, creando verdaderas bibliotecas del terreno.

Los manantiales de datos aquí son las mediciones de radiación en áreas libres de hielo (se descubre apenas un 1% del territorio antártico, y solo durante los dos meses del fugaz verano), precisamente las más sensibles al cambio climático.

Un objetivo de CONGEO es caracterizar y cartografiar áreas de distintos materiales —permafrost (suelo congelado), afloramientos rocosos, playas, morrenas—, para confeccionar, con un buen conocimiento directo del terreno, un mapa predictivo que permita, por analogía sobre fotos satelitales, deducir la composición y características de otros suelos equivalentes, en zonas de difícil acceso. “Caracterizamos el terreno por zonas homogéneas, extrapolables, lo que nos permite mejorar las cartografías”. Un artículo reciente de este grupo de investigadores clasifica el suelo de las Shetland en siete tipos: playas del Holoceno, suelos ordenados periglaciares (campos de piedras), hielo y nieve, lagos, etc. Todo esto es relativamente novedoso, como todo nuestro saber antártico, que se mide por décadas; cada nueva campaña completa el precario conocimiento en la Antártida, en el que se han dado pasos de gigante, pero sigue habiendo inmensas lagunas.

Hielo de 800.000 años

¡Cuéntamelo todo desde el principio! —insisto, y Jerónimo saca su mejor lado didáctico para ubicar mi mente, de andar por casa, en los parámetros temporales de la geología: “Estudiamos la evolución del relieve terrestre en los últimos millones de años, del final del Terciario al Cuaternario, el período Cenozoico; en la Antártida, en concreto, medimos las fallas y buscamos indicadores cinemáticos en el Arco de Scotia, para saber cómo se formaron, cómo actuaron los campos de fuerza que originaron las deformaciones de las rocas; en otros puntos, como Isla Bridgeman o Isla Penguin, dos diminutos islotes volcánicos, y en Isla Decepción, las mediciones de paleomagnetismo nos permiten datar eventos geológicos del pasado; por ejemplo, cuando se formó la caldera volcánica en Isla Decepción”.

Estudiar el paleomagnetismo no es gratis: he visto a Jerónimo y su equipo regresar al Hespérides de noche, desde Isla Penguin, con una sonrisa de satisfacción, tras una jornada de catorce horas a la intemperie, con el mar cubierto de espesa niebla, gobernando la zodiac con GPS a través de una superficie helada. Todo para recoger sus muestras de rocas y de aguas, y medir los isótopos estables de la molécula de agua durmiente en lecho de permafrost, lo que nos aporta una valiosa información sobre su origen.

Me cuenta Jerónimo que el hielo más antiguo conocido de la Antártida tiene en torno a 800.000 años. La cifra me da vértigo, y se la muestro anotada en mi cuaderno: ¿He entendido bien, ochocientos mil años? ¿Cómo eres capaz de visualizar esa dimensión temporal?

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Muestreo de aguas

Considerando que el planeta tiene 4.600 millones de años —sonríe—, y que las rocas y las formas de vida más antiguas tienen 3.700 millones de años, hablar solo de 800.000, como antigüedad del hielo, no me da vértigo, es razonable.

Escéptico ante el abismo geológico, le pido una razón para estudiar la geología austral: “Conocer la geología de la Antártida es determinante”. Territorios como Sudamérica, África, la India, Australia y la Antártida estaban unidos en un super-continente, Gondwana”. Hace 180 millones de años comenzó la fragmentación de Gondwana: es conocida la deriva de la India, que viajó hacia el norte, y al “chocar” con Eurasia provoca el levantamiento del Himalaya (desde que se desgajó de Gondwana, la India se ha desplazado 9.000 km en 180 millones de años; Jerónimo me invita a calcular cuánto se ha movido la India por año: muy poco, una media de cinco milímetros al año).

Pues bien, la Antártida era el núcleo central de Gondwana, el corazón de aquel continente, tierra hermana de Sudamérica o Sudáfrica: durante el Cretácico, hace unos noventa millones de años, en la Antártida había árboles y fauna de climas templados. En la península Byers (Isla Livingston), donde hay un Campamento Internacional, se encuentran muchos fósiles. Yo mismo he visto en Isla Rey Jorge un tronco fósil de Laurlioxylon Antarcticum, con 54 millones de años de antigüedad.

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Cuando se abrió lo que hoy llamamos Paso Drake, el Atlántico y el Pacífico entraron en comunicación, lo que generó la Corriente Circumpolar Antártica: el corazón de Gondwana quedó aislado y se creó el sexto continente (a menudo olvidado en los mapas y libros de texto). En torno a la Antártida, aislada de sus tierras hermanas, solitaria, se generan nuevas cuencas: la batimetría muestra ese aislamiento circumpolar, causa principal del enfriamiento.

¡Fíjate si tiene interés la Antártida, el corazón de Gondwana! —concluye Jerónimo López—. Aquí todo está guardado, atesorado bajo siete llaves de hielo. Por eso decimos que es un gran laboratorio. El hielo de 800.000 años nos permite saber cómo fue el clima desde entonces. El paleomagnetismo nos dice cómo ha variado la posición de las rocas y permite datar ciertos acontecimientos geológicos. Estudiar el pasado es necesario para tener modelos predictivos más fiables del futuro; y es clave para conocer mejor la evolución de las especies, y los cambios de las corrientes marinas y del clima. La morfología de la Tierra y su dinámica conectan con el clima, lo determinan. ¿Por qué hay hielo en la Antártida? ¿Desde cuándo hay hielo? La Geología estudia los cimientos del clima y de la biota, de la vida antártica, y por extensión, en el resto del planeta”.

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