#HorizonteAntártida: La Aventura de la Ciencia. Distantcom: Los alegres buceadores del bentos antártico

#HorizonteAntártida: La Aventura de la Ciencia. Distantcom: Los alegres buceadores del bentos antártico

Especial para Efeverde, por @ValentinCarrera a bordo del Hespérides.- “Si nos cargamos la biodiversidad, nos cargamos también moléculas no descritas, potencialmente beneficiosas”, me explica Conxita Ávila, mientras inspecciona uno de sus botes de muestras, de espaldas a la cámara para no salir en las fotografías, de modo que retrato a otros miembros de su equipo, miembras diría aquí la ilustre exministra, porque es el único equipo fifty fifty chicos-chicas, y el único de los casi treinta proyectos de esta campaña dirigido por una mujer.

Cuando hablamos de igualdad, significa que la paridad rompa el techo de cristal y alcance los puestos de mando: una mujer (o dos si incluimos a la colombiana Rosa Acevedo) entre treinta IPs, investigadores principales, no es para echar cohetes. Queda dicho.

Había oído hablar de Conxita Ávila bastante antes de conocerla: cuando llegó, en enero, le precedía una fama contundente. El runrún que los periodistas estamos obligados a sintonizar traducía ecos de una mujer de carácter fuerte y muy catalana, dos virtudes que levantan ampollas en un mundo masculino y con sello estatal.

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Pero la ciencia no tiene fronteras, como demuestra el proyecto DISTANTCOM que lidera Conxita Ávila en esta campaña, su novena en la Antártida, con investigadores de la Universidad de Barcelona. Uno de los equipos más jóvenes y dinámicos, y añadiré por mi cuenta alegres y divertidos, formado por Carlos Angulo, Rafael Martín, Joana Vicente, Blanca Figuerola, Joan Giménez, Elisenda Ballesté y Conxita Ávila. Biólogos y oceanógrafos enamorados del misterioso fondo submarino.

En ese fondo que los mortales solo podemos conocer a través de sus fotos y vídeos, habita todo un mundo vegetal y animal, infinitas comunidades de algas, erizos, estrellas, esponjas, corales, briozoos, moluscos: todos estos organismos forman el bentos, no tan popular como los pingüinos y las focas, pero imprescindible para la vida oceánica: el bentos es un eslabón clave en la cadena trófica, de modo que sin ese secreto conglomerado vegetal y animal, no habría krill ni pingüinos ni ballenas.

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Durante su estancia en Isla Decepción, arropados por el trabajo formidable de los soldados de la Base Gabriel de Castilla, las buceadoras y buceadores de DISTANTCOM se sumergen cada día a 20 ó 25 metros de profundidad, con temperaturas de 0º a -2º, para tomar muestras de ese bentos marino, que inmediatamente son trasladadas para su estudio, en vivo, en el laboratorio húmedo instalado en la propia Base. El laboratorio helado, a temperatura ambiente, donde converso con Conxita Ávila, y donde Joan y Blanca me muestran sus experimentos con líquidos de colorines.

Tenemos cuatro líneas de investigación —explica la doctora Ávila—

1) Ecología química, extraer productos naturales, estudiar su papel ecológico y su posible aplicación farmacológica, que puede derivar en alguna futura patente;

2) Biodiversidad y efectos del cambio climático en estas comunidades bentónicas;

3) Evolución y filogeografía: contribuir al mejor conocimiento de la distribución de las distintas especies;

4) Ecología trófica, cómo funciona la cadena alimenticia.

El equipo DISTANTCOM ocupa tres áreas de la Base: el módulo de buceo, repleto de trajes de inmersión, botellas y compresores; el laboratorio seco donde Eli y Rafa fotografían al microscopio algas y bacterias, cultivadas en ambiente estéril; y este módulo húmedo, con urnas, bañeras, pequeñas piscinas donde las estrellas, los moluscos y los erizos capturados durante el buceo viven tan contentos, en agua de mar a temperatura ambiente, sin sospechar que de un momento a otro van a ser cogidos con unas pinzas, eso sí, con mucha delicadeza, para estudiar su ecología.

“La epibiosis —Conxita va poniendo subtítulos didácticos, cada vez que tropiezo en un vocablo o concepto desconocido— es la capacidad que tiene un organismo de crecer encima del otro: si el invasor logra colonizarlo, el que hace de «hotel», se puede morir, por lo que el organismo que es atacado o invadido genera a menudo defensas, productos naturales. Guerra química”.

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El concepto guerra química me ha quedado claro; y sobre los organismos que colonizan a otros, se me ocurren unos cuantos ejemplos en la política nacional, pero no quiero distraerme: es fascinante pensar —tenemos que ser capaces de imaginarlo— que organismos mínimos, a diez o cien metros de profundidad, en aguas heladas, libren una sofisticada guerra química para protegerse del mal vecino.

Les explico por qué hay que echarle cierta imaginación a la Ciencia: las bacterias que cultiva Eli no llegan a una micra de tamaño: me muestra un filtro de 0,22 μ que retiene bacterias de alrededor de 0,5 μ. “En el mar hay en torno a 107 bacterias por litro de agua”.

Traduzco 107 (=diez millones de bacterias por litro) y se lo muestro a Eli en mi cuaderno: “Sí, son muchas; pero solo podemos aislar del 1% al 10%”, replica con la naturalidad de quien conversa con las bacterias como si fueran de su pandilla. Lo mágico viene ahora: con su micro filtro, Eli, Conxita y todo el equipo, a partir del ADN de estas bacterias, pueden conocer a fondo la comunidad bacteriana de la Antártida.

En distintos frascos y estuches de muestras, los bentólogos de DISTANTCOM buscan moléculas que puedan tener aplicación en medicina como nuevos antibióticos, o sustancias antifouling (el fouling es el recubrimiento de cualquier sustrato en el mar, mediante una capa de bacterias sobre la que se asientan organismos colonizadores, un biofilm que sirve de soporte y sobre el que se crean verdaderos ecosistemas. Un ejemplo conocido son los cascos de los barcos, donde se acumulan colonias de muchos organismos, todo un ecosistema, que son tratados o se limpian con métodos antifouling). Con subtítulos se entiende mucho mejor.

Otras moléculas son virtualmente anticancerígenas. Medicamentos conocidos como el Yondelis, antitumoral, o el Ziconotide —para el dolor crónico, más activo que la morfina, encontrado en un caracol marino del género Conus—, son fruto de investigaciones como la que están desarrollando las biólogas y ecólogos liderados por Conxita Ávila.

A partir de moléculas naturales, la industria farmacéutica elabora moléculas sintéticas; es fácil entender el alto valor de todo este nuevo conocimiento generado en campañas como esta XXX Expedición Científica Española a la Antártida, que vive ya sus últimas jornadas.

Campaña durante la que también hemos podido comprobar la colaboración entre diferentes equipos, preocupados todos por un mismo factor: el cambio climático y cómo puede afectar, por ejemplo, la acidificación del agua del mar o el incremento de su temperatura a posibles especies invasoras, y cómo todo ello podría alterar un ecosistema tan frágil y complejo como el de la Antártida.

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Como decía Humboldt, el primer ecologista que avanzó la idea de cambio climático global, en la Naturaleza todo está relacionado: “Si nos cargamos la biodiversidad, nos cargamos también moléculas no descritas, potencialmente beneficiosas —concluye Conxita Ávila—. Nos queda mucho por estudiar: cada vez que se levanta una piedra aparece una especie nueva con nuevas y desconocidas moléculas. La biodiversidad en la Antártida es brutal, mucho mayor de lo que podíamos imaginar. Es apasionante”.

La sonrisa catalana de Conxita esquiva al fotógrafo, pero se queda flotando en el ambiente del laboratorio helado, como un antifouling protector de la biodiversidad. Tales son los vericuetos por los que transcurre la Aventura de la Ciencia.

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